México, ultramar, libro numérico y otros temas en el Salón del Libro Infantil de Montreuil

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Por Joel Franz Rosell.

 

 

El Salón del libro y la prensa para niños y jóvenes de Seine-Saint-Denis, más conocido como Salón del libro de Montreuil (por el municipio, colindante con París, que lo auspicia hace casi tres décadas) celebró su 27ª edición entre el 30 de noviembre y el 5 de diciembre pasados. Además de ser el gran evento francés de la edición y,  más recientemente, del cine y la multimedia para los menores de 16 años, Montreuil se reivindica festival europeo de la creación para chicos y es incontestable que su impacto trasciende cada vez más fronteras.

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Al cierre, se anunció un incremento en el número de visitantes que pasó de unos 150 000, en 2009 y 2010, a 155 000,  gracias a una superior presencia de grupos escolares y del público familiar, que aprovechó bien la jornada nocturna del viernes. 200 autores e ilustradores y 330 expositores (50 de ellos extranjeros) esperaban por ese público entusiasta. Por su parte el Mercado Internacional Profesional de la Imagen propició 420 citas y cesiones de derechos entre creadores de la edición impresa y numerizada, audiovisual, multimedia, transmedia y cross-media, y de productos derivados.

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En el plano de la democratización del libro y la lectura, las administraciones públicas de Seine-Saint-Denis ofrecieron 5000 “cheques-leer” que permitieron a los chicos del Departamento adquirir el libro de su gusto; mientras el llamado “tiquete rompe-colas”, financiado por el propio Salón, reforzaba el poder adquisitivo de las familias interesadas en volver a casa con alguna de las obras descubiertas en los seis días del evento.

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El comunicado oficial recuerda que el Centro de Promoción de Literatura Infantil y Juvenil de Seine-Saint-Denis prolonga su acción durante todo el año y en todo el territorio nacional, a través de talleres, seminarios, encuentros y otras iniciativas en dirección de la escuela, las asociaciones y grupos sociales, familiares y de carácter ciudadano, todo reunido en el programa “La Escuela del Libro Infantil y Juvenil”.

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El tema de la 27ª edición del Salón fue El Circo, lo que puso de relieve los títulos en catálogo, o especialmente publicados para la ocasión: álbumes , novelas, documentales, tebeos, etc. El subsuelo del centro de convenciones, además de una decoración muy oportuna,  acogió exposiciones (originales de Frédérick Clément, Georges Lemoine, Sara, Gerard Lo Monaco), instalaciones (Emmanuelle Houdart y Benoit Jacques), y talleres, lecturas y debates diversos.

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Montreuil renueva su política de premios con las “Pepitas del Salón”, recompensas en ocho  categorías:  “Álbum”, “Libro de Arte”, “Documental”, ”Edición numérica”, “Adaptación a cine de animación”, “Primer Álbum”, “Coup de Coeur (Pasión Fulminante) del Equipo del Salón” y “Novela europea para adolescentes”. En esta última categoría resultó finalista Gótico, novela del español Rafael Àbalos en  traducción de Maryvonne Ssossé para Albin Michel.

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Un año bajo el signo de ultramar y de México

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2011 es Año de Ultramar (regiones de Francia que quedan fuera de Europa como Martinica y Guadalupe, en el Caribe; la Guayana Francesa, en América del Sur; La Reunión, en el océano Indico, o Nueva Caledonia y la Polinesia Francesa, en el Pacífico) y también Año de México. En consecuencia, el Salón del libro infantil de Montreuil prestó especial atención al vasto espacio ultramarino (con la presencia de once autores e ilustradores, y varias editoriales afincadas en los Departamentos de Ultramar) y a México, que dispuso de un espacio aparte, decorado con alebrijes, las impresionantes esculturas populares que los artesanos Isidoro Negrete Reynoso y Susana Hernández vinieron a presentar y a enseñar a hacer en concurridos talleres. El decorado lo completaban -¡y como! muestras de originales de Javier Martínez Pedro y de Fabian Negrín (para su magnífico álbum Fryda y Diego en el país de los esqueletos, traducido por Editions du Seuil). La “librería mexicana” puso a la venta títulos en castellano y francés; pero conté tres veces más libros para adultos que infantiles y juveniles, y las editoriales representadas estaban lejos de reflejar la diversidad de México en este sector.

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La última jornada del Salón del libro infantil de Montreuil toca siempre en lunes, estando especialmente dedicada a los profesionales: editores, críticos, promotores, escritores e ilustradores discuten con un público, masivamente compuesto por bibliotecarios y maestros, sobre la creación, la edición, la promoción, la comercialización, la lectura y el estudio de libros impresos o en formato electrónico, y sobre expresiones de la cultura infantil y juvenil que tienen la palabra como centro: prensa, cine, teatro, multimedia.

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En esta jornada de clausura tuvieron lugar sendas mesas redondas en torno a la literatura infantil de las provincias francesas de Ultramar y del libro infantil mexicano.

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Por los territorios de Ultramar participaron las promotoras de la lectura Dorothée Costa (La Reunión) y Juliette Maes (Nueva Caledonia), el editor Gilles Colleu (de Vents d’Ailleurs, editorial francesa especializada en Africa, Haití y otras regiones “del Sur”), así como la responsable de Editions Océan, Claudine Serra, y su autora estrella, Joëlle Ecormier (La Reunión), y los autores-ilustradores Alex Godard (Guadalupe) y Joël Cimarron (Martinique). El tema más debatido fue el de la existencia de una literatura “ultramarina”, ya que se trata de islas y territorios -antiguas colonias francesas- demasiado diversas en su identidad, cuyos autores, sin negar sus raíces, revindican su universalidad y su derecho a abordar cualquier temática o forma expresiva. Es cuestión que se diferencia de la tantas veces debatida identidad latinoamericana, por la connotación política tan polémica que supone la relación entre dos componentes de la de la República Francesa, la Francia metropolitana  y las regiones situadas fuera –y lejos– del territorio europeo original.

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La mesa redonda “crear y editar en México” terminó centrándose en el primer aspecto, pues no había suficiente representación de editores mexicanos. Los escritores Toño Malpica y Jame Alfonso Sandoval, el grafista, músico y creador de dibujos animados Alejandro Magallanes y el autor e ilustrador Gabriel Pacheco, hablaron de su obra respectiva y, un poquito –tras una pregunta mía– sobre la situación del libro, la edición y la lectura en México. Reconocieron que un país inmenso (el más poblado de cuantos hablan castellano, con 110 millones de habitantes) y de gran cultura como México, se ha incorporado tardíamente a la producción de libros para chicos. Hay mucha creatividad, dijo Gabriel Pacheco, pero todavía poco acceso a una población de cerca de 45 millones de niños y jóvenes. Insuficientes librerías, y planes de promoción y difusión del libro y la lectura sin la debida coherencia y continuidad, están entre los grandes retos del libro infantil en México. El nombre de Daniel Goldin, editor visionario desde larga trayectoria al frente de l sector de ilustrados del Fondo de Cultura Económica, y hoy en la directiva de Ediciones Océano, fue citado en más de una ocasión. Un asistente al debate puso en la mesa la problemática de  la traducción de literatura infantil mexicana en Francia, evocando su dificultad para encontrarle editor a una escritora amiga suya (tenía en mano media docena de libros publicados por SM México). Aludió a una editorial francesa que le invitó a traducir los libros antes de enviárselos, cosa que arrancó risas “amarillas” a la mesa, pues es evidente que nadie puede lanzarse a la traducción de un libro –trabajo complejo que ha de ser remunerado– sin tener la menor garantía de publicación.

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La anécdota puso en evidencia lo que ya sabemos los autores, críticos y editores latinoamericanos: la escasa difusión internacional de la variada, abundante y a menudo valiosa producción editorial para chicos de nuestro continente. Raros editores franceses leen el castellano y menos aún son los que tienen una vaga idea de la calidad y peculiaridades de la literatura infantil latinoamericana (escasamente divulgada, en contraste con la amplia muestra de libros latinoamericanos para adultos). El coordinador de la mesa, Christian Moire, reveló la existencia de un programa de ayudas a la traducción de la cámara de la industria editorial y el gobierno mexicanos, al cual pueden acudir las editoriales francesas interesadas en algún libro de autor de aquella nacionalidad.

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Tras el debate, los cuatro creadores dedicaron libros de su autoría… o los que quedaban, pues los títulos infantiles mexicanos que fueron puestos a la venta -en castellano y francés- gozaron de mucha demanda por los visitantes del Salón y algunos ya estaban agotados.

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Con menos protagonismo que otros años, la presencia europea  contó con escritores, ilustradores y editores de 17 países, entre ellos España que solo estuvo representada por el ilustrador Angel de la Calle y las editoriales Bang, Milimbo y Oqo.

Una ojeada a la Edición francesa

Fuera del optimismo del Salón, una mirada a la edición francesa revela una realidad un poco menos rutilante. En 2010, la progresión que venía conociendo el mercado galo en los últimos años, ha sido frenada por la famosa crisis. Ya en 2010, las ventas de libros infanto-juveniles alcanzaron 570 millones de euros, con una caída de 4,5 % respecto al año precedente. La tendencia para 2011 no es demasiado alentadora, pues se registra un retroceso de 0,8 % entre enero y octubre… Aunque no hay que olvidar que las últimas semanas del año son las más dinámicas, como en otros países, en la venta de libros infantiles.

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Lo cierto es que las mágicas aventuras de Harry Potter (publicadas en Francia por Gallimard Jeunesse) y los sanguíneos romances de Twilight (traducido por Hachette), entre otras series de brujos, dragones, piratas, vampiros y compañía, son los responsables del formidable volumen de negocios de la edición francesa, que llegó a la cifra record de 595 millones de euros en 2009. Sin embargo, al margen de Twilight (que remplaza en el rol de “director comercial” al aprendiz de magia de Hogwarts), el mercado francés del libro solo progresó 2,4 % en 2010 y 1,5  % en los primeros diez meses de 2011.

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Lo cierto es que las series de fantasy son los blockbusters de la edición, los responsables del espejismo de bonanza en el mundo del libro infantil francés. Porque cuando uno habla con los editores independientes y de pequeña talla, o con los escritores e ilustradores comunes y corrientes, descubre que sus respectivas economías son modestas cuando no precarias.  Simplemente porque el incremento del volumen global de negocios está indisolublemente ligado a una concentración asimétrica de las ventas (36% corresponde a esas series, que controlan los grandes grupos editoriales). Para decirlo claramente: si Joana K. Rowling gana 200 millones de libras esterlinas es, en buena medida, porque esa misma cantidad no se distribuyó, con algún atisbo de equidad, entre miles de libros que, en definitiva, no son menos interesantes, profundos y bien escritos que los de la afortunada (valga el doble sentido) escocesa. Otros que se comportan bien son los clásicos -internacionales o franceses- como El principito, Los Miserables o La Odisea, que vendieron hasta 100.000 ejemplares en los últimos doce meses, y las series para los más pequeños –a menudo declinadas en programas de televisión y juguetes– que venden incluso centenas de miles de ejemplares.

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La oferta editorial francesa sigue siendo pletórica y la avalancha de novedades sigue causando la muerte prematura, por asfixia, de obras ingeniosas, talentosas, notables, ordinarias o de menor calidad, en una peligrosa promiscuidad. En Francia, la creatividad suele ser muy elevada en los planos de la ilustración, los materiales y la concepción editorial (con espléndidos álbumes y documentales), más que en los textos que, salvo excepciones, acuden a temáticas y formas, digamos, correctas. Pero de lo que todo el mundo habla es de la edición numérica, pese a que la oferta para e-readers e i-pads (trátese de meras adaptaciones de libros previamente existentes en papel o de aplicaciones auténticamente creativas) todavía no cubren más que el 2% del mercado.  En todo caso, hay consenso en torno a  L’Herbier des fées, de Benjamin Lacombe y Sébastien Perez (Albin Michel y Prima Linea) que marcaría el inicio de algo enteramente nuevo en materia de libro numérico, aunque el premio Pepite Numérique recayó sobre Un Jeu, de Hervé Tullet (Bayard Editions), versión de su ya celebrado álbum impreso Un livre (Bayard Jeunesse). Nótese el sutil cambio del título: de “Un libro” (versión impresa) a “Un juego”, versión numérica. ¿Nota Ud. para donde apunta la cosa…?

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