La India cabe en un tren

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Por Alberto Piernas Medina

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Cuando sientes que has abandonado el tumulto de gente que inunda la estación de Agra  subes a un tren en donde los aromas y colores de un país quedaron atrapados formando uno propio, más concentrado. Hay una mezcla de azufre, curry e incienso bañada por los gritos de quienes vienen y van por  el vagón de Sleeper Class, una de las seis gamas de trenes que surcan la India. Fue también al entrar cuando, en uno de los compartimentos, creí ver a un hombre que regresaba del reino de Kafiristán. [1].

En el asiento de enfrente nos esperaban un padre y su hijo, cuya curiosa enfermedad le incitaba a cazar mariposas invisibles, las mismas que brotaban de la misteriosa Arisha mientras guiaba a un pueblo hacia el mar Índico [2]. Junto a ellos habían dos chicos que le preguntaron a mi amiga el teléfono nada más sentarse y un turista que garabateaba dibujos en un cuaderno. Una vez el tren arrancó, mi mirada se perdió en el otro lado de la ventana. El color gris de la estación fue dando paso a un galería alternativa de muchos cuadros: una mujer vestida con un sari rosa que transportaba un cántaro, un anciano sentado en la posición del loto junto a la vía o un hombre detenido en la puerta de una choza de palma mirando la vida pasar.

v-sAl llegar a una parada el tren se convirtió en un bazar sobre ruedas: hechiceras que leían la mano, comerciantes cargados con ollas de té chai que ofrecían a 5 rupias en vasitos de plástico, canastos de plátanos y mangos asomando entre los asientos y hasta un hombre que tocaba el sitar. Un hechicero me agarró de la mano y yo la aparté. Cualquiera puede ejercer la magia y alcanzar sus objetivos si sabe pensar, esperar y ayunar [3] , me dijo. Poco después, los comerciantes perezosos se agolparon colando las bandejas de samosas (pastelitos de verdura) entre los barrotes. Cogimos una y la pagamos. También pedimos té chai.

Nuestro estómago, aún poco acostumbrado a los nuevos sabores de la India, nos empujó a una nueva aventura: ir al baño del tren. Un mar de chapa sucia con un agujero por donde colar los restos a la vía se extendía antes nosotros. Difícil misión. Al regresar, el tren se detuvo en mitad de la nada y vi a un hombre recogiendo la basura de la vía con total parsimonia. Le habían prometido un sueldo por esto.

Un río nos regaló cinco segundos de magia cerca de Bombay, donde las mesetas se transformaron en trópico y el calor nos llevó a utilizar los billetes como abanicos. Horas después los colores amarillos y verdes de las palmeras se reflectaron en el interior del vagón, donde un comerciante seguía empujando un carrito con miniaturas del Taj Mahal, pasta de dientes y postales de Ramayana [4]  hasta los confines del mundo.

el-dios-de-las-pequec3b1as-cosasEn algún momento, el tren se detuvo. Ya era de noche y la luz de los farolillos parpadeó en el interior del vagón hasta apagarse. La oscuridad se llenó de quejidos de hombres y sonidos nocturnos procedentes de una selva interrumpida, donde Mowgli y Bagheera [5] debían dormir. Desde una de las salidas de emergencia me fumé un bidi, un cigarrillo hecho con hojas de tendu y que poco después me enteré que solo los niños podían fabricar gracias a sus dedos minúsculos. . .  En nuestro asiento, el padre cuyo hijo se cansó de cazar mariposas lanzó los envases de plástico por la ventana a un andén en el que ya no quedaban hombres recogiendo basura. Siguen haciendo falta algunas lecciones.

Tomé medio valium para sucumbir a un sueño profundo y me tumbé en la más baja de las literas, a fin de hacer a mi amiga más inalcanzable. Al otro lado de la ventana podía verse un rascacielos a lo lejos. Desconocía que hubieran rascacielos en mitad de un lugar tan diferente al resto del mundo. El aire se colaba por la ventana y traía aroma a frutas y a lumbre.

Sería medianoche cuando escuché unos cascabeles. En el vagón sólo se oían los ronquidos y el traqueteo del tren. La luz no había vuelto. Se escucharon unos pasos decididos golpeando el suelo, mientras el sonido de los cascabeles se volvía aún más fuerte, hipnótico. Finalmente, apareció una vaca con el cuerpo decorado con guirnaldas de colores y tatuajes budistas. Lucía diáfana y tranquila, como un dios que vela por sus mortales en mitad de la noche. Al alcanzar mi compartimento la vaca a la que todo un país veneraba se mantuvo quieta, mirando a ambos lados; sin moverse.

Yo conseguí cerrar los ojos, aun cuando nunca hubiera imaginado hacerlo en el país de los estímulos. Aquel que, sobre ruedas, surcaba una selva desconocida hacia el sur, hacia el ficticio pueblo de Malgudi [6] y las marismas de Kerala en las que Arundhati Roy contaría una historia ambientada entre selvas con ojos de cocotero, en un lago junto al que la noche apoyaba los codos [7 ] .

 

  1. Kafiristán es el nombre del reino ficticio que tratan de conquistar los dos ex-oficiales británicos protagonistas de El hombre que pudo reinar, relato de Rudyard Kipling publicado en 1888.
  2. Arisha es el personaje de una de las tres historias que componen Los versos satánicos, libro publicado en 1988 y por el que su autor, Salman Rushdie, es aún perseguido por la fetua que el imán Jomeini proclamó en 1989.
  3. Esta cita pertenece al libro Siddhartha, de Herman Hesse, publicado en 1922 y concebido como uno de los primeros acercamientos de la India a la literatura occidental.
  4. La epopeya hindú Ramayana es uno de los mayores referentes literarios de la India. Escrito por Vālmīki, la primera mención al mismo fue encontrada en el siglo III a.C. y narra la odisea del príncipe Rama por rescatar a la princesa Sita, secuestrada por el demonio Ravana de la isla de Lanka.
  5. Mowgli y Bagheera son los dos queridos personajes que protagonizan El libro de las tierras vírgenes de Rudyard Kipling, publicado en 1894 y mas conocido como el famoso El libro de la selva que Disney adaptaría a la gran pantalla en 1967 y 2016.
  6. Malgudi es el nombre de un pueblo ficticio ubicado cerca de Madrás, al sur de la India, en el que el autor R.K. Narayan ha ambientado obras como Swami y sus amigos (1935) o El cuarto oscuro (1938).
  7. Kerala, el estado más tropical de la India, se sitúa al sur del país y es el escenario de la única novela de Arundhati Roy, El dios de las pequeñas cosas. Publicado en 1997, esta historia que abarca las tres generaciones de una familia sirio cristiana en la India ganó el premio literario Booker, el más prestigioso de Reino Unido. Es el libro favorito de este autor.
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