Secretos de estado

 

Por LUPE RUBIO

“La función de un thriller político realmente bueno no es la de dar respuestas, sino la de plantear preguntas”, dice Gabriel Byrne. El hierático rostro de este actor irlandés, conocido por Sospechosos habituales o Muerte entre las flores, es el protagonista de la miniserie de Channel 4 Secret State. La principal pregunta que plantea este drama televisivo en cuatro capítulos es cuál es la interrelación entre los gobiernos, la banca, las multinacionales y los medios de comunicación, pero también despuntan entre la intriga temas como el terrorismo, los aviones no tripulados, la integridad política o el derecho a la información. “Parece como si estuviéramos copiando los titulares de la prensa, cuando de hecho uno de los problemas de hacer un thriller político actual es que tienes que correr para adelantarte a ellos”, continúa el actor en una entrevista que se puede leer en la página web oficial de la serie.

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Secret State está “inspirada ­que no basada”­, como se lamenta su autor, en la novela A very british coup (Un golpe de estado muy británico), que el periodista, escritor y político laborista Chris Mullin publicó en 1982. El ex ministro de Tony Blair, que también ha publicado tres diarios autobiográficos y dos novelas de espionaje, declaró al periódico The Guardian sobre la serie que “no mantiene muchas semejanzas con la novela y hasta se ha cambiado el título”. El libro es una fábula política sobre la elección como primer ministro de un radical de extrema izquierda, mientras que la trama televisiva se centra más en la intriga sobre por qué explotó el avión en el viajaba el primer ministro. Como defiende el actor protagonista: “El primer requerimiento de un thriller es que debes querer saber qué sucede luego. La tensión es el ingrediente más importante del lenguaje de este género. No puedes tener a Chejov en un thriller político, porque éste no examina la complejidad de un comportamiento emocional, sino que provee del marco para examinar temas sociales y políticos complejos”.

Robert Jones, que firma el guión de la serie, ha utilizado su experiencia previa en series policiacas como The Nº 1 Ladies’ Detective Agency y políticas como Party animals para escribir un argumento que comienza con las protestas sociales que se originan cuando la explosión de una planta petroquímica norteamericana mata a varias personas y asola el pequeño pueblo británico en el que se asienta. Cuando explota el avión en el que el primer ministro vuelve a Inglaterra tras negociar con la multinacional las indemizaciones, el viceprimer ministro Tom Dawkins (Gabriel Byrne) inicia una investigación personal para comprobar si son ciertas sus sospechas de que la empresa está detrás del magnicidio. Para ello cuenta con la ayuda de un ex camarada veterano de guerra y ex miembro del MI6 y de una periodista que le proporciona pistas, mientras que su partido está más preocupado por elegir a un sucesor entre un diplomático candidato (Rupert Graves), de dudosa moral pero fachada intachable, y una ambiciosa mujer con escaso don de gentes que en desvelar la verdad. Ambos se convierten en sus enemigos cuando la popularidad que le otorgan los electores por sus discursos sinceros le aúpan como primer ministro con el apoyo de uno de los hombres fuertes del partido (Charles Dance). La trama se complica con las sospechas de un posible atentado terrorista, las luchas de poder internas en el servicio de espionaje británico, que mantiene vigilado al nuevo primer ministro y a su amigo, y la estrategia de Dawkins para que la petrolera, en cuyo accionariado están varios bancos británicos, pague la indemnización.

El tono narrativo elegido para contar esta intriga política ­pesimista, oscuro, trágico, realista a pesar de sus incongruencias­ se acerca más, si buscamos entre otros ejemplos británicos, a Black Mirror o a Black Book que al tono paródico de The thick of it. Se trata de un enfoque muy distinto al acostumbrado entre las producciones televisivas norteamericanas que, o bien se centran en el proceso político y en la lucha por el poder dentro de un partido o gobierno (El ala oeste de la Casa Blanca, Political Animals, Boss. Game Change, la tercera temporada de The Wire y House of Cards, la adaptación norteamericana de la serie de la BBC de los noventa Castillo de naipes) o bien utilizan el escenario con fines cómicos con mayor (Veep) o menor (1600 Penn, First Family) talento. Sin embargo, todas comparten el recurso de intercarlar en la trama política la vida familiar o sentimental de los personajes, lo que concede un respiro a la concentración del espectador. Respiro que se echa en falta en Secret State, donde no hay ni un atisbo de humor, ni en el enfrentamiento político ni en la investigación de espionaje.

Coincide, no obstante, Secret State en dos temas recurrentes en las tramas políticas: la corrupción interna y la prensa como elemento unido al ejercicio del poder. En este caso, la periodista interpretada por Gina McKee es el catalizador de la investigación, al proporcionar al primer ministro en funciones documentación sobre la multinacional petroquímica. Aunque, en determinado momento también ejerce de espada de Damocles sobre Dawkins, al amenazarle con sacar a la luz un oscuro aspecto de su pasado militar, la compleja relación entre prensa y poder está solo bosquejada. El juego de influencias y manipulaciones fue mejor reflejado en la serie de la BBC State of Play (2003), con el siempre impecable David Morrisey.

En el otro aspecto, la corrupción que plantea Secret State se resume en cómo los intereses económicos de un gobierno que, a través de la titularidad estatal de los bancos, posee una multinacional a la que da (o auto da) concesiones, son más importantes para algunos políticos que la vida de sus ciudadanos. Con unos mimbres tan reconocibles y, desgraciadamente, tan comunes en la vida real, lo que chirría para un espectador español es el idealismo anglosajón, la confianza en el liderazgo de un político que dice y busca la verdad por encima de sus intereses y de los de su partido, es decir, su fondo de fábula bajo el barniz de la intriga. “Tenemos un casi infantil optimismo sobre la noción de liderazgo y democracia, lo cual es increíble y al mismo tiempo frustrante, porque un solo hombre no puede cambiar todo un sistema”, reconoce Gabriel Byrne, a pesar de que su personaje lo intenta. Y puede que no lo consiga, pero le da un buen corte de mangas.

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