Soy leyenda, de Richard Matheson

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Por Gorka Rojo.

“Los vampiros pertenecían a otra época, como los idilios de Summers o los melodramas de Stoker. Eran apenas unas líneas en la Enciclopedia Británica o quizás material para escritores para escritores o películas de mediana calidad. Una débil leyenda que se había transmitido de siglo en siglo. Bueno, pues ahora era cierto.”

¿Cuántas maneras hay de poner en marcha el apocalipsis? Muchas. Pero, ¿cuál fue la primera? Soy Leyenda no sólo marca un antes y un después en lo que se refiere a la figura del vampiro, sino que, además, su influencia ha sido crucial en el desarrollo del concepto del monstruo en la literatura.

Stephen King decía que en la narrativa de Matheson “el horror podía esperarte en un comercio al lado de casa, a la vuelta de la esquina”, y eso le marcó profundamente en su posterior obra. Quizá la segunda característica de la literatura del americano nazca de la idea recurrente en su cabeza de “un individuo en un mundo atenazante, tratando de sobrevivir”. Y esas dos premisas las tenemos en Soy Leyenda.

1976,  Los Ángeles. Desde hace tres años, Robert Neville es el último hombre vivo sobre la faz Tierra. Un evento nuclear que provocó alteraciones climáticas levantando tormentas de polvo y cambios de temperatura ha provocado la mutación de una bacteria que convierte a los hombres en vampiros, literalmente. Neville se dedica por el día a buscar y eliminar a los vampiros durmientes. Éstos, por su parte, asedian la casa de Neville noche tras noche tratando de eliminar al enemigo que les queda. Durante tres años, asistimos a la lucha de Neville por sobrevivir no sólo a los vampiros, sino a la desintegración de su cordura mental.

Matheson toma todos los estereotipos conocidos hasta el momento e intenta racionalizarlos, aunque evitando dar su versión y ofrecer una respuesta lógica sobre ellos. No obstante, la premisa sobre la que se construye la novela es mucho más profunda que las de las góticas novelas de vampiros convencionales: si los vampiros sienten aversión al ajo, no se reflejan en el espejo o a morir bajo la estaca es porque así lo quisieron ciertas creencias atávicas. Incluso el miedo a la cruz deriva de una imposición católica. Pero cuando Neville empieza a combatir a los vampiros exponiéndolos a los rayos del sol algo cambia en Soy leyenda: se activa algún determinado mecanismo y entonces, y sólo entonces, la novela abraza ya un cientificismo civilizado. Y aunque no consigue dar con una cura, sí elabora una teoría sobre la epidemia. Y el vampiro se moderniza.

Pero el terror que inunda y acompaña toda la lectura no proviene sólo del exterior, de ese mundo donde los humanos han sido sustituidos por vampiros. No, el enemigo más peligroso se esconde también en la propia mente del protagonista. Noche tras noche, encerrado en su casa mientras escucha los alaridos de los vampiros, se baña en alcohol para poder aislarse de manera adiabática del exterior y huir de  la tentación del suicidio que junto a la “culpa del superviviente” le amartillan con firmeza día tras día, noche tras noche. Y aquí Matheson demuestra su destreza en el terror psicológico cuando nos muestra un horizonte de esperanza para, al cabo de unas páginas, destruirlo por completo. Matheson nos muestra la manera en que  la vida apartado de cualquier tipo de sociedad humana extrae lo peor de del ser humano. De manera progresiva, la privación de contacto con otros congéneres, va menguando el control mental y ya no es capaz ni de hablar correctamente. Se está convirtiendo en un depredador que en poco se diferencia ya de los propios vampiros que persigue. 

Son los temas psicológicos y filosóficos los que conforman el núcleo argumental y narrativo de Soy Leyenda y particularmente la noción de que la raza humana no tendrá por qué ser considerada la habitante titular del planeta. Robert Neville es el último ser humano conocido y su dificultad para entender esa terrorífica situación es el eje central de la novela. 

Como señala Francisco de León en “El niño vampiro y el cazador”: “A final, Robert Neville es capaz de reconocer que el levantamiento de la nueva especie no es sino un proceso más en la dinámica del mundo.” Ya no hay buenos ni malos, ya que cada uno defiende su mundo con la paradoja de que compiten por el mismo espacio. Lo único real, aunque es una terrible epifanía para Neville, es que llegado el momento, él es el otro. Él es el monstruo. Ya no hay lugar para él.

Soy Leyenda tiene más de 60 años. Ya es un clásico del género. Un canon o un estándar. Matheson es padre del vampiro moderno, el padre del zombi de Romero y de otro montón de monstruos. Matheson es considerado un maestro y un pionero. Matheson sí es leyenda.

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