El azar en conserva de Marcel Duchamp

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Por Carlos Toribio.

Marcel Duchamp, una partida entre mí y yo

Título original en francés: Marcel Duchamp, un petit jeu entre moi et je

Escrito y dibujado por François Olislaeger

Editorial Turner

2015

duchamp (1)Con Marcel Duchamp. Una partida entre mí y yo, nos topamos con un libro-partida, un libro-objeto, un ready-made del siglo XXI sobre el gran artista iconoclasta del siglo XX, que en su momento formalizó una nueva manera de crear, una manera de hacer mental y conceptual. François Olislaeger y la Editorial Turner se juntan para recorrer un viaje en forma de historieta gráfica sobre la vida del artista francés, recreándose en anécdotas, obsesiones, lugares, un ir y venir de personajes y sobre todo en sus obras creadas a lo largo de su vida. Su propia wunderkammer de piezas artísticas.

Realmente lo sorprendente no es entrar en la vida de Marcel Duchamp, sino en el formato utilizado, un curioso despegable de páginas de seis metros de longitud, un auténtico collage de ilustraciones de Olislaeger, invitando al lector a que sea él con sus elecciones y sus acciones quien vaya marcando el ritmo de la lectura. El libro tuvo su punto de partida con motivo de la gran retrospectiva que se dedicó a Duchamp el año 2014 en el Pompidou de París.

El artista de Blainville-Crevon fue el que realizó el gran cambio en el arte, un cambio totalmente necesario, dejando atrás a Cézanne o Picasso, ya que Duchamp les avanzaría conceptualmente creando a lo largo de su vida, una ruptura y una aportación constante que dejaría nuevas vías abiertas para las posteriores generaciones. Se convertiría en un artista revolucionario, por su actitud de espíritu que proponía, como sus ready-made que transformó en objetos artísticos por su decisión intelectual de convertirlos en Arte.

Todos estos elementos nos llevan a la obra editada por Turner, un viaje a la vida del artista, tanto personal como artísticamente: “Hay cosas soporíferas, como los estudios y el servicio militar”. Así es Marcel, el artista que sugirió utilizar un Rembrandt como una tabla de planchar. En sus inicios, ya se ve una clara orientación hacia personas que tendrán un gran peso a lo largo de sus vidas (eso sí, como aclara más adelante, todos irán falleciendo menos él), Picabia, el dandi adinerado que rompería con Duchamp y abriría otra vía menos hermética del anti-arte y editor de la revista 391; Apollinaire, Brancusi o Roussel.

Llegamos, después de diferentes pliegues, con Olislaeger creando una narración visual de gran contenido, al Desnudo bajando una escalera, nº2, un desnudo en movimiento que los cubistas rechazaron con vehemencia, ya que la figura humana se asemejaba a una máquina. Duchamp quiso vincularlo con Marey o Muybridge, que realizaban experiencias cronofotográficas. Aquí nos trasladamos a Nueva York, epicentro de artistas que huyen de la Gran Guerra (Duchamp al respecto: “No voy a Nueva York: dejo París”), para saltar a la Armory Show, gran acontecimiento, que presentaría un desnudo diferente, bajando las escaleras, no en un burdel, ni recostadas, que en su momento tanto utilizaron los pintores orientalistas (Matisse en 1907 aún utilizaría esta temática).

Pasaban los años, los elementos cotidianos se irán colocando dentro de la iconografía del francés y el azar, concepto que tanto utilizaran los artistas de performance, será un elemento clave de su forma de crear. Con los ready-made, aspiraba a una pintura mecánica en la que se olvidará por completo el gesto de la mano, así una de las páginas centrales, con un transatlántico ocupando la doble página, recordando al Titánic, trata de manera genial el elemento del ready-made: Escurridor de botellas o Rueda de bicicleta

Se prosigue con escenas, obras, lugares y personajes, para llegar a La Fontaine, uno de los emblemas de la ambigüedad, con un marcado carácter provocador (un urinario como obra de arte), pero firmado como “R.Mutt”, seudónimo de un fabricante de sanitarios. La obra fue rechazada e impugnada en el Salón de los Independientes. A partir de este momento cualquier cosa la podríamos discutir como obra de arte. Esta pieza se ha convertido en uno de los iconos del arte moderno, teniendo un carácter provocador y de negación, negando la artisticidad de la obra.

img818Duchamp que pasará ocho años en tierras estadounidenses, viajará a Buenos Aires (adquirirá gran devoción por el ajedrez, “he llegado a la conclusión de que no todos los artistas son ajedrecistas, pero todos los ajedrecistas son artistas”), volviendo posteriormente a París, ciudad que sigue igual tras la Gran Guerra y realiza L.H.O.O.Q. creando un gesto que fuera tan estético como un cuadro, y en Nueva York entablará gran relación con Man Ray, momento de El Gran Vidrio que François Olislaeger tan acertado ilustra en las páginas de Marcel Duchamp. Una partida entre mí y yo, además de su cambio de identidad: Rrose Sélavy, Eros es la vida.

La vida iba pasando, Duchamp se convertía en estrella del mundo del arte, él mismo se realizaría una estrella en la cabeza, que posteriormente veremos en Carlos Pazos, y se colocaría en la cúspide del siglo XX, con permiso de Picasso. Marcel también tendría relación con España, ya que sus últimos momentos los disfrutaría en el pequeño pueblo gerundense de Cadaqués, al lado del Cap de Creus, vila casi inaccesible que hizo suya Dalí.

Turner ha sabido sacar en el momento justo, momento de ver la figura Duchamp de nuevo en su máxima ebullición, un libro casi de coleccionista, para leer con calma, reposo, degustar las ilustraciones de Olislaeger cada segundo, e ir releyendo de vez en cuando, después de escoger una ubicación principal para colocarlo. Duchamp siempre será Duchamp, y él será la estrella del arte. “La mejor obra de Duchamp fue su manera de vivir”.

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