Próxima estación: Pollafone Sol

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Por Miguel Abollado. Una tarde de estas calurosas de Junio, estaba yo en el metro, volviendo a mi casa desde Opera. Posiblemente me habría metido una caminata de esas que me meto yo y que suelen acabar en la plaza de Oriente, o en el templo de Debod, y al volver decidí coger el metro. No lo sé. Pues bien, ahí estaba yo, pensando en mis cosas, cuando al parar el tren en la estación de Sol me fijo, a través de las puertas abiertas del vagón, en uno de los carteles que anuncian el nombre de la estación, y leo lo siguiente: Pollafone Sol. No era el primer cartel que veía. Unos segundos antes, nada más entrar en la estación, me había fijado en los primeros carteles, que se sucedían rápidos al paso del tren, y ya había notado algo raro: habían cambiado el nombre de la estación para poner delante una propaganda de una compañía telefónica cuyo nombre me voy a negar a mentar durante todo este artículo, pero que ya os imaginaréis cuál es. Como hacía poco tiempo que habían cambiado el nombre de esta mítica estación -tan céntrica y popular que se podría decir que ocupa el espacio del corazón de Madrid- la gente aireaba, al igual que yo, su indignación absoluta. Así que al parar el tren y abrirse las puertas, nos fijamos bien y vimos que uno de los carteles de la infamia había sido “adaptado” convenientemente por algún indignado al que le parecería inadmisible dejarlo tal cual estaba. Y en lugar de coger un martillo pilón y arramplar con todos esos carteles, como yo imaginé que era mi deber hacer como buen madrileño, el susodicho indignado cogió una pegatina, y superpuso la palabra Pollafone perfectamente encuadrada en el cartel, con el mismo color y formato, dejando incluso a la vista el logotipo de la innombrable empresa de telefonía.

Mi primera reacción fue la de echarme a reír. Fueron pasando el resto de las estaciones, Sevilla, Banco de España… Retiro, y yo no dejaba de sonreír por la ocurrencia. La indignación apenas me había durado unos segundos. Pero volvería a aparecer después. Seguramente, pensé mientras enfilaba las escaleras de salida, duraría poco semejante afrenta al mobiliario urbano, y enseguida alguno de los operarios recibiría la orden de rehacer el cartel de forma inmediata. Lamenté no haber estado rápido con el móvil para hacerle una foto. Pero para eso está nuestro amigo virtual que todo lo sabe. Así que ya tengo esa foto. Y no es un fake, aunque lo parezca. Yo lo vi con mis propios ojos.

El sábado pasado había quedado con un colega para tomarme algo por el centro. Decidí ser prudente, dejar la moto aparcada, y coger en metro. Al entrar en la estación de Príncipe de Vergara, me llevé una sorpresa muy desagradable. La señora alcaldesa había extendido la infamia. Ahora, todos los carteles de la línea roja estaban infectados por ese nombre maldito. A medida que avanzaba por los pasillos mi cabreo iba en aumento. Al llegar a la estación, tal como me temía, los carteles que la anunciaban también estaban infectados, y lo peor de todo, al bajarme del tren en la estación de Sol, comprobé que no había ni rastro de aquel cartel que me había hecho tanta gracia unos meses antes.

Asi que desde aquí hago un llamamiento al indignado que tuvo la genial idea, a él y a todos los que quieran, a salir a la calle provistos de cinta aislante blanca y pintura azul, y nos dediquemos a recuperar el espíritu de Pollafone Sol aunque sólo sea por unos días. Por supuesto dejando el logotipo de la infamia a la vista. Lo que propondría después, es hacer lo mismo pero directamente tapando tanto el logotipo como el nombre de la compañía telefónica.

Mi ciudad, señora alcaldesa, no está en venta. Y si necesita dinero para aventuras olímpicas o para clases de inglés, recaude impuestos y gestiónelos como buen gobernante, pero no venda el corazón de nuestra ciudad al mejor postor porque esta ciudad no le pertenece a usted, nos pertenece a todos; a los que la han votado (perdón, quería decir los que han votado a su predecesor) y a los que no la hemos votado, ni la votaremos jamás. Ignoro para que ha sido destinado el dinero que nos proporciona vendernos como putas a una compañía teléfonica. Si fuera para obras sociales o de caridad, sólo le diría que mi opinión seguiría siendo la misma, pero no sé por qué me da en la nariz que ese dinero igual se ha utilizado para pagar los hoteles de cinco estrellas y los viajes de autoridades y demás acoplados a Buenos Aires en primera clase; o los fuegos artificiales del Retiro que no llegaron a estallar nunca; o los fastos organizados en la puerta de Alcalá para celebrar algo que no se había conseguido (y que por lo visto no se va a conseguir nunca, lamentablemente). Uno que es un malpensado.

Lo de vender la piel del oso antes de cazarlo, ya sabéis. Ahora que ya hemos vendido el “oso”, solo nos falta vender el madroño. Quizá el señor Adelson decida en un futuro pujar por él. Por lo visto aquí todo es cuestión de dinero.

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