Breves pinceladas de un pintor amable: La Sagrada Familia del pajarito, de Bartolomé Esteban Murillo

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Por Sofía Gómez Robisco

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Bartolomé Esteban Murillo vivió entre 1618 y 1682, y es el mayor representante de la nueva pintura que nace en la segunda mitad del siglo XVII dentro de la Escuela Sevillana, prestando una mayor atención a los sentidos. Es de gran consideración saber que ya en vida se le tuvo gran estima y aprecio. Se introdujo muy pronto en el mundo del arte, al entrar en el taller de Juan del Castillo. Aún en su primera etapa no era muy conocido, realizando obras religiosas para la venta ambulante y algún que otro encargo aislado para templos sevillanos. En 1645 contrae matrimonio, siendo también el momento en que comienza su segunda etapa, al recibir un importante encargo, a partir del cual se le encargarán continuas obras para iglesias y conventos sevillanos. A lo largo de todo este tiempo Murillo va configurando su propio estilo, en el que se aprecia una notable evolución, pudiendo distinguir en su primera etapa un sentido más narrativo, con un gusto por contrastes lumínicos y naturalistas, con una pincelada más prieta y un marcado tenebrismo; por contra, en su segunda etapa, se aprecian unas composiciones más suaves con cierta influencia rafaelesca, unas pinceladas más sueltas, con una armonía cromática y una gran delicadeza. En 1658 realiza un viaje a Madrid, donde puede ver las obras de las colecciones reales. Y en 1660 participa en la inauguración de una Academia de Pintura en Sevilla, de la que sería director durante un tiempo. En 1665 ingresa en la Hermandad de la Santa Caridad, para la que realizaría numerosas obras. En su obra puede distinguirse una última etapa, de “estilo vaporoso”, en la que se aprecian reminiscencias de la pintura veneciana en las arquitecturas de los fondos, así como una mayor atención por lo popular y lo anecdótico.

 

La Sagrada Familia del pajarito es una obra de óleo sobre lienzo que Murillo realizó hacia 1650, perteneciendo por tanto a una obra de su juventud. Esto queda remarcado por la presencia aún de un naturalismo tenebrista e importantes contrastes luminosos. No obstante también anuncia algunos aspectos que desarrollará con mayor interés posteriormente, como la gracia delicada, la dulzura, la familiaridad, la ternura, etc. Es notable que las preocupaciones técnicas parecen haberse quedado en un segundo plano, prestando una mayor atención a la figura del Niño.

 

En este cuadro se nos muestra una desdramatización de la iconografía sagrada, por medio de un tratamiento narrativo amable y mostrando unos tipos populares y realistas que mezcla con algunos aspectos idealizados. Y todo ello desarrollado y dispuesto en un contexto cotidiano, tratándose de una escena doméstica de la infancia de Jesús.

 

A la izquierda aparece la Virgen, devanando la lana, y a su lado la cesta de la labor. En el centro se ve al Niño, con un aspecto juguetón, sosteniendo en su mano un pajarillo, que parece estar mostrando al perro blanco que le mira atento. Al lado del Niño y sosteniéndole está San José, al que se muestra como un padre dedicado y protector; y tras él se puede ver el banco de carpintero que nos da seña de su labor. En relación con la figura de San José hay que destacar su disposición en el centro compositivo frente a obras anteriores en las que se le sitúa más bien en un segundo plano, esto se debe a la importancia y devoción que el Santo iría adquiriendo a partir del siglo XVI en el contexto de la Contrarreforma, como ejemplo de valores representativos como la generosidad, la discreción o la abnegación.

 

Aun con marcados claroscuros (de influencia italiana) se nos muestra un ambiente doméstico con gran ternura, humildad y afecto, que bien pueden mostrar la vida doméstica y popular sevillana del momento. De hecho, hay quien afirma que en este cuadro se insinúa y se muestra al Murillo hombre, padre de numerosos hijos, hogareño, tierno y familiar; es decir, que es una obra acorde al carácter del propio pintor.

 

Bien se puede decir que esta obra resulta un canto al trabajo y la vida familiar. Aunque Murillo no deja pasar la oportunidad de demostrar su gran pericia técnica, como vemos en la simulación del movimiento de la rueca.

 

 

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