El poder vital de la metáfora

 Por Gonzalo Muñoz Barallobre.

 

El encuentro con el en sí del acontecimiento nos deja paralizados, crucificados en un vértigo marcado por lo terrible. Y es que, frente a lo que generalmente se cree, el hombre no es capaz de soportar la profundidad a la que le arrastra el hallazgo del en sí. Ante él no se da la alegría del místico sino la presión insoportable de un exceso de realidad que hiere en lo más íntimo de nuestra existencia, un corte frío y profundo, una verdad demasiado pura y, por eso, tóxica. Y es que la esfera del en sí es un territorio que el animal que somos es capaz de ver pero no de soportar.

El en sí está vedado por ser, para nosotros, insoportable. Nos atropella y durante su embestida no somos capaces de atraparlo. Así, salimos de ese ámbito de la verdad, tan anhelado para los filósofos, y quedamos condenados al de la opinión. La doxa es la que rige. Y tras esta afirmación sale a nuestro encuentro la siguiente pregunta: ¿Todas las opiniones son iguales? Responder que sí será sumergirnos en una profundidad oceánica en la que no hay ni arriba ni abajo, ni derecha ni izquierda, pero parece que el “sí” es la única contestación sincera. Una respuesta que nos arroja a la conclusión de que la realidad es, en términos de verdad, incognoscible. Y llegar aquí es resolver un enigma: la vida no debe ser conocida, debe ser vivida. Pero ahora surge una pregunta incómoda: ¿sin un saber verdadero a cerca de ella cómo vivirla? Pero ella no se detiene, no nos espera para que encontremos una respuesta. Y en este marco se encienden, incandescentes, las palabras del poeta: “la vida ya te empuja como un aullido interminable”. Y bajo este verso las tres preguntas kantianas -¿Qué puedo conocer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar?- caen podridas contra el suelo. Y ahora entendemos las palabras que Heidegger entregó en su última entrevista: “Sólo un Dios puede salvarnos”. Es decir, sólo una mentira nos puede salvar.

 Afinemos lo dicho. La verdad nos está vedada, la opinión nos sumerge en una pérdida absoluta de referencia y, después de descartar la pareja clásica, aparece la mentira como única pretendienta legítima . En primer lugar, deberemos decir cual es la diferencia entre opinión y mentira. La opinión no tiene pretensión de verdad, en cambio la mentira pone toda su energía al servicio de tomar la apariencia de verdad, es decir, su existencia sólo tiene sentido si logra tomar el rostro de la verdad. Ahora bien, debemos señalar donde puede residir el valor de la mentira. Es decir, debemos dar un criterio que nos permita elegir entre diferentes mentiras. Y ese criterio no es otro que el de la utilidad. Así, el valor de una mentira estará determinado por su utilidad. Pero, ¿qué es una mentira útil? Aquella que está a favor de la vida, es decir, que la ayuda, que la abre paso, que la potencia. Por el contrario, una mentira inútil es aquella que la envenena, es, apoyándonos en la definición que Spinoza da de la tristeza, el “acto por el que la potencia del hombre disminuye o es reprimida”. Pero debemos señalar que toda mentira tiene un tiempo, una duración, ya que termina por perder su apariencia de verdad, y sin ese rostro pocos hombres son capaces de seguir poniendo su vida en sus manos, por eso, detrás de toda mentira late, como un río subterráneo, el fracaso, entendido como el fin de un relato bajo el que hemos vivido. Ahora bien, con la llegada del fracaso se abre la posibilidad de que una nueva mentira se establezca entre nosotros, es decir, se abre la posibilidad de un nuevo asidero vital, de un sentido renovado capaz de llenarnos de energía. Así, lo que estamos diciendo es que la lógica que nos gobierna es la lógica de la mentira, ya que ella es el constructo bajo el que hacemos digerible la realidad y habitable el mundo, y por eso afirmamos que en ella está la salvación. Sin olvidar, claro, la distinción que hemos dado entre mentira útil y mentira inútil.

Pero la mentira que propongo nada tiene que ver con la moral. Hablo de una creación, ante todo del ingenio, de la imaginación, que funda un modo de relacionarnos con lo real -ese río enigmático que fluye indescifrable en términos de verdad. Uso una palabra negativa, es decir, que la tradición ha cargado de negatividad, de manera positiva. Y lo hago porque la apariencia de verdad me parece algo necesario. ¿Qué entiendo por apariencia de verdad? Pues que la mentira sea un relato, una narración, verosímil. Y cuando distingo entre mentiras útiles y mentiras inútiles es cierto que me aproximo al pragmatismo, pero lo hago de una manera determinada, porque digo que una mentira útil es aquella que potencia a la vida, que la hace entregar lo mejor de sí, que la hace, digámoslo de una manera poética, florecer. Una mentira que nos entrega un modo de vivir alegre, ligero, que resta gravedad. Y aquí, como se puede ver, es donde entra Nietzsche en juego. Hablo de una construcción que debe hacer posible la risa, el humor, que debe arrancar a la negra ironía de cuajo. Y entender de esta manera nuestra relación con la realidad, es conquistar un sano escepticismo que nos desmarca del dogmatismo. Así, salimos de ese ámbito de la verdad tan deseado por los filósofos. Y lo hacemos porque ella es inaccesible al animal que somos -la “podemos ver pero no soportar”. Nos está vetada. Y lo único que podemos hacer es optar entre la opinión o la mentira. Y las razones de haber elegido a la segunda ya las hemos dado.

¿Cuál puede ser el material con el que mejor podemos trabajar para crear mentiras? La metáfora. De esta manera, rompemos con todo discurso totalitario, monolítico y, sobre todo, mesiánico. Y es que la metáfora hunde sus raíces en la ambigüedad. Una ambigüedad que la hace exuberante, selvática y que porta en su seno el regalo más grande que podemos entregarnos: la posibilidad, que no es otra cosa que la gran virtud de no determinar ningún camino, de no cerrar ninguna senda, es decir, de habitar poéticamente el mundo.

De la mano de la metáfora salimos de la mayor violencia que se ha impuesto entre los filósofos: la necesidad de demostración. Las metáforas no se demuestran, no se refutan desde la discusión lógica, se viven, y sólo desde la vida son refutables. Así, la experiencia vital, la biografía, es la única prueba de fuego. Y es que sólo ella debe tener la última palabra. De este modo, siguiendo en este caso la propuesta sartreana, ponemos a la existencia en el centro, y sólo desde ella podemos determinar la esencia. Una esencia que se volverá tan flexible como el devenir del que tiene que dar cuenta, es decir, en armonía, por vez primera en la historia del pensamiento, con nuestra experiencia de la vida, con ese río cuyo fluir sólo tiene como identidad el cambio. Un juego, que es pura inocencia, que nos invita a participar y cuya llamada no hemos sabido oír por estar embriagados por la necesidad de fundamento que no es otra cosa que el resultado de un profundo miedo.

Mentira como divina creación, entendiendo el término divino libre de todo peso, de todo lastre religioso, es decir, como algo “excelente, extraordinariamente primoroso”. Y si tenemos que hablar de una primera mentira inútil, es decir, de un constructo pernicioso, ahí está esa idea de verdad absoluta, ese cierre terriblemente violento que siembra hasta en las facetas más íntimas de nuestra vida la servidumbre, el sometimiento. Ella es la anticreatividad, la metáfora más dañina que hemos sido capaces de parir. Que trae en su seno el deber, formalizado en diferentes imperativos, más oscuro y tirano posible. Pura ceguera. Pura sumisión. Una metáfora que la filosofía sólo ha sido capaz de desarticular gracias a la Historia, es decir, a través de ese gran espejo en el que hemos podido ver los infiernos que hemos parido.

Así, nuestra idea de mentira se lleva bien con esa propuesta que ha venido de Italia del pensamiento débil, siempre y cuando precisemos que lejos de ver una debilidad vemos que de su lado está las llaves a una verdadera fuerza: la fuerza de crear, de elegir mundos posibles, de dilatar nuestro horizonte hasta rasgarlo, hasta volverlo infinito. Y es que nos hemos dado las llaves de una potencia hasta ahora desconocida. Un amor que nada tiene que ver con esa capacidad de decir sí a la necesidad, sino una amor que es un puro dar, es decir, un puro poder construir. El tiempo será el fuego de nuestra fragua, la imaginación la fuerza y nuestra vida el material que debemos moldear. De esta manera, rompemos la exclusividad del concepto nietzscheano del filósofo artista y lo extendemos a todos los hombres. Y es que esta tarea no es la tarea de unos pocos, es la tarea de todos los que estamos viviendo, porque es la vida misma la que nos llama, la que nos compromete, y debemos estar a la altura de su llamada.

 

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2 respuestas a El poder vital de la metáfora

  1. “Y es que la esfera del en sí es un territorio que el animal que somos es capaz de ver pero no de soportar”

    si “soportar” es utilizado en su acepción usual el artículo comienza con un dogma de fe que deviene a mentira util según se avanza en el texto

    ritapmendez
    20 mayo 2012 at 6:49 am

  2. No es un dogma, es una experiencia.

    Gonzalo
    7 junio 2012 at 15:21 pm

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