La calumnia

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Por Rosanna Moreda.

la calumnia

William Wyler, 1961.

El dúo Hepburn/MacLaine en esta película que entra de cajón en la categoría de “obligadas”, es memorable. Ver cómo ambas, aunque principalmente la segunda, se dejan la piel en sus respectivos personajes, es por otra parte conmovedor. Pero conmueve más aún la trama, sentir cómo ésta va creciendo y tomando la forma de todo drama cuando es llevado con brillantez y una muy poderosa crítica a la hipocresía de una sociedad burguesa occidental a principios de los años 60, perfectamente extrapolable a nuestros temibles años actuales.

Otro gran atino de la historia es que Wyler introduce un elemento que no es para nada frecuente en el cine, se trata de la atracción lesbiana, más allá del manido morbo erótico que tanto éxito parece tener en una amplia camada del público masculino. Wyler se ubica a años luz de esta tentación y se concentra básicamente en que esa punzante crítica se focalice en la repulsión que el prolijo colectivo “family land” de antes y ahora, de acá y acullá, parece sentir por las parejas de lesbianas. Doblemente si éstas son maestras. Quizás esa carencia de ingredientes lesbo-eróticos en la película sea el motivo por el que no haya tenido la repercusión mediática esperada, lo cual convierte al director en un ídolo. Porque en esta historia no hay ni un beso, ni toqueteo alguno. Eso sí, hay abrazos. El intenso y prolongado abrazo de Martha (MacLaine) y Karen (Hepburn) es, no obstante, de todo menos erótico.

Lo que se pone en juego en esta obra maestra es una de las realidades que más duelen: la soledad que nos invade cuando decidimos ser lo que queremos ser. Pero Wyler nuevamente se atreve a ir más lejos, maneja las riendas del tema de la guerra entre el poder y la vulnerabilidad humanas a la perfección, sabe muy bien cómo hacerlo. Va más allá haciendo que Martha sea una pieza clave en el macro proceso del ser-robot que la sociedad reclama para cada uno de los seres vivientes: el autocastigo, la autocensura a su condición de lesbiana. He aquí la encrucijada: una alumna maliciosa del internado femenino donde las mencionadas mujeres son maestras decide “inventar” que ambas son pareja y que practican sexo en el colegio.

De modo que sin comerlo ni beberlo, desde una calma sobrellevada que permite al menos poner el careto esperado y hacer el papel, la mentira funciona como el elemento discordante, la turba caótica, el disparador de una verdad que Martha nunca se había permitido enfrentar. Una verdad, por otro lado, muy insolente, muy afín a la mentira, un espejo, casi un igual. Solo en las buenas representaciones de la realidad vemos fundirse a la una junto a la otra y La calumnia es una de estas representaciones.

Aquello que enterramos es lo que deseamos, y lo otro ¿qué es? Puro abismo interior. El tipo de abismo interior que pasa factura cuando obliga a Martha a cometer suicidio. Ya va siendo hora de crear otra palabra para el crimen que implica que un caprichoso juicio social (cocinado a fuego lento de milenio en milenio, de cultura en cultura) sobre algo tan intocable como la preferencia sexual de una persona lleve a la misma a fugarse de este gran anatema al que nos referimos con tiento como “mundo”.

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