Teatro y cine en Roman Polanski: dulce infierno de realidad + ficción

Por Horacio Otheguy Riveira

Creaciones basadas en dos obras teatrales: “Un dios salvaje”, de Yasmina Reza, y “La Venus de las pieles”, de David Ives.

 

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De izquierda a derecha: Kate Winslet, Jodie Foster, John C. Reilly, Christoph Waltz.

El cine fluye, sencillamente porque se antepone a las palabras, las posee, idolatra y reduce al mínimo, como si las humillara, para volverles a dar el punto justo. Una relación de amor exacerbado, muy sexual, a ratos fraternal: las tres situaciones en la peculiar relación de un director muy sereno, cuyos actores le aprecian enormemente porque no les agobia pidiéndoles imposibles. Se trae la película hecha de casa y les pide lo justo, además de elegirles en una selección muy estudiada: cada uno calza como un guante en su personaje.

Un dios salvaje (2011) aporta un prólogo y un epílogo que no están en la pieza teatral, y que resultan fundamentales para redondear una película muy fiel al texto original, pero en la que se habla menos que en escena: ahí está la cámara, la vitalidad de los gestos de los formidables actores, los pequeños detalles de encuadre… para que se expandan la falsa cortesía de dos parejas padres-madres y la violencia que contienen irremediablemente espontánea, deseosa de expresar resentimientos al margen del asunto que les lleva a realizar “la visita”.

Y lo que los trae aquí es la pelea de unos chavales en el colegio, el golpe de uno sobre otro, y los padres de la víctima vienen a pedir recompensa moral… o la que surja. Y lo que surge son diatribas, rencores, humillaciones… Y entre estas emociones se desbarata la responsabilidad de padres subsumidos en sus egos, finalmente bien resuelta por los propios muchachos en un epílogo que no existe en la obra, pero que le sirve a RP para hablar del fondo de la cuestión: mientras sus padres se hacen el harakiri emocional a tumba abierta, representando varias comedias socialmente más o menos aceptadas, generalmente insatisfechos con sus vidas y sus relaciones, los chicos encuentran una alternativa mucho más natural, más sana, más resultona…

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Pasan los años y en 2013, tras conocer la obra de David Ives estrenada en Broadway, se entusiasma en este ejercicio de teatro-cine fascinante, hoy aplaudido mundialmente: La Venus à la Fourrure. La obra original está inspirada en la novela de Leopold von Sacher Masoch, La Venus de las pieles, padre sacrosanto del masoquismo masculino ante una diosa que tortura con el colmo de satisfacciones, mezcla de madre tortuosa y hembra húmeda y ardiente como ninguna otra, con lúbrica capacidad de desprecio… que el macho agradece.

Lo más atractivo de la función es que transcurre en un improvisado ensayo por parte de un director desesperado ante la dificultad de encontrar a la actriz idónea para esa obra. Se le impone a última hora una que ejercerá perfectamente el papel sádico y ante la cual el maestro-director se hallará maravillosa y dolorosamente perplejo. También aquí Polanski abre y cierra con un prólogo y un epílogo que la obra original no reclama, pero que da la medida exacta de la atmósfera fantasmagórica en la que todo es posible.

Los actores son: Mathieu Amalric —con gran parecido físico a Polanski—, y Emmanuelle Seigner, la propia esposa de Polanski, mucho más joven que él. Es el director que experimenta con un posible alter ego, que disfruta ante la fantasía de ver a su mujer como catalizadora de deseos y fantasías… y que sobre todo compone un encantador recorrido teatral y cinematográfico por la compleja maquinaria del amor, el deseo, el placer y el sufrimiento.

El enlace no puede ser más efectivo. Unión de sumisión, dominio mental antes que físico, relación posesiva junto a la necesidad de independencia. Un juego psicológico sutil e inquietante en el que constantemente se van desvelando presagios y fascinaciones, amores imposibles y lo posible elevado a la potencia del mayor delirio.

Se prepara una obra, la ficción y la realidad se enfrentan y diluyen porque en realidad hay un solo ser humano conformado por la mujer y el hombre, procurando una simbiosis por la cual poder ser dioses que descalabran las humanas limitaciones.

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De izquierda a derecha: Roman Polanski, Emmanuelle Seigner y Mathieu Amalric.

Un material con buena carga de sorpresas que no voy a desvelar. Entre ambas películas, un creador excepcional. Y en todo caso el genial realizador —eventual actor de teatro en tiempos lejanos (fue muy comentada su interpretación de Gregorio Samsa en París, versión libre de La Metamorfosis, de Franz Kafka)— fusiona el arte teatral —con su extraordinaria combinación de trascendencia y diversión encerrados en un espacio limitado— con el cinematográfico, creando un lenguaje personal de una sencillez y profundidad emocionante.

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