Música y filosofía: las entrañas de la Vida

 

Por Carlos Javier González Serrano.

 

¿Qué es un filósofo? Arthur Schopenhauer escribía al principio de su tesis doctoral (De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente, § 3), redactada por vez primera en 1813, que el verdadero filósofo «buscará sobre todo claridad y precisión, y se esforzará siempre en parecer, no un turbio y movedizo torrente, sino más bien un lago de Suiza, que por su sosiego tiene en la mayor profundidad gran claridad, siendo la claridad precisamente lo que hace visible la profundidad». No es casual que una de las constantes referencias del pensador alemán fueran los Ensayos de Montaigne, en especial, el Capítulo XIX del Libro Primero (“Que filosofar es aprender a morir”): la meta última de esta carrera que es la vida no es otra que la muerte, un “objetivo necesario” al que nos dirigimos inexorablemente; por ello -explica Montaigne- «quien ha aprendido a morir, ha desaprendido a servir».

 

De esta manera, el material con el que ha de trabajar el filósofo es el propio mundo, la realidad empírica que se nos da a cada momento. En su análisis sobre el arte, que Schopenhauer acomete en el Libro Tercero y correspondientes Complementos de El mundo como voluntad y representación, así como en la tercera parte (Metaphysik des Schönen, Metafísica de lo bello) de sus Lecciones de Berlín, dedicará capítulos separados al papel de la música en la vida de los hombres, de lo que ahora queremos ocuparnos. ¿Qué papel ostenta la música en nuestra existencia? ¿Qué tipo de repercusión ejecuta sobre nuestros sentimientos? De la mano de Schopenhauer, intentaremos echar por tierra la opinión sapiencial que Ottó Károlyi mantiene en su obra, Introducción a la música (Alianza: Madrid, 2002): «la música es al mismo tiempo un arte y una ciencia, por lo cual debe ser apreciada emocionalmente y comprendida intelectualmente. […] El aficionado que gusta de escuchar música pero no entiende su lenguaje es comparable al turista que en sus viajes disfruta de sus voces, pero sin entender una palabra de lo que dicen. Siente, pero no comprende». Así, queremos preguntarnos: ¿es el aficionado a la música un simple receptáculo de sentimientos, que no “comprende” ni “entiende ni una palabra” de lo que escucha?


Para Schopenhauer, la belleza constituye una cuestión que toca por entero al conocimiento, y que se dirige por tanto al sujeto cognoscente, no a la voluntad. De hecho, que percibamos algo como “bello” supone ya un silencio absoluto de la voluntad (es decir, supone la independencia de todo afecto). Así, Schopenhauer llamará “interesante” a una historia, drama o relato, por ejemplo, cuando los acontecimientos que allí se narran nos hacen sentirnos como si formáramos parte de ellos, afirmando que «el destino de los personajes representados es experimentado entonces como el nuestro propio» (HN III, folio I, §§ 61-63, traducción de Manuel Pérez Cornejo). Si echamos una mirada al éxito de los actuales best sellers, podríamos asegurar que aquél sería resultado de que tal literatura activa nuestra voluntad, y no sólo nuestro conocimiento: la maquinaria de “lo interesante” sólo se pone en marcha con cierto tipo de literatura, mas no en las artes pictóricas, la arquitectura… o la música. En definitiva, el componente interesante de una obra se revela como un estorbo, ya que “perturba” la contemplación estética.

 

Sin embargo, ¿qué ocurre en la captación musical? Schopenhauer estima que la música es aquel arte que actúa sobre la más profunda interioridad del ser humano, «donde -reconoce- se lo entiende con total intimidad, como un lenguaje completamente universal, cuya comprensión es innata, y cuya claridad supera incluso la del propio mundo intuitivo». El pensador alemán nos recuerda en el § 52 del primer volumen de El mundo como voluntad y representación la siguiente cita de Leibniz: la música no es más que un «oculto ejercicio de aritmética en donde el ánimo no sabe que numera (exercitium arithmeticae occultum nescientis se numerare animi)». Empero, Schopenhauer quiere hacer de su interpretación de este arte una verdadera “metafísica de la música”, en cuanto hemos de reconocer en ella una significación muchísimo más profunda e importante que la que se da en otras artes, por cuanto aquélla se hace cargo de la “esencia más íntima del mundo”, de nuestro propio yo.

 

El canon musical. Dibujo de Grandville, frontispicio

Gracias a la música comprendemos (no sólo “sentimos”, como afirmaba Ottó Károlyi) al instante la “íntima e infinitamente verdadera” esencia del mundo, y además, de manera infalible, a pesar de que la música quede expresada en último término a través de relaciones numéricas y reglas de las que no puede apartarse para constituir la melodía. Incluso son tales reglas, por mucho que las desconozcamos, las que permiten que la música constituya un fiel reflejo del mundo. Poder hacer música y comprender a su través la experiencia del mundo son perspectivas -digamos- independientes de un mismo proceso; el que puede hacer música conoce el proceso numérico y las relaciones que se esconden tras una u otra pieza musical, pero ello no significa que gracias a sus creaciones (las de Beethoven, Brahms, Rachmaninov, Mozart o Liszt) no podamos comprender lo que allí se dice: y lo que se dice no es otra cosa que el mundo. Así las cosas, «el efecto de la música es mucho más poderoso y penetrante que el de las otras artes, pues éstas solo hablan de sombras, mientras aquélla habla de la esencia» (MVR I, § 52).

 

Por eso Schopenhauer explica que Leibniz andaba equivocado, y que la música no es una oportunidad para practicar aritmética sin saberlo, sino que más bien supone un “subrepticio” ejercicio de metafísica en el que el ánimo filosofa sin percatarse de ello. Si la filosofía es para Schopenhauer la comprensión total de la experiencia del mundo, la música quedará convertida en la “verdadera filosofía”, pues «en caso de poder ofrecerse una explicación perfectamente correcta y cabalmente detallada de la música, o sea, una pormenorizada repetición conceptual de lo que ella expresa, ésta sería también automáticamente una explicación conceptual del mundo o una explicación totalmente equivalente» (cfr. ibid.).

 

Schopenhauer fue un estudioso de la música durante toda su vida, y practicó sus conocimientos de mano de su inseparable flauta. En una anotación de 1814 (el filósofo contraba  26 años, cuando andaba pergeñando los apuntes para conformar el primer volumen de su gran obra, que publicaría en 1819), escribe estas palabras: «la música constituye un análogo de la naturaleza. El bajo me parece representar esa naturaleza inorgánica sobre la que todo descansa y desde la que todo se alza, mientras que los registros más altos equivalen a las entidades orgánicas, y remontándose siempre hacia lo alto está esa directriz voz principal que canta la melodía: el hombre» (cfr. Escritos inéditos de juventud, traduc. de R.R. Aramayo). Llegar a ser como la música es, para Schopenhauer, la aspiración continua de todo arte: ella es la reina de las artes y es capaz de resolver cualquier enigma, porque no habla de las cosas, de los meros fenómenos, sino del bienestar o aflicción en estado puro, y por eso se dirige únicamente al corazón y no tiene mucho que decirle a la cabeza.

 

De este modo, la música no sólo se siente, sino que también se comprende (contrariamente a la opinión de Károlyi), y ello porque narra la historia secreta de nuestra voluntad, «pinta cada agitación, cada anhelo, cada movimiento de la voluntad, todo aquello que la razón compendia bajo el amplio y negativo concepto de sentimiento y no puede asumir en sus abstracciones» (MVR I, § 52), con independencia de que sepamos o no de la “ciencia” que aquélla es a ojos de Ottó Károlyi. La razón y el concepto hacen aguas cuando acometen el análisis de la música, pues el compositor no hace más que revelar la esencia más íntima del mundo y expresa la más profunda sabiduría en un lenguaje que, precisamente, la razón desconoce absolutamente.

 

 

 

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