De precios y náufragos

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Por Daniel Bernal Suárez. @danielbersua

Línea de naufragio. Agustín Díaz-Pacheco. Izana Editores. 126 pp. 12 €.

9788494271243Un poema de Álvaro García comienza afirmando que “Tesoro de un naufragio es el naufragio mismo”, acaso porque un fragmento de barco varado no es solo herida o incrustación en el mar, encalladura en el espacio, sino también tiempo detenido, cristalización del instante y, como todo presente oscuro, momento propicio al advenimiento de la memoria. De ahí que el poeta, en el texto mentado, prosiga con esta reflexión: “La luz le duele un poco / al fragmento de barco que vuelve con poleas y derramando olvido”. Así, pues, y bajo esta perspectiva, ¿a qué línea de naufragio se refiere este conjunto de relatos de Agustín Díaz Pacheco? La expresión misma, línea de naufragio, aparece en dos textos concretos: en Bedieza, el cuento liminar, y en Furia nocturna. En ambos casos, sin embargo, adquiere connotaciones disímiles y complementarias: frontera que marca el límite topográfico de la arribada inconclusa, vale decir, ansia y denuedos malogrados, pero también límite de contradictorias situaciones, de orbes reverberantes y opuestos que cohabitan el latir humano.

Por los catorce relatos incorporados a Línea de naufragio transitan la frustración, la violencia y la crueldad, el despojo y el ultraje. Pero frente a ellos se alzan, aquí y allá, sujetos dotados de una inquebrantable voluntad de supervivencia o de no entrega. Sujetos que, tras reconsiderar con lucidez la pérdida, son capaces de traer, desde ese ingreso en la sombra, los pecios de una vitalidad que es, en definitiva, afán de resistencia. A través de estas resistencias, lo que Agustín Díaz Pacheco traza es un mapa de posibles microutopías literarias en un doble sentido: intratextualmente, porque esos personajes a los que aludo se exponen y sucumben solo de modo externo: la pesadumbre aniquila, pero la lucidez gana en experiencia, aunque esa lucidez comporte desazón y escepticismo. Extratextualmente, porque, ya sea elaborando cuentos más realistas o más próximos a la incorporación de lo fantástico, la materia ficcional alcanza en no pocos momentos la altura de un clásico: y es ahí, en la central idea de la ficción como alternativa reflexiva, donde se fragua la posibilidad de emancipar la conciencia de los estólidos condicionantes históricos que nos subsumen en el error, en la prédica, en la servidumbre. En efecto, crítica, pero crítica mediante el potencial imaginativo y el distanciamiento estético. Así es como pululan por estas páginas el imperialismo colonial y la esclavitud, la guerra y sus horrores y absurdos, el ostracismo al que se somete la inteligencia, las dobleces morales y la hipocresía, las punciones de la soledad, la exacerbación del materialismo mercantilista. Y frente a los espacios de una realidad alienante, el autor propone los fugaces destellos de la imaginación, los espacios ideados: de ahí, también, el potencial crítico de la ficción y la elaboración de las microutopías literarias de las que hablábamos.

Quisiera centrarme ahora en un par de narraciones. La primera, Bedieza, nos relata la historia de una isla que navega por los mares con entidad de ser vivo. En un primer instante pudiera uno recordar el planeta que prefigura Stanislaw Lem en Solaris. El multiforme planeta del escritor polaco nos enfrenta a la otredad radical y a la imposibilidad de comunicación; en el cuento de Díaz Pacheco subyacen otras consideraciones: sobre la inextricable e inexpugnable isla orbitan especulaciones variopintas que nos revelan más los afanes y las hondas contradicciones del ser humano que su verdadera significación. Planeta e isla convergen en la actitud distante e inteligente y poco más. Espacio de la imaginación que es espejeo del corazón de los navegantes que no la alcanzan. Bedieza es símbolo, pero también interrogación o enigma sobre un fondo de paisajes cambiantes. Por otra parte, en cada una de los cuentos late una pregunta soterrada, abierta, una incertidumbre inacabable.

En Furia nocturna, el relato se reduce cronológicamente al tiempo en que un boxeador, anclado al suelo, procura superar el golpe último de la derrota. Sin embargo, este tiempo congelado se multiplica por medio de la utilización continua de la analepsis, para evocar el pasado del personaje, su ascenso paulatino desde la miseria, y las prolepsis con función hipotética o conjetural. El manejo del ritmo, del tempo narrativo, sostiene toda la ficción. Y esto se evidencia, con mayor acuidad si cabe, en un conjunto de relatos brevísimos (como en La luz y la sangre), donde el regusto moroso por la palabra alcanza altas cotas. Por momentos, la prosa de Agustín Díaz Pacheco se aproxima al poema gracias al dominio de ciertos mecanismos que la transmutan, más allá de ficción relatada, en ritmo y música, armonía verbal. Pero armonía móvil, dialéctica por la tensión de los vocablos. A ello contribuyen las peculiares enumeraciones, los paralelismos y las reiteraciones, la curiosa adjetivación, los quiebros rítmicos que apresuran o alargan los períodos. Y es que quizás nuestro autor convenga con aquel aserto que propusiera Joseph Conrad en el prólogo a su novela El negro del Narciso: «Toda obra que aspira, por humildemente que sea, a elevarse a la altura del arte debe justificar su existencia en cada línea». Asimismo, recordemos cómo el profesor Baquero Goyanes exploraba esta vecindad de tono entre cuento y poema en su sucinta monografía ¿Qué es el cuento?

Hacia el final del poema citado al principio, Galeones, Álvaro García escribe: «El tiempo se despieza y es algo más que piezas. / No es ajuar en vitrinas y es temblor. / Es vida oscura o luminosa». El tiempo se despieza y es algo más que piezas. El pensamiento se bifurca y, en cada una de las habitaciones en las que se adentra, revela un celaje parcial y, también, una porción del infinito. A su vez, en el relato El museo de los espejos dormidos, un señor de mirada clara y pelo albo (fórmula que se repetirá en numerosas ocasiones a la manera de los epítetos homéricos) se desplaza a lo largo de un museo de espejos. Los ve, pero esa mirada solo funciona como activador de su conciencia, del pensamiento y la memoria. Debido a ello se desarrolla el texto como matriz de una narración estereoscópica: no se dirige hacia una única dirección, con un desplazamiento que nos daría una sola imagen del entorno, sino esparcida de modo que nos brinda tridimensionalidad y profundidad de campo. Los espejos, objetos de reflexión, configuran un pequeño laberinto simbólico. Pues un pensamiento se prolonga en otros, como espejos enfrentados. Semejante a la experiencia del lector en cada una de las piezas de Línea de naufragio, que sería un doble de este museo de espejos, que no es ajuar en vitrinas, pero sí temblor, oscuro y luminoso a un tiempo.

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