Elogio de la escritura

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Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

gobierno-vasco-destina-200000-euros-a-la-creacion-cultural-universia-espana“Ya habrá tiempo para disquisiciones críticas, ahora lo que se trata es de cambiar el rumbo tomado desde las instituciones. De lo que se trata es de evitar la deriva, la deriva de la no cultura.” Éstas eran las últimas palabras que hace una poco más de una semana escribía como preludio, de tono indudablemente reivindicativo, a el Elogio de la lectura. Elogiar la lectura es elogiar a todo aquel que decide abandonarse al placer del disfrute cultural; es un elogio a quien pasa sus tardes en un museo, a quien disfruta del cine, a quien se emociona con una obra de teatro o quien sucumbe a la hipnotización de la música. Elogiar la lectura es elogiar al lector, a todo lector, pero también a todos los demás, cinéfilos, melómanos, amantes de la pintura o de la arquitectura. Elogiar al lector es también reivindicar ante las instituciones el derecho a rellenar nuestra vida con el disfrute, pues la cultura, entendida desde amplios parámetros, no es superflua: a través de la cultura nos conformamos como individuos y como sociedades, a través de la cultura nos interrogamos, rescatamos nuestro pasado y construimos nuestro futuro. Todo elogio de la lectura no tendría sentido sin un elogio de la escritura, es decir, sin un elogio a todos aquellos que crean, que imaginan, que poetizan. Elogiar la escritura es elogiar a aquellos que hacen posible la cultura, aquellos que dedican sus horas frente a lienzos blancos, frente a partituras o páginas en blanco; aquellos que trascurren sus noches en salas de montaje, en escenarios teatrales, ensayando el último movimiento de danza y repasando los nuevos diálogos del guión. Mi elogio de la escritura va dedicado a todos ellos, a todos aquellos que crean a pesar de los obstáculos impuestos por un gobierno que no cree en ellos.

 Elogio de la escritura

Escribir para sobrevivir, para reconstruir lo destruido, para dar significado a aquello que no lo tiene, escribir para hallarse y, al mismo tiempo, escribir para hallar al otro. Escribir es construir un espejo, en el cual reflejarse y reflejar al otro desconocido, un espejo donde la memoria colma los olvidos, donde el pasado se vuelve irrevocablemente presente y, al hacerse presente, se transforma; escribir es crear un espejo de palabras donde todo es diferente de como algún día fue.

¿Quién es el escritor? Es aquel, decía Canetti,  “que otorga particular importancia a las palabras; que se mueve entre ellas tan a gusto, o a caso más, que entre los seres humanos”: el escritor es aquel que intenta salvar lo que, si no fuera por la escritura, se perdería; el escritor es aquel que se salva, aquel que, en palabras de María Zambrano, “se escribe para reconquistar la derrota sufrida”; el escritor es Léolo, el joven protagonista de la película de Jean-Claude Lauzon, que se salva sólo en las palabras custodiadas en un viejo sótano. No se puede escribir sino desde la memoria, así como también desde el olvido, las palabras cancelan la distancia entre lo real y lo ficticio, borran el margen, pero, al mismo tiempo, lo deforman todo. Las palabras escritas sobre una hoja en blanco son víctimas de la imaginación que “explora posiciones desconocidas donde es posible que surja un sentido de experiencias desordenadas”;  el escritor reescribe desde la siempre deformante imaginación aquellas experiencias que, como dijo en una ocasión la ensayista argentina Beatriz Sarlo, se resisten “a rendirse ante la idea demasiado simple de que se las conoce porque se las ha soportado”.

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Se escribe a partir de la experiencia, para concederle un significado; se escribe desde el presente, el pasado desaparece en un eterno presente del texto, pues es precisamente en el texto donde el escritor y, posteriormente el lector, busca un sentido, una totalidad que nunca halla por completo. Escribir es objetivar, pero ningún objeto puede ser visto completamente, nada puede ser aprehendido en su totalidad y, aunque, decía Paul Ricoeur, “es preciso que la vida sea recopilada para que pueda colocarse bajo el enfoque de la verdadera vida”, nunca podrá “ser aprehendida como una totalidad”. Inaprensible la vida y la experiencia, como inaprensible es el propio escritor, que, buscándose en su yo textual, nunca podrá comprenderse completamente, el yo siempre será huidizo, siempre será el reflejo de un otro al que cada lector dará un rostro distinto.

¿Por qué escribirse? Escribirse para dar voz a las propias experiencias, componer la propia autobiografía para “conferir a las experiencias pretéritas una estructura acorde con el sentido profundo de la vida personal” y, a la vez, escribirise para hallar el sentido en la  “inevitable deformación”, pues a través deformación producto de la escritura, de la creación literaria, los datos, las experiencias, el presente así como el pasado, son iluminados por una nueva luz: una luz que, al tiempo que deforma, da sentido a la realidad de quien escribe, así como de quien lee. Escribirse es encontrarse consigo mismo y con el otro, pues escribirse es desear ser leído, comunicar aquello que no puede decirse, revelar lo irrevelable. ¿Escribir o escribirse? No pueden separarse, van irremediablemente juntos, al escribir el escritor se escribe, ¿verdad o ficción? No hay distinción, se vive para contar y se cuenta para vivir; se es uno y, al mismo tiempo, se es otro; el yo no es más que una figura donde quien escribe y quien lee se reconoce. Escribir o escribirse es responsabilizarse ante las palabras, las que uno escribe y las que los otros leen, como dice Canetti, “sólo  puede ser escritor  quien sienta responsabilidad”, ¿qué importa si se escribe una autobiografía o un simple relato? Se trata siempre y únicamente de palabras que el escritor “palpa e interroga”, palabras que, como dice Canetti, el escritor “acaricia, lija, pule y pinta”, se trata de las palabras que, tras ser retenidas, son liberadas para el lector.

Escribir. Lo único que importa es escribir para “salvarse en la mirada a su propia vida como historia con un sentido”, para salvarse como se salvó Léolo. Lo único que importa es escribir, acto que, como dijo el enigmático y fascinante Maurice Blanchot, empieza “con la mirada de Orfeo”, pues “la exigencia última de su movimiento no es que haya obra, sino que alguien se enfrente a ese punto, capte su esencia allí donde esa esencia aparece, donde es esencial y esencialmente apariencia”.

 

Elogio de la lectura

https://www.culturamas.es/blog/2013/08/13/elogio-de-la-lectura/

 

 

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Una respuesta a Elogio de la escritura

  1. Acabo de leer el artículo y me recuerda a este escritor bohemio como dice Manuel Santayana sobre sus escritos” Este nuevo Callejas que escribe en español es un escritor audaz, de garra y de profunda vocación, cuya pasión por la escritura impregna cada palabra, cada cláusula, cada apretada página. Un escritor que sufre un nuevo “mal del siglo” y, como aquel de Muset francés del siglo XIX, abraza una bohemia tan real como literaria. Un autor cuya labor creadora revela una no menos intensa y cultivada amargura que la del poeta. Aquí el vocablo “cultivada” puede leerse de dos maneras; porque este escritor cubano desterrado es hombre “de varia y voluptuosa lectura”, como dijera Lezama Lima de sí mismo, y porque en sus relatos el sedimento amargo de la experiencia (y de lo imaginado) está plasmado con la minucia amorosa de un jardinero que irriga puntualmente sus “flores del mal” .

    Jesús escribe por el placer de escribir. Un lector enloquecido por saberlo todo. De verdad que disfruta de la lectura y dice “que el arte lo ha salvado de lo feo que es el mundo. ” el escritor es aquel que intenta salvar lo que, si no fuera por la escritura, se perdería; el escritor es aquel que se salva, aquel que, en palabras de María Zambrano, “se escribe para reconquistar la derrota sufrida”; http://www.bookrix.com/books;user:jesusicallejas.html

    Qué bien hay muchos escritores piensan igual aunque los separen las distancia.

    Luz E Macias
    http://www.bookrix.com/-luzemacias/

    Luz E. Macias
    24 septiembre 2013 at 13:29 pm

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