Entrevista a Julio César Jiménez

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Reducir la misión de la poesía a algo exclusivamente social es prostituirla.

 JCJimenez

Por Cristina Consuegra

 

Las categorías de Kant no funcionan en la noche (Celya, 2012), de Julio César Jiménez, VI Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Pamplona”, es un título cuya identidad tiene su origen en lo fronterizo y extraño, en un mirar hacia el acontecer a través del poema para representarlo y aprehenderlo. En esta geografía, el verso camina, con igual intensidad y recorrido, entre lo prosaico y poético logrando que la voz del autor perfore la realidad,  que la abra en canal, que la cuestione para distorsionarla; para hacerla desde el símbolo, desde la certeza propia –no adquirida o impuesta-. Desde el riesgo. Desde la experiencia de la vida.

 

Las categorías de Kant no funcionan en la noche es un poemario realmente singular, me atrevería a decir que único. ¿Cuál es ese primer destello del que surge todo? ¿Y cómo ha sido la creación del poemario?

Gracias por lo de único, que en mi opinión es un calificativo demasiado atrevido, aunque reconozco que su noción es lo que me mueve a la hora de escribir. Si el trabajo no va a cumplir unas mínimas expectativas de contenido, no me interesa continuarlo y, sinceramente, lo considero un esfuerzo superfluo, al menos en ese momento. Me preguntas por el primer destello. Te seré escrupulosamente franco. Mi texto surge de la imposibilidad de estar mejor en el mundo tal y como yo lo vivo, algo que no es nuevo en el mundo de la literatura, como bien sabes. Pero hay más. La incomodidad deriva en algo parecido a una enfermedad: la maravillosa obsesión, el estado febril que lo justifica todo, tanto el buen poema como el pésimo. Y el mío, mi peculiar padecimiento, mi triste pero acogedora perturbación, es sustituir con un texto alguna parte de mi vida: allí donde no llego con las manos.

 

En el proceso de producción, ¿hubo más silencio o ruido?

Al principio todo es ruido y nociones cruzadas, aproximadas a lo que luego irá revelándose y cuyo momento de transición es para mí el gran hallazgo. Junto a la egolatría de defender una parcela artística, lo entiendo como uno de los motores capitales del libro, de modo que con apenas una o dos nociones de esta naturaleza puedes construir buena parte del producto final. Mientras lo más visible para el lector es una serie de anécdotas poéticas con forma más o menos acertada, por debajo hay un tratamiento específico de la condición humana, que es lo que me interesa. Hablar por ejemplo de una pedrada que da en el blanco o entregar un rollo de papel higiénico cuando te piden hoja de reclamaciones es hablar de lo que uno es capaz de hacer porque sí, porque el sinsentido de ciertos aspectos de la personalidad entrañan una peculiar tiranía. Todo lo que me cuesta comprender o sencillamente resulta difícil de descomponer y luego restituir termina cobrando protagonismo en lo que escribo, algo que ha ocurrido también en mis anteriores trabajos, sobre todo en La sed adiestrada.

 

Tu forma de entender y ejercer la poesía se distancia de cualquier intento de aproximación o asociación a diversas corrientes de corte oficial. Dos preguntas: en ello, ¿hay más de responsabilidad para con la poesía (compromiso) o más de libertad? Y tal como está edificado el andamiaje poético en nuestro país, ¿esta actitud te puede limitar?

En este terreno escabroso mi único compromiso es el que trata de mantenerme independiente. Si algo he aprendido del roce con otros escritores y grupos varios cuyos fines son –por llamarlo de alguna manera— el de la promoción y la supervivencia histórica, es alejarme lo más posible, al menos actualmente. Cuando era más joven me sentí suficientemente embaucado aunque eso no entrara con exactitud en los fines de la hermandad de turno, y ahora no puedo estar más satisfecho asumiendo una soledad tal que prescinda de cualquier modalidad de deuda política, social o estética, de manera que esta postura actual sólo puede condenarme a mí mismo desde el momento en que yo soy el único capaz de representarme. A veces, como ya he expresado en otras ocasiones, ni siquiera eso. Me hablas de posibles limitaciones (de promoción, entiendo) dentro panorama poético de este país. Mi opinión es que si uno observa injusticias o barbaridades que se cometen con dinero público, hay que denunciarlo tal y como están haciendo con el Premio Alhambra de Poesía Americana, el de Burgos o el de Renfe, por poner algún ejemplo que se me ocurre ahora. Hacerlo o secundarlo lleva al ostracismo, ¿pero es que hay otro sentimiento más puro y estúpido, cándido y poco recomendable, dentro de una comunidad que busca el éxito inmediato y a toda costa? Aquí hay que plantearse qué deseas realmente como escritor, y con qué disfrutas. Lo mismo necesitas un poco de éxito para saber luego cómo despreciarlo.

 

Las categorías de Kant no funcionan en la noche busca otra forma de mirar la poesía, de relacionarnos con ella, como si fuera una suerte de grieta en el territorio actual. ¿Hay más de búsqueda o de hallazgo?

El hallazgo (es decir, una cierta satisfacción tras creer que se ha acabado un poema) llega tras muchas horas de búsqueda, que es lo mismo que decir que uno ha encontrado una vocación irrevocable. Yo sólo trato de mirar las cosas con cierta novedad, y luego retorcerlas un poco para ver qué pasa. En realidad, la curiosidad es el inicio de todo, que es también lo que de niños nos animó a leer. En cuanto al territorio actual, como tú lo llamas, sospecho que está en el límite del desgaste porque hay demasiadas miradas que con protocolos similares han sobado su misma realidad. Como reto personal, intento no hacer lo mismo aunque no lo consiga del todo. Y eso, puedo jurarlo, es una aventura muy emocionante.

 

Otro asunto llamativo es ese territorio impredecible, indescifrable, en el que se mueve el verso, entre lo narrativo y lo poético. ¿Cómo has trabajado esta materia?

Me gusta habitar ese terreno. Confieso estar cómodo ahí donde curiosamente puedo resbalar entre distintas concepciones estilísticas. Por ejemplo, siempre he sido un buen lector de cuentos, más que de poesía, y admiro muchísimo al autor que cuenta una historia y emociona a la vez. Así quiero ser de mayor.

 

Javier Lorenzo Candel, en su minucioso prólogo, destaca con énfasis esta característica peculiar: « (…) Es necesario decir que el verso de JCJ nos está proponiendo, de entrada, un compromiso con la nueva narrativa instalada en el poema. Así, la lectura del libro provoca, no sé si intencionadamente, una relación directa entre el lenguaje narrativo y la estructura poética (al contrario de lo que nos había acostumbrado la prosa poética imperante a finales del siglo pasado). Es, por tanto, una de los primeros descubrimientos propuestos, la necesidad de abrir los ojos al concepto narrativo instalados en un libro de poemas, cómplices de un lenguaje que, aun no siendo hijo de la lírica, sí nos propone un concepto que tiene más que ver con esta, y desde donde transitamos por personajes, situaciones, espacios que son puras referencias narrativas en su sentido más estricto». Aunque me equivoque estoy convencido de que sujetándose fielmente a concretos corsés estéticos, la literatura se convierte en entrenamiento, ejercicio. Deporte. Cuando existe una mínima posibilidad de perder belleza o no conseguir la denotación deseada y la tradición nos lanza sus reglas como desafío, sólo cabe hacer dos cosas: competir y convertirse en un maravilloso orfebre que hipoteca su tiempo en, qué se yo, una coda imposible, o fraguar reglas propias que se adapten mejor a tu voz. 

 

Los símbolos y referencias son constantes, ¿explicación o exhibición? ¿Construcción de una identidad?

Un poco de todo eso. La referencia permite orientarme dentro de mi propia realidad, si es que esta existe o se puede hablar de ella, y explica, a mi modo de ver, el fenómeno del extrañamiento. Tanto es así que lo que está presente en todo mi proceso de búsqueda poética es, con más o menos éxito, el contraste. Y aunque parezca extraño, mi identidad creativa junto a todos sus andamiajes mercenarios que la sostienen empieza cada día desde cero, con la página en blanco, ya que cada poema debe convencer sin la ayuda de sus anteriores. O al menos así lo entiendo yo. Hasta que no asumes el hecho de renovarte multitud de veces, no puedes tomarte en serio esta vocación. Y en eso estamos.

 

¿Y qué esperas del lector en relación con esta amalgama de símbolos?

No demasiado, la verdad. Ni en cuanto a la reacción ante estos ni ante cualquier otro aspecto del libro. Con este último trabajo he disfrutado mucho más que con otros y ha supuesto un gran hito personal, aunque parezca una apreciación irrelevante. En resumen: no me preocupa demasiado su recepción, y además eso le hace sentir a uno más independiente. Si gusta, genial, si no, pues genial también porque a lo sumo significa tanteo del gusto, nada vinculante en mi modesto juicio.

 

Hay mucha introspección, una caída al vacío desde la reflexión. ¿Qué te pidió Las categorías de Kant no funcionan en la noche en contraste con el resto de tu trayectoria?

Creo que casi todos mis trabajos albergan un notable elemento de reflexión aunque remitan a una verdad primitiva y animal. Diría incluso que mi anterior trabajo, La sed adiestrada, tiene aún más carga de este tipo, pero atrofiaba al lector al no verter en los poemas más ingredientes coloquiales de motivación y realismo que permiten la naturalización. En el contenido, mi deseo de aventura produce un conglomerado lo suficientemente heterogéneo como para alejarme con comedimiento de la especulación (aunque parezca que el título del libro indique otra cosa), y eso significa que me estoy acercando más a lo que simbolizo, con independencia del tópico tan extendido del poeta fingidor. 

 

¿Aspiras a sacudir/modificar el acontecer a golpe de verso?

No necesariamente con el verso. Mi lector no imagina cuánto tiene de insustituible lo que lee aunque la imaginación no haya dejado de ayudarme poderosamente para lograr verosimilitud y misterio a la vez. Cada vez que busco a Marinetti en el flamante coche de carreras me pregunto si alguna vez alguien le colocó dentro de uno de estos y luego le llevó al borde del colapso. Pero es que da igual. A nadie le interesa esto. Sólo el valor y las propiedades artísticas del poema.

 

Además de gozo, de cierto gusto por el misterio y el asombro, ¿cuál debe ser el papel de la poesía en un presente como el que estamos configurando?

Si te refieres a un papel de responsabilidad social, lo entiendo como extensión o consecuencia de otros más complejos (como esos dos que has mencionado) o directamente de la omnipotente fascinación por lo distinto, único y extraño. Me consta que sólo a partir de esta clase de miradas surgen posturas críticas, de ahí que grandes filósofos de la modernidad como Schopenhauer, Nietzsche o Schiller desearan ser escritores antes que otra cosa. Creo con firmeza que reducir la misión de la poesía a algo exclusivamente social es prostituirla, cosa que no quiere decir que no ostente tal característica. En ese sentido soy un shkloskyano convencido, a la manera de Dámaso Alonso, y presumo que la tarea esencial del arte es devolverle al receptor la imagen de las cosas que se han convertido en objetos habituales en nuestra conciencia cotidiana (pues nunca podemos conservar la frescura de nuestra percepción de dichos objetos desde el instante en que la existencia normal de ellas a lo largo del tiempo consigue que se conviertan en automatizadas), así que el arte es el modo de experimentar las propiedades artísticas de un objeto. El objeto en sí no tiene importancia, pero no negaré que el lector, en su personalísimo ejercicio de interpretación, pueda apreciar el compromiso del autor con la naturalización de su mundo a partir de la realidad. Es un asidero egoísta, sin duda, pero tampoco dramatizaría. 

 

En la actualidad, y dado el acontecer que nos ha tocado habitar, ¿se ha convertido la poesía en una suerte de militancia?

Lo de la militancia en cada época, generación, o movimiento literario lo determina el dominante o componente central de la obra, que determina y transforma a todos los demás y que se caracteriza por ser un concepto dinámico: las formas estéticas cambian y se desarrollan como resultado de un deslizamiento de aquél. Como más o menos decía Jacobson en su discurso patológico sobre el arte, la poesía de periodos concretos se rige por dicha noción derivada de un sistema no literario, es decir, político-social. Así que poco queda que objetar, en mi opinión. O directamente pasas de la mierda, o te montas sobre ella con sagacidad. Que cada uno haga lo que quiera. A mí me gusta escribir y tener unos cuantos buenos lectores, aunque no puedo engañarme: desde el momento en que leo clásicos modernos no puedo pretender ni exigir que me lean a mí.

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