‘Entre todos’, una joya de lo hueco

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Por Miguel Ángel Albújar Escuredo

Los tiempos de escasez y sufrimiento tamizan la alegría del tiempo pasado cubriendo el presente de velos cargados de pesimismo azabache. O lo que es lo mismo pero más franco y directo: los estados de privación nos impiden ver lo bueno del día a día. Parece ser ese el principio rector del nuevo espacio de Televisión Española (TVE1) titulado ‘Entre todos’: un programa que “retrata los valores de la sociedad española” y que cede su emisión para la promoción de buenas acciones entre ciudadanos. En un principio estamos ante una idea que pretende utilizar la razón de ente omniemisor de la televisión pública como plataforma privilegiada para la publicación y solución de conflictos privados. La presentadora Toñi Moreno, poseída por un sonrisa de careta, a lo largo de sus emisiones lo bautiza repetidamente de “maravilloso”, a la manera de plegaria audiovisual; adjetivo de carcasa hueca y promiscuidad contextual.

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El reciente espacio de la cadena pública, importa tener presente su carácter subvencionado y oficial, está dividido en varias temáticas; según la clase de ayuda que el necesitado-invitado pueda requerir: “Emprendedores” adquiere la dimensión de un portal de negocios. Se presta el intenso poder de penetración de la cadena para ofrecer un nicho por explotar y así reclutar inversores futuros. Uno de los caracteres de potencia persuasiva es el resquicio emocional que sobresale en todos los peticionarios, que exasperado de sobreuso acaba por cubrir el elemento de rentabilidad económica, fundamento presupuesto de toda iniciativa empresarial. Es decir, bajo la coartada de una idea de negocio que busca financiación, el espacio de TVE1 reivindica una apología sentimentaloide, legitimando la precariedad del que busca un préstamo a devolver mediante trabajo y rentabilidad como un activo financiero más. Asistimos al estreno de un imaginario del desempleado como ruina humana a la espera de su única salvación por iniciativa propia, paradójico cuando en realidad en muchos casos hace tiempo que fue el Estado irresponsable el que lo derribó con trolas consumistas y galimatías financieros indescifrables. En fin, un cuadro carente de la más mínima dignidad ética.

“Cadena de favores” es otro de los bloques que estructuran el programa, en este caso y como su nombre indica se pretende desencadenar una batería de situaciones en favor del prójimo. La combustión solidaria estalla mediante acciones llevadas a cabo por los reporteros del programa, consiguiendo así poner en movimiento un motor de sinergias socialmente positivas y exponenciales. Por un lado el que los propios trabajadores inciten a una operación de bien común, desde su interés profesional, teniendo el objetivo obvio de conseguir audiencia, ya remite a una cierta contaminación de la idea original. Por otro lado el hecho de que se permita sugerir que semejante acción mejora la sociedad en su conjunto delata una identidad de pensamiento tonto y de racionalidad estúpida, agresora a los espectadores de moral intolerante con coartadas ultracapitalistas. En una atmósfera de crisis generalizada y precarización de las clases más humildes, la sugerencia tácita de encontrar la solución en la acción individual y la transigencia ante la ausencia de iniciativa pública perpetúa una ideología neoliberal paralela a la que ha causado el desguace del estado del bienestar. Cabe plantearse, crítica y constructivamente, si una televisión pública con ínfulas de utilidad democrática puede puerilmente pretender inculcar a los ciudadanos una creencia falaz, desarrollando un montaje de simulación positiva que tiene más de autoayuda electoral que de cirugía higiénica.

 

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“Historias de ayuda” compone un tercer bloque del programa, espinazo y leitmotiv factual, así como rocoso foco de rechazo de toda la composición de emoción. Los principios defendidos por el diamantino positivismo de la presentadora Toñi Moreno chirrían en todos sus ejes y goznes, todo el tinglado se bambolea bajo la pesada realidad de una producción excavada hasta las heces en sentimentalismo en tanto factor de atracción soberano. No hay un intento de vehicular el papel de nexo comunicacional de la televisión en favor de una comprensión profunda de las desigualdades sociales; es ajeno al requisito de contextualizar e interpretar la abundancia de datos, en este caso y para no banalizar a los invitados es exigida una identificación continua como dignas víctimas que son de un acción de gobierno insensible y gansteril para con los débiles; renuncia a sus postulados anunciados en el mismo título del programa: ‘Entre todos’ no pretende revelar la identidad naturaleza de los males que sufren los ciudadanos individualmente y que deberían estar salvados por su condición misma de ciudadanos; tampoco pretende construir un discurso político, útil desde la cesión diaria a la sociedad civil de una plataforma de comunicación y debate; muy al contrario, a la manera “berlusconiana”, contamina las buenas ideas de solidaridad con una pátina de falsa camaradería que esconde intereses espurios: obtener audiencia maximizando el rendimiento empresarial, conseguir réditos profesionales para los creadores y promocionar un espacio que trafica con la desgracia ajena en favor de un bando ideológico estigmatizador. Culpable final este último del abandono en que se encuentran los invitados, forzados a desnudar frente a sus iguales las carencias de una dignidad abortada.

‘Entre todos’ es una secuencia cargada de sentido podrido, un enclave diario que muestra sin dobleces ni dobles tintas la absoluta paradoja de cómo no debe ser utilizada una televisión pública y democrática, tal que apología de la caridad individual legitimando la destrucción generalizada del contrato social entre ciudadanos; y al mismo tiempo escandaliza por la prostitución del padecimiento de los más necesitados para promoción flagrante de unos pocos, que por supuesto no son los ejecutores del programa, meros profesionales del espectáculo, sino sus diseñadores intelectuales anónimos.

 

 

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