Borrar como parte del proceso creativo

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El llamado síndrome de la página en blanco, según César Aira, fue superado con el procesador electrónico de textos, donde la materialidad del escrito es suplantada por una virtualidad, con lo cual se deriva fácilmente en el horror vacui. La computadora permitió por primera vez que el texto volviera sobre sus pasos; el problema, como se intuye, no es la falta de información sino el exceso.

Cuando no existía el procesador de textos, y ni siquiera el papel como lo conocemos hoy, el borrador era la primera materialidad del escrito; se escribía en hojas de árbol con un stylus (punzón metálico de punta aguda) o en tablillas de madera o cera (como Las tablillas de boj: Apronenia Avitia de Pascal Quignard), de las cuales se borraba lo escrito cuando se quería escribir de nuevo.

En la Antigüedad, y hasta poco antes de la imprenta, dada la escasez de soportes textuales, escribir implicaba una economía de recursos, y tal vez se escribía mucho mejor porque se era más cuidadoso con las palabras y más respetuoso con el material, que remite directamente a la naturaleza. Sabemos que hoy no es así. Incluso pareciera que todos los usuarios de Facebook o Twitter quisieran ser escritores, y “publican” lo primero que se les viene a la cabeza. Una cosa es la “democratización” de los medios y la información, y otra muy distinta es la congestión informativa. Es más, tal vez la acción más recurrente en nuestra época sea la escritura en tanto hiperproducción discursiva, lo cual también es un tipo de contaminación, de tráfago gárrulo, que no siempre tiene que ver con la comunicación y el conocimiento.

El siglo XX, además de dos guerras mundiales y dictaduras por doquier, nos entregó una suma importante de procedimientos escriturales y artísticos que son fundamentales a la hora de emancipar el arte del statu quo de lo representativo. Entre los procedimientos más interesantes —justamente por su negatividad— destaca la erasure poetry. Por definición, es una forma más específica de lo que se llamó genéricamente found poetry o found art, muy emparentado con los adelantados gestos de Marcel Duchamp, quizás el artista más disruptivo de la modernidad, sobre todo cuando dejó de producir obra.

La erasure poetry consiste en tomar un texto y borrar palabras selectivamente; es decir, en vez de escribir un texto nuevo, hacemos aparecer el texto que aguarda al fondo del original. Esto, por supuesto, desplaza el sentido en otra dirección; funciona como una superposición de planos. El procedimiento, entre otras cosas, es interesante porque cuestiona la noción de autor en ambas direcciones: tanto para el autor del texto borrado como para quien borra, pues no escribe, sino que encuentra un texto allí donde leyó, donde leyó otra cosa. Parece novedoso, pero no lo es tanto. Pensemos en los textos antiguos y los clásicos griegos. Casi todo nos llegó fragmentariamente, cuando no en una superposición a la que llamamos palimpsesto. El acto mismo de leer es fragmentario.

La Epopeya de Gilgamesh existe en forma de fragmentos de un texto que podemos completar mentalmente; los poemas de Safo son lo que se pudo rescatar de los poemas de Safo más la mano de quienes establecieron esos poemas escritos en materiales bastante erosionados por el tiempo, principal borrador de todo. El tiempo es nuestro borrador, la hoja donde todos imprimimos las marcas de nuestro stylus.

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Uno de los resultados más deslumbrantes elaborados con este procedimiento es RADI OS (1977), de Ronald Johnson, poeta norteamericano que borró el clásico Paradise Lost de John Milton, demostrando que ese texto aún tenía muchas cosas por decir. Otro ejemplo contemporáneo es lo que hizo Robert Rauschenberg con Erased de Kooning Drawing. Más cerca tenemos a la poeta experimental Jenni B. Baker, que está borrando el libro Infinite Jest del autor de culto David Foster Wallace y que además dirige la revista The Found Poetry Review. Son todas formas de apropiación, concepto sumamente utilizado por el poeta Kenneth Goldsmith, quien hace cosa de 2 años invitó a “imprimir el Internet”.

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Para concluir, la idea es sugerir el gesto de borrar como una edición de la realidad, incluso como una edición del yo; de esas ansias que cada uno tiene por enunciarse, por decirse, por comentarse. En vez de colaborar con la vorágine del post, sería interesante reflexionar sobre ciertas prácticas de comunicación, incluso sobre textos muertos o de primer orden, como una Constitución o un Código Civil. Se puede convertir a un robot del discurso como un presidente de la República en un poeta, se puede convertir a una mala escritora en una activista de género, etc. Las palabras están allí. Por supuesto, es una invitación a la ecología discursiva, al desdén por lo inmediato y a tomar cierta distancia de nuestra época, que tanto nos embelesa. Una invitación a reflexionar sobre las prácticas virtuales, que por lo general, aunque parezca lo contrario, es una práctica pasiva.

 

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