“La sordera del escritor internauta”

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Por Iago Fernández

@IagoFernndz

Uno de los principales problemas de Internet para el desarrollo de la cultura literaria es que sus dinámicas empobrecen la calidad y la transmisión textual de manera exagerada. ¿Quién puede colgar un texto en Internet sin miedo a sobrecargar una frase, cometer solecismos o decir ingenuidades y darse cuenta demasiado tarde?

La transmisión de la escritura viene siendo un problema desde los tiempos de Platón, que nunca defendió el registro grafológico de la oralidad, y el desajuste de la forma textual con respecto al mensaje originario, uno de sus mayores dilemas. Pero aquí no se trata de filosofar sobre la imposibilidad de la escritura, sino de comentar esa falta de cuidados que fastidia un texto virtual y juega en detrimento de su potencial estético, algo que afecta, principalmente, a cualquier ciudadano que cuide la presencia del idioma. Me asusta, sobre todo, el empobrecimiento del “oído interno” de los escritores, su evidente incapacidad para dominar la sonoridad de las palabras y producir un texto más o menos fluido. Esto tampoco es peculiar de Internet, pero, a día de hoy, el coeficiente de nuestra sordera me parece tan preocupante como el horizonte de nuestra literatura y, sin duda, el contexto tecnológico tiene algo de culpa.

 Siempre ha ocurrido así, desde la revelación del fuego en una cueva del paleolítico: el desarrollo tecnológico implica nuevas dinámicas, públicas y privadas, en la vida cotidiana que trastocan los lazos intersubjetivos, es decir, la manera en que nos comunicamos y comprendemos para bien y para mal. Por supuesto, el papel que Internet ha jugado en este plano es archiconocido -messenger, instagram o facebook mediante-, pero quizá sus consecuencias últimas queden un poco desdibujadas por el frenesí del mismo torbellino. La cuestión es una obviedad: Internet alteró una vez más nuestro entendimiento del tiempo y la velocidad cotidianos, en relación a la inmediatez con que obtenemos cualquier material de archivo previamente digitalizado y, por tanto, en relación también a su circulación irrestricta. Esto implica, en primer lugar, una mutación en la naturaleza del propio material de archivo, que ya no será idiosincrásico, al contrario, perecedero y sustituible por cualquier otro de inmediata reproducibilidad. Del mismo modo entendemos ahora nuestras comunicaciones, bien a nivel interpersonal, vía mensajería instantánea, bien a nivel totalmente público, a través de un blog, una revista online o el twitter, salvo que al usuario le apetezca restringirlo. Dicho esto, si cualquier tipo de texto público emitido a través de Internet acaba siendo perecedero y sustituible, ¿para qué lo vamos a escribir correctamente? La propia dinámica de Internet, para el caso, la de nuestra vida cotidiana exige que nos pronunciemos rápida e inconscientemente, aunque no lo queramos, y encubre nuestros errores con el consuelo de la mediocridad ordinaria y la sustitución infinita del material de archivo.

Pero, francamente, me da igual. No me importa el uso del idioma fuera del ámbito literario, único lugar donde no es una naturaleza muerta y mal pintada. El quid de la cuestión es que, a día de hoy, el ámbito literario está totalmente afectado por y subsumido en Internet, con la consecuencia de que sus adeptos acaban cometiendo la herejía de lo banal y ya no reconocen la vibración de un idioma temperado. No obstante, quiero aclarar el ancho del problema: cito la imperfección musical y estilística por citar una evidencia elemental, pero pasa lo mismo si atendemos a cualquier otro aspecto estético. Es tan simple como que la lectura y la escritura piden una inversión de tiempo, cuidado, paciencia y constancia exagerada y el S. XXI la niega cotidianamente, favoreciendo la hipertrofia.

 Atrincheraos, escritores futuros; si podéis, volved al monasterio y cortad los cables.

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