Razones para leer Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy: ¿Una antinovela o la mejor novela?

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Por Jesica Lenga

Cuento.4

Para convencer a alguien de leer Vida y opiniones de Tristram Shandy, de Laurence Sterne no habría que empezar por los datos biográficos del autor. Seguramente una novela escrita por un párroco del siglo XVIII no se corresponde exactamente con tu idea de diversión y sin embargo, Tristram Shandy es, sin lugar a dudas una de las novelas más graciosas que jamás se haya escrito.

Intentar explicar a un potencial lector de qué se trata Tristram Shandy o tan siquiera qué es Tristram Shandy es una tarea bastante complicada, lo primero que se me viene a la cabeza cada vez que intento definir a este extraño libro son dos imágenes: una granada (de las explosivas, no las coloradas, con muchas semillitas) y un kiosco repleto de golosinas, abandonado por su dueño; el desafío de este artículo es descifrar porqué estas dos metáforas se corresponden tan bien con el libro de Sterne.

Llevar a Tristram Shandy en el bolsillo es como portar un paquete de explosivos, una a una esta novela, provocativa, perturbadora, explosiona todas las expectativas que el lector promedio podría tener al empezar a leerla. Ya desde el título Sterne promete a su público algo que nunca cumplirá, si nos guiamos por las estrictas palabras del mismo, podríamos pensar que nos encontraremos con una más de las tantas novelas biográficas o de aprendizaje que llevaban el nombre de su protagonista como título (Desde Robinson Crusoe hasta Madame Bovary), tan comunes durante los siglos XVIII y XIX y sin embargo, hacia el final de este relato Tristram aún no ha terminado de nacer. Sterne, un gran simulador y un genio de la sátira, construye a Shandy como un narrador inexperto que intenta brindarle a sus lectores una versión absolutamente fiel y completa de su biografía (tan completa que comienza incluso desde el momento de su concepción dándole lugar a unas páginas absolutamente irreverentes, inimaginables para la literatura de su tiempo), pero se dispersa y se evade ocupándose de nimiedades o relatando anécdotas disconexas. El libro incluye episodios tan disparatados como un ensayo sobre las narices, un capítulo dedicado a los bigotes, una presunta “Shandypedia”, o una lista sobre todos los capítulos que Tristram hubiese querido escribir, pero no escribió.

Es esta estructura basada en las digresiones e interrupciones la que hace que muchos expertos califiquen a la obra maestra de Sterne como una antinovela. Sterne hace estallar a la forma novela en mil pedazos, o al menos, a lo que concebimos como tal. Tengamos en cuenta, que hacia 1760, cuando Tristram Shandy vio la luz, la novela era aún un género en formación y sus pautas formales aún no estaban establecidas. Esto le brindó a Sterne la posibilidad de escribir y relatar a su antojo, con una absoluta libertad: “No me atendré ni a las reglas de Horacio ni a las de ningún otro hombre que jamás pueda existir”- declara el autor en la novela, dentro de una de las tantas intervenciones que realiza. De hecho, estas intromisiones autorales son otra de las tantas “explosiones” que Tristram Shandy lleva a cabo, Sterne destruye el pacto ficcional y se inmiscuye en el texto para reflexionar acerca de los temas más diversos: desde la definición de la novela, hasta la función de la literatura en sí misma o el rol de la mismísima reina de Inglaterra.

La irreverencia de Sterne no se limita a quebrar las normas genéricas, además se burla de todos los grandes autores de su tiempo y parodia los discursos científicos más reconocidos. Así, la novela se convierte en un collage de materiales provenientes de autores diversos. Destruyendo también nuestra idea de “propiedad intelectual”, Shandy se relaciona con la tradición plagiándola y hace desfilar por su texto a Rabelaís, Cervantes, Montaigne y hasta Locke. Shandy une todos estos “retazos” sin ninguna otra lógica más que sus ganas de incluirlos dándole así a su texto una apariencia caótica, que sin embargo no es tal.

Pero a Sterne, este pastor que fue cuestionado en su época por llevar una vida disoluta y por dar sermones más que extravagantes, con todo esto no le bastó y para terminar de dinamitarlo todo arrasó también con las normas de ortografía y puntuación.

Si te comprás la novela y te encontrás con algunas hojas en blanco, ¡otras en negro!, con que de repente el libro se saltea un par de páginas o que algunos capítulos comienzan con renglones y más renglones de asteriscos ¡no te preocupes!, no es que tu edición vino fallada, es sólo el loco de Sterne haciendo de las suyas, queriendo que vos completes los blancos que él dejó. Así es como Tristram Shandy también hace estallar la concepción tradicional del lector pasivo, que solo lee linealmente y pasa de página. Esta novela apela a  que te conviertas en un lector activo, que además de interpretar los silencios del narrador, seguirlo en sus desvíos y digresiones, seas su cómplice y te rías de sus bromas. No vayas a creer que Sterne solo se comunicará con vos para hacer “reflexiones profundas”, también lo hará para pedirte que lo acompañes: “lector,  no huya, […] y, mientras caminamos, ría conmigo, o ríase de mí, o, para abreviar, haga lo que sea –pero no pierda los estribos”, para ofrecerte un soborno a cambio de que no lo abandones: “Llegado este momento, señor, tenga a bien tomar mi gorro -tome el cascabel que cuelga de él, y también mis pantuflas. Ahora, señor, están todos a su entera disposición y se los regalo a condición de que me conceda toda su atención en este capítulo”, para

_______________ cerrarte la puerta___________________

así con una línea, cuando se cansa de escribir, o para avisarte que las sillas que dejó dispuestas no son para que te sientes vos, sino para los críticos, que son gente bastante quisquillosa. A este punto, no es necesario aclarar que la lectura de Tristram Shandy es una experiencia fuera de lo común.

Nos falta explicar la segunda de las imágenes: ¿en qué puede parecerse leer un libro a encontrarse con un kiosco lleno de golosinas, abandonado por su dueño? Fácil: desde el momento mismo de su aparición y hasta nuestros días, plagiar a Tristram Shandy ha sido una de las tentaciones más irresistibles para cualquier escritor. No habían pasado meses desde su publicación y Sterne ya contaba con cientos de imitadores, dentro y fuera de Inglaterra, que inventaban nuevas aventuras para su héroe, que imitaban sus recursos, su modo de narrar, su particular forma de mezclar materiales o su magnífico uso de la parodia, algunos de ellos alcanzando notables resultados, como el genial autor alemán Jean Paul. La influencia de Sterne no se limitó a su siglo y se percibe claramente en la obra de Hoffmann, de Thomas Mann o Joyce. Las vanguardias parecen mucho menos vanguardistas después de haber leído Tristram Shandy.

Si todos esto no fue suficiente para persuadirte de leer esta desopilante novela, sabé que haciéndolo estás uniéndote a un club de selectos lectores: ninguno de los grandes autores que conocemos se perdió este libro: Borges, Schopenhauer, Calvino, Unamuno, Pirandello, Cortázar, todos se confesaron fanáticos de Tristram Shandy. Nada mal para la historia de un sujeto, cuya única aventura fue nacer.

 

 

 

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