A Fondo, recordando las entrevistas de Soler Serrano

 

Por Iago Fernández

@IagoFrnndz

 

SOLER SERRANOAprovecho las reposiciones de teleseries, programas y películas cuando la transfusión de kbps lo permite. Así la semana pasada, por consideración de la página web de TVE1, google videos y youtube, tuve la oportunidad de revisitar los capítulos de A fondo, uno de los programas literarios con que sazonaban la parrilla televisiva en la década de los setenta. Para quien no lo recuerde, Soler Serrano entrevistaba en cada capítulo a un determinado escritor durante 45 o 60 minutos. Por el plató circularon Jorge Luis Borges (y en dos ocasiones, a cada cual más ciego y chaparro), García Hortelano, Dámaso Alonso, Alberti, Cortázar,Puig….

Revisitar estos fósiles arroja una claridad distinta sobre la contemporaneidad de varios asuntos, tales como la participación del escritor en la esfera pública y el modelo de cultura que vehiculan los medios de comunicación. Sólo es preciso atender a una serie de rasgos distintivos que ya no cuentan con manifestación en este, nuestro siglo XXI.
A primera vista, surge la opinión de que la función pública del escritor en A fondo era meramente representativa: nunca se le ponía al corriente con las situaciones de actualidad, sino que se le exponía una vez embalsamado y ya dispuesto para su pervivencia histórica; su figura no era otra que la del legislador de una cultura, una lengua y, a fin de cuentas, una nacionalidad. Pero esto no lo veo necesariamente peyorativo, ni rechazarían sus implicaciones gran parte de los entrevistados. Recuérdese a Borges, o a Cortázar, que recalcaban, siempre, su responsabilidad de proteger la sonoridad del idioma, su fluir histórico, su riqueza, también, imaginativa, y calificaban sus mejores trabajos de burgueses o, directamente, obviaban su pronunciamiento político. Lo importante, digo yo, del programa y sus invitados era ese ímpetu defensor por la cultura en lengua castellana.

 

 

Es evidente que hoy día el escritor ha quedado relegado a la categoría de mero hacedor de ficciones y sólo en algún programa no especializado, que estos han muerto ya, lo convidan a responder una serie de frivolidades. Despojados de cualquier vestigio de representatividad, su función es la de pasar por ingeniosos artesanos. Y, en tal medida, sólo cuando generan un buen amasijo del vil metal, o se les concede un premio estatal, cumplen lo requisitos y ocupan el plató. Fíjense: hemos pasado de la defensión de una cultura y una lengua a la de los intereses financieros particulares.
 De hecho, si se atiende a la disposición escenográfica en que lidian el entrevistado y el entrevistador, la distancia entre unos modos y otros de intervención televisiva y, en tanto, la distancia entre los esquemas culturales que detentan, se subraya más todavía. En A fondo, por ejemplo, Soler Serrano conversaba de tú a tú, sin mesa de por medio, con el escritor participante, ambos situados frente a frente y a veces con sendas copitas de whisky; en paralelo, una mesa lucía la correspondiente colecta bibliográfica. Incluso disponía el escritor de un cenicero, en consideración a sus posibles vicios. Generalmente, se lo acogía en plató igual que un anfitrión acogería, formalmente, a un invitado: con respeto y amabilidad, y empeño en demostrar un mínimo sobrevuelo admirativo por su quehacer, tal y como exigirían los cánones de la cortesía clásica. En cualquier programa actual, el entrevistador no demostrará, o no tendrá la educación de hacerlo, el menor grado de conocimiento respecto a la bibliografía del entrevistado. Estará enterado, eso sí, del título y la trama de la obra con que irrumpió, estridente, en el gran mercado. En cuanto al trato, ya no es que obvie las prestaciones de la cortesía, sino que se reduce a la pura tramitación de una visita relámpago. Así como se despacha a un vendedor de biblias: con una sonrisa y una disculpa que, de tan mal urdida, nos delata indiferentes. En cuanto a la prohibición de fumar, u ofrecer un buen whisky… Esta sumisión de la imagen del escritor a los requerimientos de la televisión pública es un poco descorazonadora. Ya lo era en A fondo, aunque por lo menos Soler Serrano teñía el oficio de una pátina dignificante, y permitía que el entrevistado se distendiera explicando sus labores (así aprendíamos mucho nosotros, los aspirantes). Pero, a día de hoy, el detrimento es demencial.

 A mi entender, claro, este apabullamiento de la figura del escritor es fruto de una fantástica, pero impracticable, idea: la de no distinguir la alta de la baja cultura y someterlas a tratos idénticos. Desmerece discernir de igual manera un libro de, no sé, Javier Marías que la facha sajona de Follet; su homologación es imposible, y esta obviedad no sucumbe bajo ningún concepto. Se comprende, sí, que mi opinión apenas sobrepase el estatuto de nostálgico yantar. Pero existieron otros tiempos, maneras, modos. Sólo decir que todo presente tuvo su prehistoria.

 

Una respuesta a A Fondo, recordando las entrevistas de Soler Serrano

  1. Creo que las categorías alta y baja cultura, además de definir mal sus objetos, han hecho un flaco favor a la que en principio tendría que salir mejor parada, la “alta cultura”. Soy partidaria de buscar alternativas a estos conceptos, cosa que ya se ha hecho en varias ocasiones, aunque apenas se ha adoptado. En resumen, aquí tienes un tema (eterno) para otro artículo. A ver si te animas.

    Andrea
    24 mayo 2013 at 0:09 am

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