Los ojos de Adán

Categoría: Críticas,Poesía |

ojos de adanOrlando González Esteva

Los ojos de Adán

 

Pre-Textos, Valencia, 2012

 

Por Juan Soros

 

En su epílogo a la antología “¿Qué edad cumple la luz esta mañana?” (FCE, México, 2008) Juan Malpartida sintetiza la poética Orlando González Esteva (Cuba, 1952): “Leer a González Esteva es, entre otras cosas, asistir a la exaltación de la analogía, desde su amor por la rima (esa misteriosa retórica de la memoria) a lo que me parece más profundo: la visión, acentuada a veces hasta el delirio o el humor, de las correspondencias.”. Sí, rima. Y rima bien, rima pero su rima es comprendida entre los lectores más exigentes como necesaria, no como nostalgia formal y aurática. En una entrevista reciente aparecida en Cuadernos Hispanoamericanos el autor relata que Octavio Paz se fijó “en los versos de un hombre joven, desconocido, exiliado en Miami (ciudad demonizada, si las hay), que no escribía como podría haber escrito uno de sus discípulos […]” y lo invitó a publicar en la mítica revista Vuelta y lo apoyó en la edición de sus libros. Pero la mencionada antología combina sin “apellidos” textos líricos de métrica cerrada con textos en prosa de difícil clasificación, si la clasificación fuera necesaria, donde, como dice Malpartida, “la visión de las correspondencias” se despliega en todo su potencial y con toda la carga de modernidad que conllevan desde que Baudelaire las instalara en un lugar central del ejercicio poético, en prosa o en verso.

En la misma entrevista González Esteva elude la definición tópica: “En cuanto al poema en prosa… no creo que mis textos lo sean. Aurelio Asiain llamó a algunos «ensayos de imaginación». Es posible que esa categoría les venga mejor, por lo que el ensayo, entendido así, pueda tener de exploración personal, de aventura.”. Justamente el nuevo libro que ha publicado en España, Los ojos de Adán, es una muestra significativa de estos “ensayos de imaginación” donde nos revela su universo analógico de correspondencias en textos libres y brillantes sostenidos con maña en la tensión entre el poema, el ensayo y el poema en prosa en la misma clave que pudimos conocer antes en dos muy recomendables libros: Elogio del garabato y Fosa común, reeditados por Pre-Textos en 2004.

Escritor cubano en el exilio, nacido en 1952 pertenece a una generación muy posterior a la de Lezama y el grupo Orígenes, posterior a la de Sarduy, y es doce años más joven que José Kozer, sin embargo, a pesar de residir en Estados Unidos desde 1965, desde los trece años, mantiene un estrecho lazo imaginario con la isla. No “imaginario” en cuanto a irreal sino, por el contrario, en el mismo orden en que sus ensayos son de “imaginación” y en el que cierta crítica ha pretendido hablar, con mayor o menor fortuna, de un “universo imaginario” donde el autor despliega un orden (un cosmos contra el caos) que sólo es posible dentro del campo textual que concibe en el libro. Los ojos de Adán, recopilación de una columna aparecida en El Nuevo Herald entre 2006 y 2008, que podrían pensarse dispersos y circunstanciales, es un ejemplo paradigmático de una construcción personalísima de un “universo imaginario” donde la coherencia no depende de nada más que de las relaciones de tensión, de gravitación, que el autor despliega entre los distintos elementos que, en este caso, son los objetos. El mundo de los objetos y sus relaciones: “Que los objetos tienen vida propia lo sabe cualquiera que los haya observado actuar y, con el propósito de ganarse su confianza, haya hecho la vista gorda.” González Esteva ha hecho la vista gorda para dejarlos hacer y así alimentar su texto con sus observaciones del natural. Esta forma de observación, de reojo, a hurtadillas, da cuenta del tono de los textos que no pretenden ser exhaustivos, dejar exhausto un tema, sino por el contrario seducen a través de la prosopopeya, de darle vida a los objetos, y constituir así un laberinto verbal sólido pero abierto, de múltiples entradas y salidas hacia la ensoñación del objeto, sea la almohada (“La amante perfecta”) o los espejos (“La mirada implacable”), por ejemplo. González Esteva lee los objetos como morfemas del texto de la ciudad. Barthes habla de leer la ciudad como un discurso, donde la lengua hablada es central. En este sentido, debemos recordar que el poeta cubano en el exilio escribe en castellano para una comunidad bilingüe, para un periódico de título bilingüe, Nuevo Herald. Se ha hablado mucho y bien de escribir “fuera del lenguaje”, nuestro autor escribe fuera y dentro del lenguaje, en una ciudad ausente, cubana, imaginada por él y en el imaginario de sus lectores del periódico local pero que se vuelve la ciudad imaginada por todos nosotros, sus lectores. Así la ciudad imaginaria constituida por González Esteva, que se podría estudiar en relación a la Playa Albina de García Vega, sobrepasa bloqueos y subvierte los espacios, al mismo tiempo que evita la nostalgia acrítica. Como dice Juan Malpartida en el texto antes mencionado, es un poeta “que ha cubanizado el orbe; es decir, que ha tomado el mundo cubano como crisol de analogías. Por lo tanto, ha construido y construye una patria cuya identidad está regida por la conjunción de los contrarios. Una respuesta moral desde la profundidad del ritmo.”

Muchos poetas cubanos, quizá por hermandad insular, muestran interés por lo japonés, su literatura, sus artes y cultura, desde Lezama Lima y su Pabellón del vacío hasta Kozer y la constante presencia del mundo japonés en sus textos y en sus traducciones. Cuando leemos a González Esteva en Casa de todos (2005), un libro del cual su autor indica: “Éste no es un cuaderno de haikus, aunque alguno haya en él. Hubiera querido serlo.” Y conocemos sus versiones de haiku de Issa en Hoja de viaje (2003) podemos tender a relegar ahí el nexo japonés de nuestro autor. Sin embargo, justamente sobre los textos de Los ojos de Adán, que van imbricando poemas en el flujo de la prosa, ha dicho Jordi Doce: “El resultado me hace pensar en la forma japonesa del haibun, esa mezcla de prosa y verso que es también mezcla de ensayo y poesía y que lo fía todo al poder del contraste, la capacidad del haiku para instalar líneas de fuga, claros iluminadores, en el camino de la prosa.” Quizás esta sea la síntesis más nítida de la experiencia lectora de estos textos que González Esteva ha escrito para “ser libre” y que en su lectura liberan al lector del peso del mundo mostrándole la vida imaginaria de los objetos.

 

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