El arte de ser tonto y millonario

Por César González Álvaro

Que hay mucho idiota que se hace rico de la noche a la mañana por encontrarse en el momento indicado es algo que no deja de ser frecuente o que, por lo menos, con los tiempos que corren —me pregunto si ha sido así siempre—, no resulta del todo raro. Tampoco es extraño que ese nuevo idiota y millonario consiga una repercusión mediática bastante importante y que le concedamos páginas —como ésta, sin ir más lejos— y diversos titulares. Quizá deberíamos optar por ignorar todo esto, mirar hacia otro lado, no prestarles atención, pero lo cierto es que, cada vez que ocurre, de alguna manera nos encontramos frente a un curioso acontecimiento social que merece la pena contar, aunque sea como el perro que se muerde la cola: criticamos pero les damos publicidad y más tontos saldrán y más publicidad les daremos.

En cualquier caso, sospecho que esta intención, digamos sociológica, tenía Banksy al realizar el documental Exit through the gift shop. Según nos cuenta el enigmático y mediático artista, oculto tras una capucha y con pinta de rapero, conoció a un tipo llamado Thierry Guetta que se dedicaba a grabar a los artistas implicados en aquello que se conoce como street art y que muchos consideran mero vandalismo, algo que, desde luego, no cabe analizar y discutir ahora. El tal Guetta fue reuniendo material de ese mundo, generalmente nocturno, en el que las paredes se convierten en murales y galerías de arte y fue después de conocer a Banksy cuando surgió la idea de preparar un documental. ¿Resultado? Poco tiempo después, Banksy recibe una cinta en la que se suceden cientos de imágenes sin ningún tipo de coherencia y que parece editada por un demente.

De todas maneras, hasta aquí Guetta no nos termina de caer del todo mal. Puede ser un poco idiota —algo que irá aumentando de forma exponencial—, pero simplemente parece alguien dominado por una obsesión: grabar y grabar y grabar. Es entonces cuando Banksy decide hacerse cargo del material de Guetta y le propone —craso error— que se lance a plasmar por ahí su propio arte. A partir de aquí, nace la idea de este documental. Si al principio los protagonistas iban a ser los artistas del street art y sus obras siempre efímeras, los actos y comentarios que llevará a cabo Guetta pasan a ser el objeto y asistimos, por tanto, a una especie de “documental al revés”, donde quien iba a ser el realizador se convierte en el absoluto personaje principal.

Pero, ¿por qué este interés en Thierry Guetta? ¿Por qué se suceden los insultos de la gente con la que trabajó? ¿Por qué Banksy, en definitiva, afirma que nunca jamás incitará a nadie para que se “convierta en artista”? La respuesta es sencilla y no tiene nada que ver con un supuesto ataque de envidia. Sólo con escuchar el seudónimo que se buscó Guetta, Mr. Brainwash, o los balbuceos cuando le piden que explique su obra —“lavado de cerebro, mis obras lavan el cerebro… lavado de cerebro”—, entendemos que no estamos sino frente a un chiste malo. Las obras de Guetta son meras copias de otros artistas, simple idiotez, pero como parece que nos encanta dicha tontuna, en apenas medio año Guetta —o Mr. Brainwash— ya estaba vendiéndolas por valor de 25.000 dólares. Lo peor de todo, sin duda, es su pose de artista, sus comentarios manidos, su cara de tonto… de tonto y millonario. ¿Quién será el siguiente?

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