[Sitges 2012] Crónica 3: Sitges y todo lo demás

Por Miquel Escudero

‘Holy Motors’ (Léos Carax, 2012)

‘Holy Motors’ (Léos Carax, 2012)

Viernes. Son las diez y media de la noche. Las luces se apagan en el auditorio del Hotel Meliá, en Sitges. Suenan los primeros aplausos en un patio de butacas especialmente bullicioso. Es Sitges. Va a empezar ‘Holy Motors’ (Léos Carax, 2012). La ilusión es patente en la mirada de los espectadores. Aplausos, comentarios y risas constantes se suceden en un juego especial que forma parte de la tónica habitual del Festival de Sitges. Se diría que los espectadores dialogan con la película a medida que los fotogramas se deslizan ante la luz de la mágica linterna. Sólo este instante basta para enamorar a todo aquel que pasa por Sitges. Ángel Sala comentaba en la rueda de prensa de presentación que habían seleccionado ‘Holy Motors’ para el festival porque la veían como “una provocación artística que les encantaba”. Ya la vi en Cannes pero ésta es una película que crece a medida que se la respira. Tan llena de matices, tantos puntos de interés planteados que no pueden ser comentados en una sola crónica. No serán sólo estas líneas las que encontraréis sobre ‘Holy Motors’ en Culturamas. Dentro de poco, nos adentraremos un poco más en el universo que propone Carax y bajaremos a las alcantarillas con Monsieur Merde.

El sábado por la mañana continuamos en el festival, disfrutando del sabor de Sitges. Hace sol y las calles están llenas de cinéfilos, ávidos de seguir consumiendo cine. Sin ningún complejo zombi, avanzamos por las estrechas calles del centro de Sitges, buscando el cine en que se proyecta la película que queremos ver. El auditorio del Hotel Meliá, el cine del Retiro y el del Prado. Los dos últimos son bastante más pequeños y antiguos que el primero pero el encanto que desprenden no se puede describir con palabras. Otro paseo por allí nos ayudaría a comprenderlo, cada uno a su manera. Es mediodía y el Retiro acoge la proyección de ‘John dies at the end’ (Don Coscarelli, 2012). Llegamos justos de tiempo pero a tiempo de ver la entrada de Don Coscarelli a la sala. Este año le han dado el premio de la Màquina del temps en Sitges. Recibe una sonora ovación y empieza a hablar ante la expectación de la mayoría de los allí presentes. Empieza a hablar tras pedir perdón por su español. Acto seguido pedirá perdón por desvelarnos el final de su película con el título. Nacen las primeras risas en la sala. Una vez comience la película ya serán imparables.

 ‘John dies at the end’ (Don Coscarelli, 2012)

‘John dies at the end’ (Don Coscarelli, 2012)

‘John dies at the end’ empieza con la presentación en primera persona de su protagonista, Dave Wong (Chase Williamson). Un joven estadounidense blanco que decide llamarse Wong para pasar desapercibido (se dice que Wong es el apellido más utilizado del mundo) habla sobre sus superpoderes mentales a un periodista (el carismático Paul Giamatti). Dave y John (sí, el que se muere al final) tienen la capacidad de enfrentarnos a los muertos que vuelven a la vida, clamando venganza. No podríamos definirnos sólo como zombis (sólo en los primeros veinte minutos de metraje, se han tenido que enfrentar con un gigante que lleva una esvástica tatuada en la lengua y con un ser reencarnado a base de salchichas y panceta). Sin embargo, ‘John dies at the end’ va más allá de la demasiado estereotipada comedia gamberra juvenil. No se trata solo de ver cómo dos jóvenes se enfrentan a los espíritus en una aleación entre ‘Los cazafantasmas’ o la serie ‘Embrujadas’. No. La propuesta de Coscarelli se sirve de una estructura de género ya consolidada para contarnos algo más. ¿Hasta qué punto podríamos hablar de (ir)realidad cuando nuestros sentidos están adulterados? Sería real aquello que vemos aún cuando pudiéramos estar alucinando. John y Dave acabarán cayendo en la adicción a la salsa de soja, una droga que permitiría desarrollar los poderes dormidos y ocultos de nuestro dormido cerebro para llegar al conocimiento en mayúsculas. Aun teniendo en cuenta la base gamberra del film, en el que se nos proponen un sinfín de guiños visuales que buscan la complicidad de un público concreto de forma clara (Dave y John llegan a un mundo paralelo en que todos los personajes van desnudos y tapados con máscaras a lo ‘Eyes wide shut’, la sangre corre a borbotones al más puro estilo del slasher…), la película plantea cuestiones que encontrarían un vínculo con la mirada de cualquier espectador que quiera abrir un poco más los ojos para atravesar el telón de acero que separa la superficie de la película de su subtexto.

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