Melancólica introducción al caos

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Por Alejandro Sotodosos

escribir-a-mano-foto-flickrPuedo escribir y no disimular, es la ventaja de irse haciendo viejo… es, sin lugar a dudas, una de mis frases favoritas de Fito Cabrales. Y no porque me esté haciendo viejo –cuento con solo veintiuna primaveras en mi espalda-, sino porque escribir, para mí, es no disimular.

Escribir es sentir, es vibrar, es soñar con los dedos. Es componer esa canción de teclas resonando en tu cabeza mientras vuelcas tu imaginación sobre un folio en blanco. Escribir es, sin duda, uno de los mayores placeres que existen. Es una sensación etérea, infinita, indescriptible. Es inmortalizar palabras y alcanzar la eternidad en la mente de tus lectores. Es perder el miedo a la muerte porque has dejado un legado.

Estoy seguro de que mi definición de la escritura la compartís muchos de los que ahora mismo estáis leyendo esto. Vosotros, como yo, habréis leído infinidad de libros y habréis decidido dar el salto al otro lado. Al lado de los escritores-lectores. Porque al igual que hay lectores que no son escritores, no existe un solo escritor que no sea lector. Y empedernido.

Ese fue mi caso. A mis diecisiete años, decidí que yo quería ser un escritor. Quería mostrarle al mundo que tenía talento, que tenía ilusión y que emplearía el tiempo que fuese necesario para conseguir aquello que me proponía.

Ahora, cuatro años y muchos éxitos y fracasos después, la moneda que lancé al aire ha caído de canto. Sí, avanza dando tumbos, buscando un equilibrio casi imposible, entre el mundo editorial y el mundo literario. Dos caras de una misma moneda. Dos partes de un mismo concepto que busca la tangencia entre ambos círculos.

Así que, desde mis errores más que desde mis aciertos, te invito a acompañarme en esta sección, donde trataremos, entre todos, de entender un poco mejor este mundo. Tan aparentemente sencillo como sentarse frente a un folio en blanco, pero tan complicado como para llegar a comprender cómo el creador, el autor –incluso el genio- tan solo recibe una décima parte de su trabajo. Quizá una quinta parte, si te has consagrado o has encontrado un editor romántico que tenga ganas de cambiar un mundo encorsetado en porcentajes, exclusividades y sutilezas engañosas.

Nunca dejéis de soñar. 

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