El solar

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Por Blanca Riestra.

En el Instituto Cervantes de Pekín, hace un mes, escuché una de las mejores definiciones de lo que es la literatura que se me ocurren. Fue al final de un acto donde discutíamos ciudades imaginarias y novelas como artefactos espaciales. Durante la ronda de preguntas, una mujer china se hizo con el micrófono y contó lo siguiente:

“Cuando yo era pequeña , dijo, regresaba siempre de la escuela caminando a través de las calles del Pekín de entonces . Son calles que apenas recuerdo ya, pero que imagino igualmente frías y turbias  que ahora, quizás más pobres. Al acercarme a  mi barrio, tenía que pasar siempre bordeando un solar enorme, hundido en el suelo, que abarcaba casi toda una manzana. El hueco  lo había dejado un edificio de vecinos  o una fábrica, no estoy segura,  al desplomarse. Así era el Pekín de mi infancia, un paisaje fantasmal de edificios sólidos, grandes avenidas y ruinas. Al pasar junto a aquel gran vacío, la niña que yo era sentía un miedo horrible, como si aquella negrura fuese a darle un mordisco y devorarla, pero se sobreponía, contenía la respiración, apretaba el libro de la escuela contra su pecho y continuaba. Así año tras año.

Pasó el tiempo y el solar vacío seguía allí, frecuentado sólo por las ratas. La niña que yo era creció, abandonó la casa de sus padres, cambió de barrio, puede que entrase en la universidad, encontrase un trabajo adecuado, se casase. Después  los padres murieron, primero uno, luego otro. Luego la mujer publicó un libro. Y después publicó un segundo libro. China cambió. Yo cambié.  Creo que lo olvidé casi todo. Fue  como si nuevos vecindarios crecieran poco a poco sobre mi vida, tapando lo que había debajo. Sin embargo, no tardaría en descubrir que lo que está debajo siempre sigue ahí y llega un día en que aflora, de repente.

Años después, quiso el destino que volviese al barrio de mi infancia. Bien  es sabido que el destino es tenaz e insensato. Me trajo cualquier excusa. Venía mirando por todas partes, sin saber muy bien qué buscaba. Paseé por las viejas travesías, interrogué  en vano a antiguos vecinos, pregunté por comercios de toda la vida que habían cerrado.  Fui a visitar a una tía  que no había visto desde hacía décadas y que me recibió con desconfianza. ¿Qué quieres?, me soltó desde el umbral de su pequeño piso.

Aquel día, regresé por el mismo camino que antes me llevaba todas las  mañanas a la escuela. Yo era la misma pero también era otra. Miré alrededor. Enseguida me di cuenta de que faltaba algo. Y es que el gran vacío ya no estaba. Aquel solar enorme y negro había desaparecido. Ahora, en su lugar, se alzaba un bloque moderno y funcional como los muchos que atestan ahora cualquier rincón de las ciudades chinas y que parecen decirnos “lo de antes  no cuenta, mírame, yo soy el futuro”.

Desconcertada, casi con angustia, busqué al azar una cafetería en las inmediaciones de mi calle. Encontré una en un centro comercial adyacente. Entré, deposité mi bolsa sobre una silla,  pedí un té en vaso de papel. Recuerdo que se oía una música de moda. Pensé que estaba a salvo. Respiré. Allí, abrí mi laptop y empecé a escribir. Fue  entonces cuando comprendí que mi escritura salía del lugar mismo donde había estado aquel vacío oscuro.  Aquella cafetería se alzaba sobre el centro exacto del solar”.

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