Danzar las ruinas del humanismo

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Por Eloy V. Palazón

El (cuerpo) humano como centro del universo y de la coreografía. Un viaje en el tiempo y en el espacio. Una nueva parada de ese tren (compañía) que es La Veronal y que esta vez  nos abandona a nuestra suerte en Siena, una de las primeras ciudades en asumir el humanismo florentino.

Un ir y venir, proyecciones en el futuro y en el pasado, disoluciones e individuaciones. Siena  es una obra compleja, llena de preguntas que dejan en un estado de desasosiego al espectador. No es reconfortante, sin lugar a dudas (y por suerte para el espectador). Es brillante en su ejecución y en su ideación. La dramaturgia de Pablo Gisbert junto con  El conde de Torrefiel, su propio proyecto artístico, está patente en la coreografía de Marcos Morau y La Veronal. Conversaciones con voces en off, preguntas sin respuesta, teléfonos que no se contestan (al igual que ocurría en Nippon-Koku) …

De telón de fondo, la Venus de Urbino de Tiziano, a través de la cual vemos a  la de Gorgione, descubrimos a Boticelli o a Bellini, incluso la Olympia de Manet nos viene a la cabeza, en este juego de saltos temporales. Revela necesidades e impulsos. En ese cruce de miradas sentimos de qué manera el desnudo de una mujer “sigue siendo hipnótico” y tenemos la certeza de que “el mundo gira alrededor de las necesidades masculinas”. La viva y despierta Venus, orgullosa de su desnudez, con su mirada incita y excita al morboso espectador, mientras que detrás no hay más que muerte. Algo que inquieta a la mujer que observa el Tiziano desde el principio.

Siena

Toda la obra gira en torno al cuerpo, pero la centralidad del cuerpo se evidencia con la mirada. La mirada masculina, sobre todo, única en esa sala pero a la vez múltiple. Múltiple pues ya sólo podemos ver el desnudo femenino desde la mirada dominante, la del hombre, puesto que está pintado por y para esa mirada. Los movimientos se suceden y en ocasiones el único sonido que se escucha es el de los propios cuerpos (como en el océano, cuyo único sonido audible es el del movimiento del agua): el cuerpo como protagonista, vivo, muerto, desnudo, vestido, articulado, masificado, disuelto, herido, resucitado…

Los movimientos robóticos de los primeros pas à deux van suavizándose hasta la completa fusión entre los dos miembros del paso, así como el signo de Cristo, que simboliza su doble naturaleza, la divina y humana, y la santísima trinidad, en un parpadeo se transforma en un saludo militar, igual que las voces del Duce, Mussolini, y Berlusconi se entrelazan hasta la plena fusión y confusión… El individuo del Humanismo queda disuelto en la masa de la posmodernidad.

Siena es un agujero negro que atrapa al espectador. Siena es una ciudad de la que somos espectadores, no productores. Siena habla de nuestro pasado y de nosotros como herencia y decadencia.

Siena

Director: Marcos Morau

Compañía La Veronal

Lugar: Teatro Bretón, Logroño

Fecha: 29 de noviembre

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