Pensamiento Trágico vs Clasicismo Racionalista

 

Por David Guerra.

 

El clasicismo ha sido una constante en el pensamiento estético. No puede ser de otra forma, el arte griego de la época clásica alcanzó cotas de perfección técnica y espiritual, que lograron que fuera tomado como referente por el arte europeo hasta nuestros días. No llegará el momento en que dejemos deje de mirar a los griegos con veneración. En realidad, toda la historia de la cultura occidental se ha nutrido de esta cosmovisión clásica, de esta manera apolínea de mirar el mundo, subrayando, inequívocamente, los aspectos de racionalidad, mesura y equilibrio.

 

Siguiendo a R. Bodei en  La Forma de lo Bello, encontramos que entre las tradiciones que han marcado nuestra concepción de la belleza, la primera, la clásica podemos añadir, remite a la idea de medida y orden. Efectivamente, fue Pitágoras el que nombró al mundo “cosmos” (orden). La conmensurabilidad, la relación de proporcionalidad es el presupuesto fundamental que dará lugar a la gran teoría estética del clasicismo: la belleza como relación ordenada entre las partes de un conjunto, ya fuera como armonía sonora o simetría visible. Pero, como destaca Bodei,  lo que más nos interesa de Pitágoras es que de él deriva la santísima trinidad estética de lo verdadero, lo bello y lo bueno que ha dominado nuestra tradición y que sigue siendo una constante para gusto de muchos artistas y pensadores: verdad, bondad y belleza son convertibles entre sí.  Este modelo de belleza será heredado por el cristianismo. Así para San Agustín el orden es omnipresente en el  universo, su manifestación en la forma del número impregna el mundo de racionalidad. La gran novedad del cristianismo fue la de introducir la voluntad creadora en el rígido orden eterno de los griegos y así se refiere San Agustín al mundo como “poema del universo”, una obra de arte que necesita de su Artista. La trinidad estética se consolida definitivamente gracias a la fundamentación metafísica que supone la filosofía platónica y artistotélica, recogida magistralmente en la doctrina tomista de los trascendentales, los valores supremos predicables del ser en tanto que tal y que no pueden ser agotados por ningún ente: unum, verum, bonum et pulchrum.

 

Podemos decir que este ideal de belleza se mantendrá hasta llegada la Ilustración tardía y el Romanticismo, cuando entren en escena otros criterios para valorar la belleza como el placer, y a partir de otras instancias no estrictamente racionales tales como la imaginación o el gusto, sólo entonces  lo feo, lo malo y lo falso irán tomando la palabra. No obstante, el antiguo ideal clásico alcanza su cumbre con Hegel. El arte clásico, momento y expresión de lo absoluto, supone el equilibrio perfecto entre materia y forma: la idea se encarna plenamente en la materia. Nuevamente, el arte clásico se manifiesta como el triunfo de la racionalidad, de los dioses olímpicos sobre las antiguas divinidades cosmológicas, los titanes. Nuevamente la racionalidad se impone a la naturaleza, la razón al Minotauro.

 

A partir de aquí, si hay un pensador que supuso una auténtica conmoción y una quiebra definitiva, también en esto, de nuestra manera parcial de mirar a los griegos fue F. Nietzsche y su obra El Nacimiento de la Tragedia. Dionisos entrará en escena para no dejarnos.  No es arriesgado mantener que por primera vez, podemos encontrar una revisión, un revivir y traer al presente una nueva vivencia del mundo griego. En Nietzsche el pensamiento deviene poesía, la ciencia arte. La filosofía  como abstracción conceptual sin vida deja paso a la vivencia, un método desbordado por la intuición, y la filología académica debía reconocer que las palabras no son algo muerto, sino que están atravesadas por la sabia de la vida en el tiempo, expresivas de belleza y estilo, más allá de la coherencia lógica y del rigor historicista.  Así pues “es sólo como creadores como seremos capaces de asimilar el alma de los griegos” (F. Nietzsche. Nosotros los Filólogos). Según Dilthey, la vivencia es  un modo de existir la realidad en la que ésta se ofrece al individuo, la realidad es revelada en el complexo anímico de una experiencia interna;  una manera inmediata e intuitiva de dársenos la realidad que hasta podemos decir que ella  y nosotros somos lo mismo. Pues bien, la vivencia es el único método, si cabe hablar de método, con el que Nietzsche mira al mundo griego en El Nacimiento de la Tragedia, la primera gran obra que presenta una visión radicalmente distinta de las realizadas hasta entonces.

 

Nacida en el contexto de la filología académica del s.XIX la reacción contra El Nacimiento de la Tragedia  no se hizo esperar. Si bien, en un primer momento, guardaron un gran silencio, pronto Wilamowitz desde una actitud propia del más pobre positivismo arremete en un panfleto titulado ¡Filología del Futuro! contra la obra de Nietzsche sometiéndolo todo a crítica y  sin percibir la genialidad filosófica del autor ni la mirada del arte que la atraviesa. El libro era una gran cosmodicea, su destino eran los intelectuales y los artistas y no los pretendidos científicos y académicos de la lengua. De hecho, el libro recibió el apoyo de Richard Wagner, algo que colmo de entusiasmo a Nietzsche aun sabiendo lo inoportuna que era su defensa pues él buscaba el respaldo de la filología académica así como Wagner el respaldo científico de su música. Sencillamente, su tiempo no estaba preparado para recibir la desbordante vida que alimentaba su gaya ciencia.

 

Nosotros dejaremos de momento entre paréntesis todo lo concerniente a la interpretación nietzscheana de la tragedia griega, nos interesa el arte, pero lo que más nos interesa destacar de este autor es su renovada mirada de un glorioso pasado, lo que aún no se había dicho de esta refinada cultura racionalista. Esta mirada pone de manifiesto una nueva forma de contemplar la realidad, la que resulta del pensamiento trágico. La máscara de Dionisos da rostro al mundo como mundo trágico: plenitud de vida y cruel aniquilación es el misterio de la vida que se genera a sí misma, la vida comparte morada con la muerte; la primera sentencia del racionalismo del viejo Parménides queda invertida: el no ser es y el ser no es. El sentido de lo trágico se concreta en lo eternamente vivo de la muerte y lo eternamente muerto de la vida: que el ser de las cosas temporales es llevar en sí la semilla de la muerte, es la pena que han de pagar.  Apolo no volvió a cabalgar solo, la mirada a los griegos recobró una renovada vitalidad, Walter F. Otto y su gran Dionisos, el propio E. Rohde, también M. Heidegger retoma y engrandece la perspectiva abierta por Nietzsche. La férrea estructura metafísica que mantuvo unida a verdad, bondad y belleza durante tanto tiempo quedó definitivamente quebrada, la refinada y racionalista mirada a la cultura griega del clasicismo tuvo que aceptar el delirio, la irracionalidad, y el dolor como parte de la grandeza de la Grecia Clásica.

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