Orfeo cabalga de nuevo por los infiernos

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Por Pedro Pujante.

CiudadFantasmaA veces todas las partes no forman un todo, todos los ingredientes no producen la  misma receta, y quizá esto no sea una novela del oeste, o quizá sí.

El arquitecto de esta Ciudad fantasma, Robert Coover (Iowa, 1932) es profesor de escritura electrónica y experimental, lo que ya nos da una pista de qué tipo de literatura puede emanar de su teclado. Pero no nos adelantemos, porque los que todavía no hayan leído nada de Coover seguro que no son capaces de hacerse una mínima idea.

El argumento de la novela es el de un hombre –o un alma en pena– que llega a una ciudad –o es la ciudad fantasma la que llega a él–, perdida en el desierto, conoce a sus habitantes –que tienen toda la pinta de ser seres de otro mundo– y comienzan a sucederle extraños sucesos: espejismos, salvajes actitudes de los lugareños. Hasta ahí, más o menos, sería el resumen, intencionadamente simplificado, de esta desopilante y exótica novela.

Coover es capaz de construir una historia de fantasmas al más puro estilo western americano, con vaqueros, pieles rojas, bailarinas de salón, tipos duros de gatillo fácil, broncas salvajes, robos de caballos, asalto al tren, sexo soez, sheriff con problemas de autoridad; con apariciones fantasmales, calaveras, sucesos paranormales, tipos mutilados, identidades confusas, ciudades que aparecen, se desplazan y desaparecen por arte de magia, oníricas vivencias que trasmutan la realidad en algo que se le asemeja.

Bien es cierto, que en ocasiones el lector no sabrá si todo es un mal sueño dentro de una pesadilla, si el protagonista es un difunto en descenso a su infierno del profundo oeste o si la realidad ha sido distorsionada, volviéndose un universo caótico, bufonesco y destartalado, en el que todo es posible, y nada tiene sentido.

En esta novela, que funciona como un espejo dislocado que reverbera fantasías y fantasmas, el humor y la ironía, la capacidad de autoparodiarse y lo procaz, conviven con la tensión de una trama imprevisible, con atisbos de genialidad, y momentos en los que un lenguaje vivo y fluido cobra visos de hipnótica belleza.

Coover domina todos los recursos narrativos. Sabe cuándo imprimir velocidad a los acontecimientos, y cuando estancarse en una escena, para que podamos aprehender la angustia, la soledad y lo absurdo de las situaciones que nos propone.

El protagonista pasará de vagabundo a sheriff, de sheriff a preso, de preso a ladrón de trenes. En todo caso el protagonista es un ser sin memoria ni identidad que se tambalea en un mundo extraño, de pesadilla y festivo en el que las estrellas esconden siempre un destino.  Hay mucha algarabía en estas páginas, pero en el salón de este pueblo espectral la fiesta acaba en orgía macabra, como si Tim Burton y Tarantino celebrasen el fin del mundo en un pueblo robert-cooverhabitado por difuntos alegres, con muchas calaveras, sangre y sesos derramados. Whisky y descontrol, mujeres sicalíptica, yeguas infernales, música de piano y voces que provienen del más allá.

No estoy seguro de que el autor haya tenido en cuenta obras como Pedro Páramo, pero sin duda, hay en esta Ciudad fantasma, algún eco mágico de Comala, pero también soplan ventiscas de la cruda Yoknapatawpha faulkneriana.

Esta novela es una gozada para los sentidos, viaje a un infierno muy bien dibujado, en el que nada es lo que parece, o quizá sí, y en la que a cada página se puede esperar la muerte de un inocente, la aparición de un fantasma o el despertar a otra nueva realidad.

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