“La necesidad del náufrago” con Carmen Valverde: una firme promesa

Por Horacio Otheguy Riveira

19591_987827774579015_1401987321123541756_nCarmen Valverde promete mucho. Promete bien, con rigor profesional, encanto de sensibilidad escénica, y con la seguridad de quien pisa las tablas con la certeza de que no está dispuesta a dejarse avasallar por la incertidumbre. Será por eso que las sugerentes situaciones vividas en este espectáculo provisto de breves escenas adquieren en sus manos un valor inesperado. Todo gira en torno a la vida cotidiana que se vive o que se cuenta o que ni se vive ni se cuenta, se fantasea. Y en todos los casos es el perfil femenino el más interesante; las mujeres que dan en la diana o que se repliegan en sus secretos u obsesiones, cualquiera de las muchas que Carmen Valverde encarna en una hora veinte minutos.

Cada una de sus apariciones enriquece la de sus compañeros, nunca los anula ni encandila, pero es en el dominio de su voz y de las cuerdas finísimas que hace sonar con sus movimientos corporales, por muy sutiles que sean, lo que fortalece un texto que evita las conclusiones; un texto muy bien elaborado, hecho de sugerencias, suspiros y advertencias, de comedia revestida de drama, y de melodrama abocado a la ironía. La brevedad de las secuencias facilita el singular recorrido por las emociones de gente corriente y diferente a la vez, con firme voluntad de conformar su propia personalidad en esa búsqueda del amor en el cotidiano naufragio de sueños y esperanzas.

 

 

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Ríen de todo y de sí mismos, y a ratos padecen de nostalgia con su punto de excitación inesperada.

Tres buenos actores que se parecen mucho físicamente, una actriz de excepcional talento, 12 sillas, 16 escenas, 40 personajes. A punto están de cumplir dos años de representaciones en las que todo se ajusta, se retoca, se mejora, confrontando con cada función los silencios, aplausos y reflexiones de los espectadores.

El autor-director Pablo Canosales lo tiene claro, y en su punto de partida ya se dibujan las intenciones y los logros de esta sucesión de situaciones dramáticas a muy buen ritmo, con la imprescindible lentitud o rapidez que cada escena requiere:

Cuatro actores dan vida a más de cuarenta personajes que se mezclan a lo largo de la obra, difuminando así los límites para que sea el espectador  quien termine de encajar las piezas de este puzzle. Con apenas cambios de vestuario y doce sillas en escena, estos personajes/actores no necesitan más para mirar con firmeza y seguridad al espectador para que también él, desde su butaca, pueda gritar lo que necesita realmente en su vida.

Las historias se suceden con facilidad, sin altibajos. Los personajes se dibujan levemente para entrar y salir también fácilmente del espacio escénico bien ejecutado con sillas, letreros y atrezo que se selecciona a la vista del público. Entre muchos momentos inolvidables, unos pocos para abrir boca: un encuentro inesperado viene rodado para que dos desconocidos pasen la noche juntos. Como si tal cosa, ella se despide por la mañana, pero él, tímido, tierno, reprime su ansiedad, le habla de las ventajas de mantener relaciones sexuales por la mañana, lo revitalizante que resulta, mientras la muchacha se prepara para irse…

Todos reunidos en un ágape, y de pronto la única chica detiene la acción y se lanza en un monólogo tan inquietante como sensualmente delicioso describiendo las escenas de alta excitación sexual que realiza con cada uno de los chicos, ¿que realiza o que realizaría?

En la playa, tres tíos desnudos con balones que cubren las partes sacrosantas que cuelgan entre sus piernas: son hombres enteros, son niños también, y lo que en ese lugar de veraneo sucede son dimes y diretes donde el humor prevalece, mientras Carmen Valverde, la actriz, no ya personaje, permanece detrás del decorado, mirando y colaborando, asintiendo y rechazando, sin apenas expresión, como una serena espectadora ante las veleidades masculinas.

 

 

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En la playa es otra cosa, y con el culo al aire las fantasías puede que crezcan a su aire… Un ejercicio playero donde los actores parecen pícaros trillizos en busca de aventuras.

 

Una función ágil, encantadora y profunda tras su aparente sencillez. Y lo dicho: reparto eficaz con una Carmen Valverde que destaca lo suficiente como para confiar en que tendrá una carrera minada de felices sorpresas, forjada al calor de grandes personajes.

 

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Dirección y Dramaturgia: Pablo Canosales

Ayudante de Dirección: Silvia Acosta

Reparto: Diego Cabarcos, Víctor Nacarino, Javier Prieto y Carmen Valverde

Escenografía y Vestuario: Tania Tajadura

Ayudante de Escenografía: Laura Costero

Supervisión Coreográfica: Juando Martínez

Iluminación: Antonio Cabrera

Música y Sonido: Eusebio López

Producción y Distribución: SieTeatro Producciones.

Teatro Alfil. Desde el 18 de septiembre. Domingos 20,30 horas.

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