Jugando con Alicia

Por Hilario J. Rodríguez

          Es difícil no caer en lo convencional cuando se habla sobre obras tan anti convencionales como Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas. Para evitarlo, quizás sea necesario saber qué quiero y qué puedo decir. No me gustaría interpretarla como una sátira sobre la sociedad victoriana, tampoco como una metáfora sobre la crueldad de los adultos hacia los niños o como un viaje iniciático, lleno de sorpresas y personajes estrafalarios. Todos esos argumentos son, a estas alturas, un tanto obvios y un tanto insuficientes. La novela de Lewis Carroll se ha vuelto inmortal porque va más allá de cualquier posible simplificación, pone en tela de juicio nuestras herramientas cognitivas ante ciertas cosas. De poco vale que utilicemos el psicoanálisis o alguna ley matemática, es una aventura imaginativa que se resiste a entregarnos sus secretos. Pero ése es uno de sus mayores encantos. Más que una historia, es una experiencia.

           Walter Benjamin insinuó que la mejor crítica posible de una obra sería su reproducción literal, una idea que Jorge Luis Borges llevó a sus últimas consecuencias en Pierre Menard, autor del Quijote. Yo ahora voy a continuar estas líneas con un diálogo entre Alicia y el gato de Cheshire:

          −¿Qué camino debo seguir para salir de aquí? −pregunta ella.

          −Eso depende en gran parte de a dónde quieras llegar.

          −No me importa mucho el sitio.

          −Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes.

          −Siempre que llegue a alguna parte.

          −Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente.

Niños

          No olvides que la tarta se reparte y luego se corta; no te asustes si la Reina Blanca grita porque sabe que está a punto de pincharse un dedo con la espina de una rosa; y no consideres injusto que al Mensajero vayan a encarcelado por un delito que cometerá después de que el Juez dicte sentencia. En el País de las Maravillas se mezclan la diversión y el miedo, también la injusticia. Me parece que aquí no existen reglas o por lo menos no son las nuestras. Hay gente, no obstante, que acepta unas partes y rechaza otras. Los directores de cine, por ejemplo, al principio se conformaban con sus escenarios delirantes. Sus películas se parecían a una atracción de feria donde se hacía posible lo imposible, donde se podía ver claramente lo que hasta ese momento sólo se había podido imaginar gracias a la lectura o a las ilustraciones de John Tenniel. Con unas cuantas escenas inconexas se creía estar reproduciendo un sueño infantil, delirante. Así es como definiría la primera versión cinematográfica, dirigida por Cecil M. Hepsworth y Percy Stow en 1903.

Alice in Wonderland (Cecil M. Hepsworth y Percy Stow, 1903)

             Durante la década de los treinta, cuando muchas películas pretendían apartar a los espectadores de la realidad e introducirla en mundos de fantasía, Norman Z. McLeod propuso un juego en el que W. C Fields era Humpty-Dumpty, Cary Grant la Falsa Tortuga, Gary Cooper el Caballero Blanco, Mae Marsh la Oveja y Jack Oakie era Tweedledum. El juego consistía en proponer situaciones divertidas, con frases ocurrentes en boca de actores famosos. La magia verbal del libro sustituyó entonces a su magia visual, como si ni hubiese sitio para ambas. Todavía resultaba demasiado subversivo, aunque sobre eso quienes de verdad podrían contarnos algo al respecto son los hermanos Marx, que fueron domesticándose poco a poco, a medida que los estudios atenuaban su corrosivo humor con absurdas historias de amor, con interludios musicales y con estúpidas intrigas que acabaron convirtiéndolos en actores secundarios de su propio show.

Jóvenes

            Alicia tardó en crecer. Walt Disney la convirtió en una jovencita egoísta y alegre, a la que le permitió cobrar el protagonismo que nunca había tenido y además la hizo cantar. Obligó a Alicia a sufrir lo necesario, en un universo a la altura del original literario, lleno de color, amenazas y música. Faltaba la crueldad que le proporcionó Jonathan Miller en su versión para la BBC en 1966. Una es el complemento perfecto de la otra. La primera es creativa, tiene estilo, imaginación, inteligencia y música; la segunda es severa, va directa al grano y lo hace sin remilgos. Disney quería provocar una experiencia sensorial, mientras que Miller buscaba seguramente una experiencia conceptual. Aunque sus propósitos son diferentes y el público al que van dirigidas también, las dos limitan el alcance de la obra. Ni un niño ni un adulto de verdad habrían sido tan intransigentes, tan elitistas como para pensar sólo en sí mismos.

Unbirthday Party

Versión de Alicia en el País de las Maravillas dirigida por Jonathan Miller para la BBC en 1966 (completa y extrañísima)

          Desde la década de los sesenta en adelante, nadie se conforma con adaptar Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, los guionistas y directores además añaden partes de A través del espejo. Hablan acerca de la esquizofrenia de la identidad o muestran mundos asolados por la alienación. Se detienen en lecturas psicoanalíticas, con referencias a la sexualidad o a la lógica de los sueños. A veces incluso utilizan elementos realistas para ver cómo de la síntesis de lo real y lo fantástico surgen a menudo las pesadillas. ¿Tú sueñas? Posiblemente sí por mucho que de tus sueños apenas te quede una sensación y no una historia. Los sueños cuestionan nuestras seguridades, en ellos morimos, volamos, nos encontramos con desconocidos… Y algo similar es lo que experimentamos al leer a Lewis Carroll o al ver las películas de Jan Svankmajer, Terry Gilliam, los hermanos Quay o David Lynch, en las que todo puede parecer muy simple y, sin embargo, no lo conseguimos entender por completo.

Brazil (Terry Gilliam, 1985)

The Cabinet of Jan Svankmajer (hermanos Quay, 1984)

Inland Empire (David Lynch, 2006)

Hacernos mayores

          Tim Burton acaba de estrenar Alicia en el País de las Maravillas pero en ella su protagonista no es una niña sino una joven a punto de casarse y el universo en el que la introduce está en proceso de descomposición. A los locos los obliga a sufrir de melancolía, a los listos los retrata en soledad y a los crueles los convierte en víctimas de su crueldad. Ignoro si lo que quiere es alertarnos sobre algo que se muere en nosotros, algo que podría hacernos sentir huérfanos, o sobre el cambio que se ha operado en la imaginación, que antes nos ayudaba a pensar del derecho y del revés, y ahora no nos sirve más que para darnos cuenta de que la hemos convertido en una enfermedad.

Tráiler de Alicia en el País de las Maravillas en versión de Tim Burton (2009)

 

*Publicado inicialmente en el suplemento Abcd de las Artes y las Letras del diario Abc en febrero de 2010.

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