La hora de los relojes

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La hora de los relojes de Fran Nuño. Ilustraciones de Enrique Quevedo. Editorial Faktoría K de Libros. 2011. 1ª ed., 1ª imp. 64 pp., il. col. 24×15 cm, 14€. A partir de 6 años.

Por Rebeca Martín.

 

Primero llegó El secreto del oso hormiguero, después Ciudad Laberinto y por último el poemario que nos ocupa, La hora de los relojes. La editorial Faktoria K de Libros está creando una interesante colección de poesía para primeros lectores en la que los protagonistas, a veces gamusinos, otras semáforos y ahora relojes de cuco, se convierten en divertimentos literarios.

 

En el caso que nos ocupa Fran Nuño y Enrique Quevedo, autor e ilustrador, respectivamente, nos acercan un libro de poemas que intenta trazar una imagen humanizada y poética sobre los relojes. Son treinta y tres composiciones breves repletas de situaciones cotidianas relacionadas con la hora: visitas que llegan tarde, soles que nos sitúan en el tiempo, lunas que desean hacerlo, muñecas que no tienen esferas y esferas que no tienen agujas pero tienen cuerda.

 

Por una parte las imágenes de Enrique Quevedo son de marcado carácter geométrico y presentan gran cantidad de detalles entre círculos, triángulos y líneas de colores. Este ilustrador sevillano es licenciado en Bellas Artes y compagina la creación artística con la docencia.

 

Y por otra parte, los textos ayudan al lector a reflexionar sobre la influencia que el tiempo tiene en nuestras vidas y en todo lo que nos rodea. Fran Nuño ha publicado varios libros de literatura infantil y juvenil además de un manual de animación a la lectura y un poemario para jóvenes y adultos. Defiende la poesía como un género para niños y para adultos, indistintamente, que no tiene por qué basarse en la rima. En sus propias palabras, “los niños tienen que descubrir que no siempre tiene que haber rima, sino que lo que importa es el mensaje poético, la mezcla de rima y métrica con verso libre”.

 

Después de leer este poemario es ineludible mirar con otros ojos hacia la pared de la cocina, al muro de la estación, al sol o a la muñeca. Y es que “después de varios días/ por fin lo tengo claro,/ ya sé qué significa/ el idioma de sus brazos./”

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