“El agente protegido”, de James Nava

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David Crow es un solitario vaquero que ha llegado recientemente a un pequeño e idílico pueblo cerca de las Montañas Rocosas para empezar una nueva vida, pero surge una amenaza letal. Nadie sospecha que en realidad se trata de un agente de la CIA sobre el que pesa una fatwa. Perseguido por terroristas islámicos dispuestos a cumplirla, ingresa en el Programa de Protección de Agentes, y aunque intenta pasar desapercibido es descubierto pronto.
La CIA decide utilizarle entonces como señuelo para capturar a los terroristas, pero David sabe que ese plan puede ser aún más peligroso y que solo le queda hacer frente a sus enemigos para defender su vida. El pasado que acecha como una sombra se cierne sobre él y la única esperanza de futuro que le queda.

«… en algún momento de la noche, empezaron los sueños. Primero fueron los aullidos, luego vio a la manada, y súbitamente, empezó a ver a través de los ojos de uno de los lobos. De nuevo.»

«Combatieron por su país y se convirtieron en héroes. Ahora la lucha es por sobrevivir y por algo más.»

«Un regreso al Oeste norteamericano de la mano de un thriller emocionante y que te dejará sin aliento.»

«Una novela de aventuras, misterio, amor y acción trepidantes.»

 

 

Autor: James Nava
Título: El agente protegido
Editorial: Sniper Books
ISBN: 9788493887100

 

 

Os dejamos un fragmento del primer capítulo de esta obra para que empecéis a degustarlo en Culturamas…

 

«El viento había cambiado de dirección, ahora soplaba del Norte y era frío, mucho más frío que en los últimos días. El hombre que caminaba por el bosque de píceas avivó el paso y miró hacia el horizonte, un mar de densas ramas y follaje verde. A su espalda cargaba un saco lleno de leña y piñas secas para alimentar la chimenea de la cabaña donde se alojaba.
El aire olía a resina y la pinaza crujía bajo sus botas Justin. Mientras cruzaba el umbrío bosque, sólo el canto de los pájaros y la llamada de alguna águila, por encima de la bóveda que formaban las copas de los árboles, quebraba el silencio reinante, similar al de una inmensa catedral. No había nadie más. Sólo naturaleza y animales. Un mundo primitivo.
David Crow respiró hondo, llenándose los pulmones de oxígeno, y siguió avanzando por el bosque sin reducir la velocidad de sus zancadas. Caminaba rápido y ligero a pesar de la carga que portaba a sus espaldas. En ese lugar, aislado del mundo, se sentía seguro. No importaba que estuviera solo y que la ciudad más cercana se hallara a muchas millas de distancia. Él lo prefería así.
Lo único que necesitaba era tranquilidad y soledad. Precisamente el motivo de su estancia en aquella remota región de Montana era la de mantenerse lejos del mundo.
Un ruido en el bosque, a cien metros, llamó su atención y lo hizo detenerse brevemente. David descubrió a un ciervo, que echó a correr en cuanto detectó su presencia. Luego siguió andando. Desde que llevaba en la región, hacía un mes, había tenido tiempo para pensar mientras se aclimataba a vivir allí. Red Lodge no era una gran ciudad, pero tenía todo el encanto de una localidad de montaña.
Era un pintoresco pueblo, con veintiocho picos de montaña por encima de los doce mil  pies de altura, en las estribaciones de las montañas Absaroka–Beartooth, cerca del Custer National Forests, el Soshone National Forests, y el Yellowstone National Park, con gentes amables y hospitalarias. Su llegada había resultado una más entre los muchos turistas que allí acudían, y todo el mundo lo había tratado bien. David había conseguido trabajo como vaquero en uno de los ranchos de la región. Desde luego no era la clase de trabajo que más hubiera deseado hacer, pero era el idóneo para empezar de nuevo y pasar desapercibido. Al fin y al cabo se trataba de iniciar una nueva vida. Adiós al pasado y a todo lo que había sucedido anteriormente. Ahora empezaba una nueva etapa. O al menos eso pensaba David.
Los rayos de sol, como dardos dorados, atravesaron el follaje de las copas de los pinos gigantes y alcanzaron la tierra por la que caminaba. El crujir de la pinaza rompía el silencio. Era un hermoso día de principios de julio. El verano estaba siendo caluroso, aunque aquel día hiciera más fresco, y se mantenían las temperaturas elevadas. David se pasó la manga de la camisa por la frente para limpiarse el sudor. En el tiempo que llevaba allí, había trabajado duro, trabajos manuales y a caballo. Cada día era un reto para él. El trabajo le permitía mantener la mente en blanco y concentrarse en lo que tenía que hacer, sin pensar en nada más, sin pensar en el pasado, en su vida anterior, en todo lo que había sucedido, en lo que lo había llevado finalmente hasta allí».

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