“A ciegas”, de Elisenda Hernández Janés

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“A ciegas”, un relato de Elisenda Hernández Janés.

 

El invierno había cubierto Barcelona de frío y sombra. A través de un cristal empañado, el joven escritor contemplaba la ciudad que despertaba. Se sentía alicaído, triste, falto de inspiración.

 

 

─Voy a dar una vuelta ─le dijo a su madrugadora madre que planchaba en el comedor  las camisas de cuadros de su marido.

 

─¿A dónde vas, a estas horas y con este frío?

─Me voy en busca de inspiración.

─¿No puedes encontrarla en tu propia casa? ─oyó que le replicaba justo antes de cerrar la
puerta tras él.

 

Anduvo por calles húmedas y vacías y el viento helado se coló por su garganta y agrietó sus manos y llenó su cabeza de oscuros pensamientos de miedo y soledad. Llegó a la zona peatonal y decidió meterse en una cafetería a desayunar y entrar en calor. Se sentó en la barra y pidió un café. A su alrededor escuchaba conversaciones que le deprimían: la infección de la niña, la lotería de Navidad, la operación de menisco de la suegra.

 

 

“Me senté en la barra y pedí un café negro y espeso como mi tormento”, escribió en el pequeño cuaderno que siempre cargaba con él. De inmediato se sintió mejor. Qué especial que se sentía,  anotando  tristes pensamientos en su pequeña libreta. Escribió sobre lo oscura que era la existencia, lo vacías que estaban las personas. Mientras, devoraba un mini de beicon con queso porque, de repente, le había entrado hambre.

 

 

No quedaban ya historias sobre las que escribir, todo era banal, vulgar, triste y aburrido.

 

 

Muy cerca, un hombre canoso fumaba un cigarrillo tras otro mientras le daba sorbos nerviosos a su cerveza. Sudaba a chorros y a cada segundo levantaba su mirada para comprobar la hora. Aquella gente no tardaría en llegar, se decía.  Tenía que salir bien, tenía que salirse con la suya o  no llegaría a ver la luz de un nuevo día. Se dio cuenta de que estaba agarrando la maleta con tanta fuerza que la mano le dolía. Basta, tenía que tranquilizarse. No iban a descubrirle. No eran expertos en diamantes, tan sólo matones de barrio. No se enterarían hasta pasada la frontera, cuando se los entregaran al especialista y éste los examinara con sus  detectores de baratijas, o lo que fuera que usaran. Y para entonces él ya estaría lejos, muy lejos, disfrutando bajo las palmeras de aquella segunda oportunidad que le daba la vida. Todo eso si no le pegaban un tiro aquella misma mañana, claro.

 

 

El joven escritor pagó  y se dirigió hacia la puerta. Se cruzó con  dos tipos enormes vestidos de negro y cargados con sendos maletines que justo entraban en el bar cuando él salía, pero no les prestó atención, tan perdido andaba en su literario pesar.

 

 

Las calles estaban ya muy animadas, el amanecer gris había dado paso a una bulliciosa y concurrida mañana de sábado. Atravesó padres arrastrando carritos y niños cargando globos, estudiantes con carpetas y jóvenes con auriculares y ensoñadas miradas. Pasó por delante de bares de escandalosas conversaciones, hornos con olor a pan recién hecho, tiendas de ropa,  de comida y de artículos del hogar, hasta que llegó al parque. Entonces, como cada fin de semana, decidió perderse en sus verdes esquinas y tras andar un rato, se sentó en uno de los bancos que bordeaban el paseo.

 

 

Allí estuvo durante casi una hora, escribiendo enrevesadas frases sobre la vacuidad del ser humano y la falta de inspiración que ofrecía aquella sociedad superficial y carente de emociones en la que le había tocado vivir.

 

 

Escuchaba de fondo la dulce guitarra de un joven que entonaba  alegres melodías bajo la sombra de un pino. Estaba el músico inquieto, escudriñando su alrededor a la espera de una mirada, de aquella mirada que hacía que llevara días con dificultades para dormir, para comer, para centrar su atención en algo más aparte de en su recuerdo. Justo cuando estaba a punto de desechar su última esperanza, la vio llegar. Sus piernas empezaron a temblarle mientras ella se acercaba. Esta vez tenía que hacer algo, no podía limitarse a sonreírle cuando ella le tirara la moneda, como cada sábado, para verla alejarse con el corazón en un puño sintiéndose estúpido y cobarde. No podía seguir viviendo así, tenía que decirle algo, hacerle ver que era la mujer de su vida, encerrarse con ella en una habitación de hotel y no salir en cuatro semanas. O al menos, invitarla a un café. No, ésa vez no la dejaría escapar.

 

 

No muy lejos, un hombre hacía ver que leía el periódico. Lo hacía ver, porque en realidad, no podía apartar la mirada de aquel joven que escribía en un banco cercano. Todavía no podía creerse que fuera verdad. Pero la evidencia hablaba por sí sola: aquella mirada apagada, aquellos lacios cabellos, María no le había engañado al decirle que se parecía a él. Cómo podía habérselo ocultado durante tanto tiempo. Cómo podía llevar 25 años teniendo un  hijo sin apenas saberlo. Cómo decirle a aquel joven de expresión huraña que garabateaba tristes pensamientos en un pequeño cuaderno, que aquel tipo con sus mismos ojos que le miraba de refilón mientras hacía ver que leía el periódico no era otro rostro anónimo en la ciudad sino su propio padre.

 

 

El joven escritor se levantó y de dispuso a volver a su casa. Atravesó el paseo con la mirada perdida en algún lugar de aquel parque “carente de interés, tan soporífero, necio y falto de sentimiento como las personas que lo ocupaban”, tal y como lo había descrito en su libreta. Tan enfrascado estaba en su pedante amargura que no se dio cuenta de que un hombre le llamaba por su nombre y trataba de alcanzarle antes de caer en el desánimo y darse media vuelta con rostro compungido.

 

 

Atrás dejó también a una chica que se había detenido frente un frondoso pino bajo el que un joven entonaba alegres melodías. “Vaya, hoy no tengo nada suelto” le había dicho con una tímida sonrisa. “¿Te apetece que nos tomemos un café?” había añadido luego.

 

 

Él, por supuesto,  no se dio  cuenta de nada de aquello porque tenía su cabeza ocupada, llena  de pensamientos sobre el poco sentido que tenía todo. Al llegar a su casa su madre le esperaba con preguntas:

 

 

─ ¿Qué, como ha ido el paseo? ¿Has encontrado la inspiración que buscabas?

 

─ He encontrado la confirmación a mis sospechas: que ni dentro ni fuera hay nada, que no quedan historias que contar porque la literatura se basa en la realidad y la realidad está vacía de contenido ─le contestó, sintiéndose todo un maestro del intelecto al haber dado con semejante declaración de ingenio.

 

─ Hijo, estás lleno de tonterías ─le dijo su madre mientras troceaba los tomates que acompañarían la ensalada ─. A veces basta con abrir los ojos.

 

 

El joven escritor sonrió con expresión paternalista. Qué sabría su madre, al fin y al cabo, con su delantal con dibujos de hortalizas. Para ella resultaba más fácil vivir engañada con sus superproducciones hollywoodienses creyendo que todavía quedaban experiencias dignas de ser contadas. Y es que ya lo decía aquel viejo refrán, se dijo mientras se quitaba el abrigo y lo colgaba en el perchero del comedor: “No hay más ciego que el que no quiere ver”.

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