“El tren fantasma”, Luis Fernán Yerovi

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El tren fantasma, de Luis Fernán Yerovi

-Todavía no se duerme – dijo Marcelino, saliendo al car port.

Porfirio sacó de atrás de un arbusto la botella de cerveza y apuró el contenido.

-¿No hay más…? –preguntó, volteando el envase boca abajo.

-Que conste que mi casa no es un bar.– aclaró Marcelino, frunciendo el ceño -Voy a chequear…

Agustín lo vio ingresar por la pequeña puerta falsa. Los tres habían almorzado lo mismo con sus respectivas familias: tallarines rojos con asado, hongos, queso parmesano y ramitas de laurel, el almuerzo dominguero típico, de toda familia limeña típica.

Pero ahora venía la diversión: el papá de Marcelino siempre echaba una larga siesta luego de la sobremesa. Sólo era cuestión de esperar.

Agustín se levantó del muro de granito que separaba el car port del jardín. Por el frío, que arreciaba, tenía las manos en los bolsillos delanteros. Confirmó en ellos la presencia de los cien soles que tía Chabelita le había regalado por su cumpleaños.

-¿Todavía están abajo o ya se subieron?- dijo Porfirio, aludiendo al sitio donde Agustín movía su mano tanteando el billete.

-Todavía abajo…y calientitos… -respondió Agustín –huevos calientitos…

– Y de codorniz… -precisó Porfirio.

Rieron. Ese año terminarían la secundaria. Marcelino quería ser Contador, como su padre. Porfirio, médico legista, como su tío, y Agustín, poeta y loco, como su abuelo.

-¿Has amistado con Kiara?

-Traté…pero…la cosa viene mal….

-Eres muy celoso, Agustín…

-Sí pues, soy un imbécil…

-¿Quién me llama…? –ironizó Marcelino, saliendo por la puerta falsa con una bolsa plástica y haciendo sonar en sus manos un llavero.

-Vamos, vamos… -dijo, abriendo la puerta del Ford –las siestas del viejo duran máximo un par de horas. Vamos… empujen…como si fueran hombres….

Porfirio y Agustín se pusieron al frente del vehículo y movieron el carro hacia la pista. A Porfirio se le escapó un gas, debido a la puja.

-¡Puta madre…! –se quejó Agustín, sin poder contener la carcajada.

Continuaron empujando hasta llegar a la esquina, donde subieron, agotados…

-Apúrense ancianos…- se burló Marcelino, arrancando el motor –Ahí les traje unas cervezas para que se reanimen.

Se pusieron en marcha. Salieron de la avenida Bolívar hacia la urbanización Pando y de ahí voltearon a la izquierda hasta La Marina.

-¿A dónde vamos…? –inquirió Porfirio.

-No sé, ustedes digan…

-Sigue de frente –sugirió Agustín, fastidiado…

-De frente está el mar…

-Pues hasta el mar no pares… -replicó Agustín- En el fondo del mar quisiera estar…

-Sí que te jodió esa hembrita… –se burló Porfirio –Salud por este precoz suicida, y que mueran los pisados, jajaja…

-Salud…

-Salud….

La ciudad ni caso les hacía y ellos tampoco hacían caso a la ciudad. Desecharon la idea de ir al Parque de las Leyendas. No tenían ganas de ver jirafas, ni chimpancés, ni leones desmuelados. Para aburrimiento, suficiente con el de ellos, dijeron.

En la avenida Faucett doblaron a la derecha, después de contener la respiración y esconder la cerveza cuando un policía de tránsito se los quedó mirando.

-¿Nos vamos del país…? –se burló Porfirio una vez más. –Estamos yendo al Aeropuerto.

Marcelino y Agustín ni lo escucharon, pues algo les había llamado la atención. En la esquina de Faucett con la Colonial, una feria de barrio se había instalado.

-¿Bajamos a ver…? –preguntó Marcelino.

-Qué más da… -opinó Agustín con indiferencia, bebiendo las últimas gotas de su trago.

La feria era modesta, casi provinciana. Tenía los clásicos kioscos de tiro al blanco con perdigones, los ensartes de argollas, la estampida del cuy, y dulces como algodones de almíbar y manzanas caramelizadas. Sus distracciones mecánicas eran casi una caricatura. La Montaña Rusa, parecía más bien una lomita japonesa, y la rueda de Chicago tenía el motor tan viejo que se detenía en cada vuelta, dejando a los pasajeros estacionados y bamboleándose.

Agustín echó una rápida ojeada al resto. Estaba ya por largar un sonoro bostezo cuando preguntó:

-¿Y ésas…?

Ésas eran tres chibolas. No eran las más bellas de todo Lima, pero al menos estaban alegres, muy alegres, y los miraban con interés y atrevida coquetería.

-Creo que se nos hizo la tarde –acotó Marcelino, frotándose las manos.

Envalentonado por el alcohol, Agustín inició los avances. Aunque sorprendidos por la iniciativa y sin alternativa alguna, sus amigos lo siguieron unos pasos atrás.

-Hola… -saludó, deteniéndose a un metro de ellas.

-Hola… -respondió la más morena de las tres –Me llamo Amapola –añadió, presentándose – y ellas son Margarita y Jazmín.

Agustín rió y volteó a ver a sus amigos, invitándolos a que se acerquen.

-O sea…todas son flores –dijo, galante…

-Capullos aún… -corrigió Jazmín.

-Bueno pues, yo soy Hugo, él es Paco, y él es Luis…

-Jajajaja… -rió Amapola –Como los sobrinos del pato Donald….jajajaja…

A las cuatro y cinco minutos de la tarde de aquel gris domingo de invierno limeño, la atmósfera se había iluminado. Amapola miraba a Agustín, Margarita a Marcelino y Jazmín a Porfirio. Las tres usaban hot- pants y botas, parecían mayores que ellos, y su audacia así lo confirmaba.

-¿No quieren subir al tren fantasma…? –aventuró Amapola.

-No sé… ¿cuánto cuesta?…

-Habla con el señor de allá – dijo ella, señalando a un tipo con overol mugroso y aceitoso.

Agustín se dirigió donde el sujeto.

-Buenas tardes –saludó- ¿Cuánto cuesta la vuelta?

-Mira, muchacho –empezó el hombre, un cincuentón con larguísimos pelos saliendo de la nariz –la vuelta regular cuesta cinco soles, pero…-hizo una pausa y guiñó el ojo –Por diez soles más te dejo entrar a ti y a ella…solitos… y te triplico el recorrido…tú me entiendes… ¿no?…

Agustín dudó un momento, y el viejo lo sacó de sus cavilaciones.

-Ellas son muy cariñosas… -susurró, casi babeando.

Agustín no lo pensó más. Metió mano al bolsillo, sacó quince soles y los entregó. A continuación fue donde sus amigos y les comentó el trato.

-Primero entro yo. – adelantó. –Después siguen ustedes.

Avanzó hacia Amapola, la tomó de la mano y no supo porqué, pero eligió el último carrito de la fila.

Ingresaron. La oscuridad los envolvió.

Por unos segundos todo fue negro, como el hot pant y las botas de Amapola quien se apretó junto a él, abrazándolo. De repente doblaron una esquina y un muñeco se inclinó sobre ellos con una especie de telaraña que les pasó sobre el rostro, provocando los grititos desesperados de Amapola. Junto con el gritito, sintió Agustín el ardor de sus muslos y la mano de Amapola guiando la suya hacia ellos. Pudo palpar a plenitud su carne y liberar sus dedos en aquellas piernas vanidosas y tersas que se abrieron mansamente, permitiéndole adivinar el bosque de su pubis. Amapola se retorcía y maullaba, mientras el vagoncito giraba bruscamente y dejaba ver la figura de una momia en un sarcófago abierto. Y luego volvía la oscuridad, y Amapola frotaba la quilla de su clítoris dejando que su lagrimal de terciopelo humedeciese ya los dedos de Agustín con el óleo de la lujuria. Amapola gemía. Gemía en ese universo tenebroso poblado de monstruos, rieles, curvas y carne. Y de pronto, contagiado, poseído como un ente, Agustín fue al encuentro de su cuello y su yugular, y le pareció que ambos estaban en las montañas de Transilvania porque Agustín succionaba y succionaba y Amapola gemía y gemía, hasta que los gemidos se volvieron aullidos, aullidos de placer en aquella noche fantasmal con un vagoncito que giraba y con la mano de Amapola que, diestra y ciegamente había llegado hasta el monte donde Agustín erguía, desafiante, su deseo adolescente. La sacerdotisa en hot pants no se detuvo hasta la erupción de aquella lava caliente en su pantalón, y cuando la tapa de un ataúd se abrió y un muñeco diabólico lo señaló culpablemente con su índice, Agustín no supo si estaba en el Paraíso o en el Averno. Sintió todo junto y revuelto: el orgasmo de Amapola y los colmillos de Drácula, el placer de la posesión y las costuras de Frankestein y el mástil de su vigor y los pelos del hombre lobo.

Horas más tarde, cuando Agustín llegó a su casa, encontró justamente a su tía Chabelita. Estaba ella por preguntarle qué se había comprado con el dinero que le había regalado, cuando la visión de algo la distrajo:

-Agustincito… –interrogó ingenua -¿Qué es esa mancha que traes en el pantalón?

-¿Mancha…? –dijo él, reparando recién en el pantano que traía en la parte superior de su pierna izquierda.

-Sí, papito… ¿qué te ha pasado…? –insistió su tía.

No supo qué decir. Su mamá y su hermana habían aparecido, alarmadas también por el asombro de Chabelita.

-Ah… ¿esto?… –dijo, señalando la mancha.

-Eso mismo -dijo su mamá, exigiendo explicaciones. Su hermana China movía de un lado a otro la cabeza, desaprobándolo y diciendo en silencio: “Y ahora… ¿cómo te libras de esto?”.

Pero una idea se le ocurrió.

-¿Esta mancha…? –volvió a mirarse, dilatando a propósito la escena.

-Sí, eso mismo Agustín… ¿qué es esa mancha? –pidió su mamá, empezando a entenderlo todo, debido a su turbación.

-Es que… -comenzó y se detuvo.

-Es que… ¡quéeeee!….- alzó la voz su tía Chabelita, ya medio en broma y a punto de soltar la carcajada.

Es que…con la platita que me regalaste –dijo, mirándola.

-Sí…

Agustín miró a las tres. Felizmente que su tía Silvia Gladys y su abuelita no estaban. Felizmente que su papá y Ramoncín no estaban. Finalmente tomó coraje y lo dijo:

-Con los cien soles que me regalaste, me subí al tren fantasma…

-¿Y……? –preguntaron todas al unísono.

-Y me oriné de miedo –dijo, avergonzado.

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LUIS FERNÁN YEROVI (Lima,1953) estudió primaria y secundaria en el colegio La Salle, de Breña. Por inoperancia y desidia fue derrocado siendo Presidente de su promoción en el año 1969. Realizó estudios de Letras, Literatura y Derecho en la Universidad Católica. Pertenece a una familia limeña íntimamente ligada al periodismo y las letras. Su abuelo fue el célebre poeta, dramaturgo y periodista LEONIDAS N. YEROVI. Su padre, del mismo nombre, fundó el Semanario Hípico “La Cancha” y dirigió por décadas la audición radial “Yo soy el público”; y su hermano es el novelista,  dramaturgo y mordaz periodista NICOLÁS YEROVI. Ha sobrevivido a cuatro terremotos en Lima y dos huracanes en Florida. Tiene tres hijas, tres nietos, un escarabajo verde y un canario que canta en Si bemol.

Una respuesta a “El tren fantasma”, Luis Fernán Yerovi

  1. Mi amigo Luis Yerovi presidente de nuestra promocion LA SALLE 69; ahora escribe cuentos que nosotros sus compañeros de promocion recordamos…..hay cuentos que le falta escribir ¿sera que no se recuerda?
    Sigue escribiendo por favor
    Saludos
    Juan Cabrera

    Juan Cabrera
    23 julio 2012 at 0:20 am

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