Escenas de la vida posmoderna

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Por Antonio Jiménez Morato.

El cómic está de moda. Quizás, ojalá, más que una moda se trate de una consolidación y se pueda hablar en el futuro de estos primeros años del siglo XXI como los que supusieron el salto cualitativo de la narrativa gráfica en nuestro país. De momento, la gran ventaja que todo esto supone para los aficionados, tanto los veteranos como los que se van aficionando al medio, es la posibilidad de encontrar ejemplares en ediciones cada vez más cuidadas de numerosos álbumes. Es el caso de la obra de Adrian Tomine. A falta de que poco a poco los editores se animen a traducir algunos de los títulos inéditos que todavía no han aparecido en España, lo que sí se va produciendo es la reedición en formatos de mayor calidad y, por extensión, más caros, que permiten mayores beneficios a una editorial necesitada de mayores ventas. Ahora le ha llegado el turno a Rubia de verano, como sucedió con Como un guante de seda forjado en hierro de Clowes, pasar de la edición original en rústica a una lujosa presentación en cartoné.

 

Y es un motivo más que oportuno para meditar sobre la trayectoria de uno de los más interesantes autores de cómic que ha dado la más que fecunda escena independiente yanqui. Lo primero que se debe destacar es su edad, es el más joven de los que han obtenido reconocimiento mundial por su trabajo. Tomine nació en 1974, y comenzó a autoeditarse sus trabajos en una publicación amateur que bautizó como Optic Nerve y comenzó a hacer pública en 1991, cuando contaba con tan sólo diecisiete años. Este aspecto de la edad no es casual ni gratuito. Paradójicamente, Tomine se ha criado en una sociedad en la que los autores ya no se veían encaminados al entorno underground si su obra escapaba a los cauces más establecidos. El éxito crítico, primero, y más tarde económico, de publicaciones como Love & Rockets de los hermanos Hernández –otros precocísimos autores, por cierto- y su editorial Phantagraphics propició la llegada de toda la oleada de editoriales similares permitió que otros autores de referencia hoy como Art Spiegelman, Seth, Charles Burns, Daniel Clowes o Chris Ware –creo que he respetado el orden de sus fechas de nacimiento- abrirse un hueco en la industria, independiente, sí, pero no under, del cómic.

 

Quizás por todo ello la narrativa de Tomine es la menos vanguardista de todos los mencionados. No explora las posibilidades narrativas de la imagen como Ware, no introduce experimentos sobre el transcurso temporal como Seth, no explora los miedos contemporáneos y alucinados como Clowes o Burns, no relee la historia y usa el medio como estandarte como hizo Spiegelman. ¿Y por qué, siendo el más “conformista”, por así decirlo, de esta nómina de autores es tan interesante? Precisamente porque Tomine ha sabido releer la tradición independiente como nadie, aprovechando ciertas peculiaridades personales.

Acertadamente, se ha señalado la influencia de Jaime Hernández en la estética de las planchas de Tomine. Resulta evidente para cualquiera que conozca el trabajo de ambos. La sofisticación narrativa y estética del pequeño de los Hernández ha marcado a toda una generación. Pero, es más, también la influencia de Beto en el músculo narrativo está ahí. Es más que probable que Tomine se haya formado como lector leyendo una y otra vez la obra de ambos que, como la suya, tiene la peculiaridad de reflejar las tensiones culturales a las que se ven sometidas las familias inmigrantes. Los Hernández son hispanos, la familia de Tomine japonesa. La elegancia narrativa de Shortcomings (Mondadori, 2008), la penúltima obra publicada de Tomine y la última traducida, encuentra en las historias reunidas en Rubia de verano un antecedente válido, como sucedía en Sonámbulo. Y esa elegancia y sofisticación surgen de la fusión de una estética muy desarrollada y pulida, pero también de unos guiones planteados con una solidez única donde se deja sentir todo el peso de la soledad, de la incomunicación y del miedo al compromiso del hombre contemporáneo.

 

El problema es que, muchas veces, surge la tentación de relacionar a Tomine con los grandes narradores del minimalismo norteamericano por el tipo de historias con las que trabaja. Al hacerlo, se cargan demasiado las tintas en lo argumental, en la historia, y menos en la narración gráfica, que es, en sí la gran diferencia y aportación del género. Ahí cada día puede apreciarse de un modo más constante la herencia de cineastas como, por ejemplo, Yasujiro Ozu, del que Tomine es rendido admirador. El milagro del cine de Ozu radica en que parece no haber artificio alguno en sus películas, coloca la cámara a la altura de un hombre que, sentado, contemplase las escenas que van ocurriendo ante sus ojos y todo parece extraído de la realidad sin que haya planificación alguna o puesta en escena alguna. Ese es el misterio de Ozu, el genial artificio de haber sabido borrar todo rastro de lo que se está contemplando: una película, ficción costosamente recreada ante una cámara. Esa mirada al interior de las vidas de cada uno de nosotros es, sin duda, la característica del cómic de Tomine y la sencillez en la planificación perfecto reflejo de ello. Por eso huye de los temas sórdidos, de las composiciones complicadas y rebuscadas, de los puntos de vista insólitos. No, lo que Tomine busca es que al cabo de unas pocas páginas nos hayamos olvidado completamente de que estamos ante unas viñetas, a él le interesa, como a Ozu, que prevalezca la naturalidad y no el artificio.

 

Por eso, cualquier reedición sirve, siempre, como regalo inigualable para dejarse mecer por el mundo, y no ya la obra, que nos depara el trabajo de Tomine. Mucho más que un simple cómic, desde luego.

 

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Una respuesta a Escenas de la vida posmoderna

  1. menudo cacao lleva el que ha escrito el artículo de Tomine

    Sergio S.
    12 julio 2011 at 8:10 am

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