Las dos caras de enero (2014), de Hossein Amini

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Por Jordi Campeny.

las dos caras de eneroSiempre es de agradecer que surjan nuevos talentos. Siempre y cuando, claro está, vayan acompañados de nuevas ideas, de nuevas formas de entender el cine o el arte; que aporten algo que no existiera con anterioridad. Talentos jóvenes con ilusión y un punto de descaro que se forjen una nueva voz. Con reminiscencias de otras, vale, pero ligeramente nueva. Y –por pedir, que no quede–, que esta voz que amanece deslumbre al respetable. Joachim Trier, Rodrigo Sorogoyen, Paco León, Andrew Haigh, Guillaume Galienne, Jan Ole Gerster o Fernando Franco son sólo algunos nombres de directores que se encuentran en los albores de sus carreras pero que poseen un lenguaje propio –o, al menos, lo están buscando–. Aúnan talento, espontaneidad, convicción y riesgo. Hay ya algo de brillante en sus trabajos. Y este toque diferencial lo aporta, sin lugar a dudas, su especificidad, su distinción de los demás. Su propia voz –siempre, obviamente, forjada con ecos de otras lejanas que les precedieron–.

No es el caso del debutante Hossein Amini, quien presenta su ópera prima, Las dos caras de enero; un convencional thriller que entretiene mientras lo ves y que olvidas en el mismo momento de abandonar la sala de proyección. Los elementos son, a priori, atrayentes. El trío protagonista es de altura: Viggo Mortensen, Kirsten Dunst y Oscar Isaac –a quien vimos en la última película de los hermanos Coen, la estupenda A propósito de Llewyn Davis–; su director fue el guionista de la extraordinaria –y ya película de culto– Drive y la película está basada en una novela de Patricia Highsmith, autora, entre otras, de El talento de Mr. Ripley. Las perspectivas con estos avales son, por lo tanto, altas, y el resultado final, decepcionante.

El film, ambientado en los años 60, cuenta la historia de un matrimonio americano que se encuentra de vacaciones en Atenas. Allí conocen a un guía turístico estadounidense que habla griego, situación que aprovecha para timar a turistas. El joven, atraído por la belleza de la mujer y por la sofisticación del hombre, acepta una invitación para cenar con ellos.

Éste es el punto de partida de un thriller criminal con ecos de cine ya visto, una y mil veces –hay quien lo llama con aroma de cine de antes, cada cual a lo suyo–. La peripecia viene presentada por su director con solvencia pero sin brillo, con aplicación pero sin garra, con precisión pero sin alma. Entretiene siempre, pero nunca deslumbra. La presencia de su trío protagonista y la corrección de su guión, sumados a la belleza de sus localizaciones –Atenas y la isla de Creta– mantienen al espectador atento y siguiendo la trama con cierto interés. Existen algunos puntos en su desarrollo muy improbables –por no tacharlos, directamente, de bochornosamente inverosímiles– pero tampoco decides darles mucha importancia; el divertimento no lo merece.

Uno se queda con la razonable duda de si el director pretendía ofrecer un thriller más, solvente y entretenido, o si por el contrario quiso aportar un toque de distinción a su propuesta: una película de corte clásico pero con identidad propia y por encima de la media. En el primero de los casos, cumple con su cometido. En el segundo, innegociablemente, no. Las dos caras de enero es el resultado del trabajo de un alumno aplicado. Sin más. Una película hecha con escuadra y cartabón.

 

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