Javier Ponce Gambirazio: «Mi intimidad creativa hace que escribir sea un hecho libre y masturbatorio»

Por Cristina Consuegra.

La sexta entrega del escritor peruano Javier Ponce Gambirazio, El chico que diste por muerto (Zut Ediciones, 2012), reúne grandes elementos literarios que hacen de este título un artefacto narrativo único, singular, de mirada voraz ante lo que acontece, y entramado argumental de pelaje incendiario que lo convierte en una grieta que perfora la superficie del panorama literario internacional. Y es que la poética sobre la que se sustenta esta novela resulta tan eficaz como demoledora, especialmente, si se tiene presente la complejidad de la historia que cuenta este título. Ponce busca conmover, irritar, sacudir al lector con una obra de violencia y silencio, de piedad y miseria, en la que el narrador potencia la plasticidad de la palabra, al tiempo que el empleo del espacio desaparece en favor de lo corpóreo, como si lo contado naciera por y para lo orgánico, para así lograr explosionar la realidad a golpe de palabra.

 

© Kenyo Vargas

 

¿Cuándo decides hacer frente a esta historia a través de la disciplina de la palabra?

La historia partió de una imagen. Un señor se viste de mujer para llamar a su madre a quien no ha visto en treinta años. Para hacerlo se cubre con un abanico hecho con plumas azules de periquitos australianos que compra diariamente. Cada periquito tiene una sola pluma con el color perfecto. El resto del ave muere y es devuelta en una pequeña caja a la Pajarería Yolanda por su asistente, un niño mudo de catorce años. Cuando finalmente el abanico está terminado, es tiempo de llamar.

La escena era parte de un guión cinematográfico que escribí hace diez años, pero que nunca se llegó a realizar y que jamás aparece en la novela, porque en el universo de la historia tampoco iba a suceder. Más que una escena fue una imagen disparadora a partir de la cual el personaje comenzó a formarse. El lenguaje, la voz y el formato vinieron mucho después.

 

El chico que diste por muerto narra una historia desoladora y lo hace vorazmente como si el narrador fuera a morir en cada página. De hecho, no es una historia de fácil lectura o digestión. ¿No te dio cierto vértigo producir una obra tan arriesgada? ¿Quizá reclamas cierta independencia narrativa?

No reclamo la independencia narrativa, porque la tengo. No firmo contratos previos, ni asumo compromisos sobre textos inexistentes. Vivo en Lima y aquí nadie me conoce. Ni la prensa, ni los demás escritores peruanos, ni las editoriales ni nadie. Las librerías tampoco importan mis libros publicados en España. Esta situación, lejos de parecerme lamentable, la agradezco y me encanta. Porque asumo que nadie me leerá, entonces me puedo permitir la libertad de escribir lo que me dé la gana y de lanzarme a la piscina sin temor al ridículo, al señalamiento o a la crítica malsana. Tampoco al aislamiento, porque ya vivo aislado. Y esta intimidad creativa hace que el acto de escribir suponga un hecho libre, solitario y puramente masturbatorio, que me permite y obliga a trabajar el texto hasta que esté realmente presentable.

 

Leyendo la novela, una tiene la sensación de que no has dejado nada en el cajón, que golpeas al lector para sacudir su realidad, nuestra realidad. Esto hace que El chico que diste por muerto precise de la figura del lector activo. En relación con esto, ¿qué esperas de El chico que diste por muerto?

Nunca pienso en el lector cuando escribo. Pienso en la coherencia de la historia. Siento al personaje y trabajo incansablemente hasta que él mismo sea creíble, diga todo lo que quiera decir y calle lo que quiera callar. El resto queda en manos de quien quiera aproximarse. Cada lector, si lo hay, elige la manera en la que aborda la novela. Si lo hace de manera activa y el texto es una piedra a partir de la cual reconstruye su interior, se hace preguntas y completa la historia, me parece genial. Pero si el lector simplemente se queda con lo dicho y sigue leyendo hasta enterarse del final de la anécdota o tira el libro por la ventana antes de terminarlo, está también en su derecho de hacerlo. Ambas posturas me parecen igual de respetables. Nadie tiene la obligación de amar o entender lo que hago.

 

Uno de los aspectos más llamativos de la novela es la forma con la que el tiempo y el espacio desaparecen cediendo volumen a la voz hambrienta del narrador. En cierto modo es como si lo físico y temporal adquirieran forma a través del cuerpo –de lo corpóreo- del protagonista, cuestión harto compleja. ¿Cómo trazaste esta estrategia narrativa?

El cuerpo del personaje es su único hogar. Sin cachivaches, álbumes de fotos ni baratijas. Lo único que recuerda es lo que realmente recuerda; y para conservarlo, lo congela en un eterno presente. Quizás porque es la única manera que tiene de reconocerse tanto en su infancia, como en su vejez. Y de mantener fresca su historia que ha esperando tantos años para ser por fin contada frente a aquella persona que lo dio por muerto.

 

Lo formal acompaña magistralmente al argumento de la historia, parece que escribes paralelamente en dos niveles. ¿Cómo trabajas la depuración del lenguaje?

El personaje narrador, al hablar en primera persona, es quien se ocupa de depurar el lenguaje por sí mismo. La propia oralidad marca los límites de lo orgánico y de lo que sonaría forzado e irreal en una persona con determinadas características. Por ejemplo, si el narrador es un travesti enloquecido por la belleza que perdió y los recuerdos de sus amigas muertas, puede tener un lenguaje vulgar y barroco. Pero si quien habla es un pianista autoexiliado en su propia ciudad que ha optado por el silencio, luego de haberse prostituido para sobrevivir, su discurso va a ser completamente distinto, entrecortado y distante, y por momentos sumergido en la poesía del horror.

 

Este título soporta una carga narrativa contundente y abriga una idea explosiva. ¿Has pretendido dar voz al silenciado y al desheredado?

No me gustan los sobrenombres, los compromisos temáticos ni los ghettos. No me interesa reivindicar a nadie ni que me cuelguen medallitas o etiquetas de nada. Soy solamente un escritor. Sin apelativos. Lo único que pretendí fue escribir una buena novela. Me aburre la literatura de denuncia y el arte ansilar. Para eso están los ensayos, panfletos y discursos políticos. El chico que diste por muerto es mi sexta publicación, y sólo tres de ellas han dado voz al desheredado, como lo llamas. La sétima, inédita aún, es sobre una temática completamente distinta.

 

Otro gran aspecto de la novela es el ejercicio de los elementos temáticos. Uno irrumpe con fuerza por encima del resto, el tratamiento de la violencia, ¿cómo trabajaste este aspecto?

El personaje principal está por encima de todo. Mientras nosotros recién nos asomamos, él está de ida y vuelta, y ya nada le sorprende. A nosotros quizás sí. Y su única intención es describir con la distancia y la frialdad de un muerto, lo que ha tenido que ver. Sin querer horrorizarnos ni buscar la compasión, ni mucho menos la pena. Es sólo un hombre que enumera cosas, sucesos, personas, noches y años, con la impavidez de alguien que hace una lista a solas.

Lograr la propuesta justa no es fácil. Durante el proceso, el texto es un artefacto mutante que va buscando la arquitectura más adecuada para expresarse. Es lo más parecido a escribir varias novelas al mismo tiempo, desde varios puntos de vista y navegando por distintos géneros. Escribir, desechar, reescribir, modificar, corregir, cortar, eliminar, eliminar y eliminar aún más. Si algo puede sobrar, es que sobra. El camino es largo, pero hay que tener paciencia con el personaje y ser amable con uno mismo. Sin decepcionarse ni sentir que se pierde el tiempo. Nada bueno nace de la prisa. Esa es la mejor parte de escribir creyendo que nadie jamás me publicará. Como no me impongo plazos ni cuotas de páginas, puedo dejar descansar y madurar el texto en un cajón durante meses, incluso años. Todo el tiempo que el texto y yo lo necesitemos.

Para que te hagas una idea, esta novela me tomó nueve años escribirla.

 

¿Y la identidad?

Lo más difícil es encontrar la voz del personaje. Saber cómo habla, sus giros, cómo compone sus frases, sus muletillas, sus recurrencias y limitaciones. Una vez que se encontró la voz. Todo se vuelve más fácil. Tanto en el proceso de la escritura, como en la larguísima etapa de la corrección. Es esencial respetar la melodía, el ritmo y la tesitura del personaje. Uno va reconociendo qué cosas sería imposible que diga, o de qué manera no lo diría, y se elimina sin piedad la inconsistencia y la desafinación.

 

La última pregunta la formulo para satisfacer una curiosidad personal, ¿cuánto hay de autores estadounidenses en tu novela?

No estoy muy consciente de mis influencias literarias, pero si revisas mi biblioteca, no encontrarás muchos autores estadounidenses. Mis referencias se encuentran en la realidad. En cosas que he vivido o visto. En personas que han pasado por mi vida dejando el encargo de comunicar sus miserias y opulencias. En sus maneras de hablar y también de callar. Lamento decepcionarte.

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2 respuestas a Javier Ponce Gambirazio: «Mi intimidad creativa hace que escribir sea un hecho libre y masturbatorio»

  1. que pasaria si yo digo que me acoste con ese hombre, y me engaño utilizo otro fb con el nombre de ADRIAN NO, y si porque lo hizo y tengo pruebas obviamente!!! :3

    fhjfn
    19 noviembre 2013 at 6:32 am

  2. este pata es un cabro que utiliza alas personas como cosas un dia esta con uno otro dia con otro este bro es mas enfermo ,,,ADRIANO””

    gerson
    27 septiembre 2015 at 3:29 am

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