Los tres Ulises

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Los tres Ulises. Óscar M. Prieto.

 

Apoyadas, sin necesidad, sobre una pared, tres sillas esperan, calladas y quietas, quizás preocupadas por la larga ausencia, pero si es así, ellas no se quejan.

Son tres sillas azules. Azul cielo o azul mar, si el cielo o el mar los ha pintado un niño en un papel con el mismo sentido del color, con igual compromiso con la realidad, es decir, con la misma verdad, con la que ese niño y todos los niños del mundo todo y hasta los que pese a los años no han dejado de ser niños pintan en papeles soles redondos y amarillos, pintan verdes las copas de los árboles -en otoño también- colorean de rojo las manzanas rojas y las caras de hombres y mujeres, la piel humana, con pintura rosa.

De lejos da la impresión de que están recién pintadas.De cerca, la impresión no desaparece.

Tres sillas azules esperan apoyadas contra la pared. A un ciego que pudiera ver lo que no vemos los demás, sin duda no se le escaparía la semejanza interna que guardan con Penélope.

Tres sillas. Tres Penélopes.

¿Acaso hemos llegado al puerto de Ítaca?

Si es así reclamábamos los tres tronos por tanto tiempo abandonados. Las tres Penélopes y sus lechos también.

Al llegar nos dijeron que estaban ocupadas. Tal vez comprendieron en nosotros la intención. Sin embargo no había nadie sentado en ellas. Decidimos esperar. No había alcanzado el verano su equinoccio pero poco a poco se nos iba contagiando la inquietud, ciertamente oculta, de las sillas y de quienes las guardaban. Cada día se acortaba con respecto al anterior, era más breve, había menos luz.

Antes de que se volviera insoportable aquella espera y la curiosidad y el cansancio, pues todos permanecíamos en pie, me adelanté y pregunté a todos los presentes si era que estaban reservadas o tenían otros dueños.

Si así hubiera sido, la circunstancia nos habría valido como explicación y como alivio. Y ya con esa libertad que da el saber, habríamos podido buscar otras sillas, un escaño, un banco o un peldaño en los que poder sentarnos. Pues lo cierto es que nosotros llegábamos de lejos -ya hemos olvidado si de una guerra o de una montaña- y sólo teníamos ganas de sentarnos, donde fuera. Llegado un momento hubiéramos matado por sentarnos.

Pero aquellas tres sillas, azules y vacías, por absurdo que pueda parecer a quien me lea, nos mantenían allí, de pie, agotados y algo muy parecido a la angustia comenzaba a apoderarse de nuestros ánimos –la angustia, hermana de la obsesión, es totalitaria como aquella y no da un respiro a quien somete-.

No estaban reservadas. Esta fue la respuesta que nos dieron. Ya iba a preguntar de nuevo, cuando un hombre, no recuerdo si el más joven o el más anciano de ellos, levantó la mano -con gran esfuerzo- para detener mi amago de insistencia. Tres hombres –nos dijo, sin especificar su edad y sin fuerzas para darnos una descripción de sus rasgos físicos que nos permitiera imaginarlos- estaban sentados en ellas. Sin que mediara entre ellos mirada, palabra, gesto ni señal preconcebida o acordada, los tres se levantaron a la vez, avanzaron unos pasos en aquella dirección – quiso indicarnos la dirección pero estaba exhausto-, se detuvieron, se volvieron y los tres al unísono, pronunciaron cada sílaba al mismo tiempo como si se tratara de una coreografía que llevaran años ensayando o de una oración, dijeron:

“Volvemos ahora. Guardadnos las sillas”.

Y desde entonces ellos, los que allí estaban cuando llegamos y después nosotros, aquí esperamos de pie, guardándoles las sillas, sin saber por qué se fueron ni cuándo han de volver.

 

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