El secreto de los alquimistas

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El secreto de los alquimistas. Juan Ignacio Cuesta. Ediciones Nowtilus. 336 pp. 13,95 €. 

 

 

Capítulo I – Voluntad y magia

 

Alquimia es un término ambiguo, por eso conviene aclarar de qué vamos a hablar. Dentro de él se ha englobado tradicionalmente una abigarrada mezcla de cosas distintas que no nos permiten establecer un concepto universal y claro. Acordemos, pues, formalizar un acuerdo respecto al término con el que vamos a trabajar a partir de ahora.

Los diccionarios coinciden, aproximadamente, en establecer que la alquimia es el arte de la transmutación de la materia que se intentó en diversas épocas, especialmente en la Baja Edad Media y el Renacimiento, sin resultados aparentes. Tales eran descubrir la piedra filosofal para obtener, primero oro puro; luego la panacea universal, medicina para todas las enfermedades, y el elixir de la larga vida, si no de la inmortalidad. Coincidamos también en que todas sus prácticas llevaron al nacimiento de la química.

Parece paradójico, incluso jocoso, que el fracaso de la alquimia llevó al éxito de su sucesora. Parece cierto, pero si analizamos los matices veremos que el proceso no es tan sencillo, ni la historia de tal evolución es como hemos adelantado. Veamos, pues, cómo lo vamos explicando.

El proceso no fue inmediato. La alquimia no evolucionó automática y universalmente hasta convertirse, por definición, en «[…] la ciencia que estudia la composición, estructura y propiedades de la materia, así como los cambios que esta experimenta durante las reacciones químicas y su relación con la energía», a lo que habría que añadir: las «combinaciones y acciones recíprocas posibles que puedan darse». Fue realmente una parte sólo la que se transformó en esa ciencia.

Realmente hoy día siguen existiendo alquimistas en muchas partes del mundo, así como revistas especializadas, portales en internet, programas de radio y tele- visión, documentales, libros, asociaciones, etcétera.

Lo correcto, pues, es aclarar qué gajo de la naranja alquímica se escindió para terminar llamándose química, teniendo en cuenta una paradoja: ambas buscaban lo mismo. Aclarémoslo, la química —si la contemplamos desde los usos prácticos en la que la emplea el hombre moderno— busca esencialmente lo mismo que proponían los antiguos alquimistas. Desde sus comienzos, el hombre buscaba la inmortalidad, pero gran parte de la humanidad perdió las esperanzas al llegar el siglo XIX, y triunfar la razón sobre la superstición. ¿Qué expectativas tiene entonces la mayoría, digamos «industrial»? Pues lo mismo, la longevidad o un sustituto lo más semejante posible. Y lo hace de muchos modos, mejorando la fisiología, usando tónicos, vitaminas, operaciones, manipulando los genes, etc. ¿Con qué medios, fundamentalmente? Con la química.

Lo mismo podríamos decir metafóricamente de otras cosas, como transformar fósiles en oro, (oro negro, petróleo…, ¿no es verdad?), o transmutando otros metales como el titanio con fines similares.

En definitiva, la química y la alquimia son «tecno- logías» casi idénticas —vinculadas al ansia humana por dilatar su juventud, y adquirir poder y riqueza—, en tempos distintos. La primera ha sobrevivido con prestigio social, pero, la segunda, ¿se adaptó a los tiempos que corren? En parte ya sabemos que sí, puesto que existe, se practica y divulga en formatos y soportes ultramodernos, como la inmensa «tela de araña» que hoy día determina nuestra vida y el flujo de los saberes.

Para responder más ampliamente a esta pregunta, deberíamos remontarnos, como corresponde en toda investigación, a los orígenes, a los primeros datos registrados sobre operaciones alquímicas en la historia de la humanidad.

 

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