El pasado por delante: Destino

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Destino

Destino - Sala Cuarta Pared

Por María Antoranz

Destino
de María Velasco y Javier G. Yagüe

Sala Cuarta Pared (Madrid)

21 y 22 de octubre 2010

La Cuarta Pared, sigue festejando su cuarto de siglo de existencia como teatro alternativo con una tetralogía todavía inacabada; Primeros días del futuro, que presentó recientemente la segunda obra: Destino, dentro de la programación cíclica anual de Territorio en danza

Destino es, desde mi humilde punto de vista, una obra fallida ya que nada concuerda ni encaja, excepto quizás el decorado minimalista, frío y claustrofóbico. Una joven pareja de científicos, con toda una vida exitosa por delante, tiene una hija a la que adoran y que, a su vez, crece venerando a sus padres, cada uno a su manera. Hasta ahí todo bien y sin interés, pero de repente, la madre empieza a sufrir los primeros síntomas del Alzheimer. Mientras su esposo científico se entrega en cuerpo y alma a la investigación de la enfermedad con todo tipo de arriesgadas experimentaciones para curarla, la hija va viviendo una serie de escuetos conflictos que oscilan entre una relación freudiana con su padre y una unión superficial, cuando no mezquina, con su madre a la que, sin embargo, afirma admirar. Al final, la madre se suicida gracias a la complicidad de su marido, mientras la hija, ya adulta, reniega de su propia sangre a la hora de plantearse un embarazo, ya que tiene el 50 por ciento de posibilidades de ser portadora del mal de Alzheimer. Y lo que podía prestarse a un gran drama en danza con un debate de fondo de plena actualidad como, por ejemplo, el límite de la ética científica en un mundo deshumanizado, se queda en una leve inquietud de una niña pija con infancia solitaria.

De la danza sólo hay un leve recuerdo en la gestualidad de los actores, que se queda en una mera expresión corporal aunque por momentos, se vuelva bellísima, en particular cuando el padre remeda los andares de un chimpancé. Por otra parte, el que sólo haya dos actores para representar a tres personajes, un padre, una madre y su hija común, descabala la obra. O bien es un error o bien los autores no llegan a ir hasta el final de la situación. Cuando la hija se convierte en su propia madre para caer en los brazos de su amante marido y esposo, la situación se vuelve innecesariamente turbia y promiscua, sin cambio de tercio claramente expresado. Apenas hay vestuario y sólo un collar de gruesas perlas de plástico llega a menudo a distinguir a la madre de la hija. Y a veces, ni siquiera. Y total, ¿para qué ? Nada va mucho más allá de una contención, si acaso de unos sentimientos reprimidos que “sugieren”, vagamente y a destiempo y tal vez incluso en contra de lo que los autores querían realmente manifestar. Por ejemplo, si la niña adora el movimiento, no hay casi nunca movimiento a lo largo de la obra. ¿Por qué ? Por nada. Quizás tan sólo por un simple descuido de los autores.

A mí, me llama la atención la pobreza expresiva de la obra en general, una obra en la que se habla mucho y a menudo para nada; en la que se baila poco y a menudo sin nitidez. Los autores intentan si acaso transmitir la monotonía tiránica de una enfermedad que nos llega a sumir en la nada del olvido y en el agarrotamiento de nuestro cuerpo: la mano encogida de la madre involuntariamente, un mero puño forzado. Como mucho, destacaría la información asépticamente científica que el guión nos va proporcionando a lo largo de la función. Una sucesión de datos fríos que retenemos a duras penas. Además, ¿para qué está la Wikipedia de internet? Nosotros habíamos venido a ver una obra de teatro y lo que nos dieron fue una lección inane de cientifismo. Y al final nos quedamos con las ganas de conocer los verdaderos sentimientos de esa niña hecha mujer, o los de su madre. Quizás faltó sólo una canción de Julio Iglesias.

María Antoranz

Primeros días del futuro

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