“La presa”, de Irène Némirovsky

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Por Jesús Guzmán Mora. @guzmanmorajesus

La presa, Irène Némirovsky. Traducción de José Antonio Soriano Marco. Salamandra, Barcelona, 2016. 220 páginas. Las novelas de Irène Némirovsky son el producto de su agitada existencia. Víctima de varios de los males de su tiempo, la literatura funcionó en ella como fiel reflejo de la catarsis aristotélica. Cada uno de sus textos es la huella de una herida en la condición humana, la mezcla entre el exilio y el penoso periodo de entreguerras. La presa (1938) es la última de las traducciones que ha ofrecido hasta la fecha la editorial Salamandra, una reflexión acerca de la ambición y la inutilidad del triunfo cuando este no puede ser compartido.

La escena presenta al cínico Jean-Luc Daguerne, vástago de un arquitecto venido a menos, en busca de un matrimonio ventajoso. Este lo encuentra en Édith Sarlat, hija de un banquero arruinado. A pesar de este hecho, el protagonista consigue medrar hasta entrar en contacto con el ministro Calixte-Langon, de quien será su secretario.

La relación con su mujer está vacía de sentimientos. Si en su juventud la quiso, cuando la convierte en su amante y consigue que rompa su compromiso con un joven adinerado ve en ella el medio perfecto para conseguir sus objetivos. Para Jean-Luc, Édith “no ocupaba en su ánimo más espacio que cualquier mueble.”

La polisemia del título presenta a la mujer como la pieza ideal para un cazador hambriento de éxito, a pesar de que Jean-Luc no retiene a Édith en su red. Por otro lado, él mismo es preso de Marie, una antigua amante de su amigo Dourdan. Ella es el polo opuesto a su esposa, pero consigue transmitirle la felicidad que no había encontrado (ni buscado) en su cónyuge. Para él, durante su juventud, “lo primordial era el pan de cada día.” Pero con la madurez aprenderá una valiosa lección: “Al amor, antes de darle un nombre, una forma visible, hay que abrirle el corazón.”

La literatura de Irène Némirovsky es una de las expresiones más acertadas del declive que sufrió la humanidad en la primera mitad del siglo XX. Su marcha forzosa de la Unión Soviética regaló a las letras francesas una extraordinaria narradora que pereció en Auschwitz. La profundidad de sus descripciones, el detallismo en la elaboración de cada uno de los personajes y la intensidad de sus narraciones hacen de Némirovsky una escritora fundamental para entender tanto su época como el mundo actual. Una escritora de quien se conocían escasos textos en España –principalmente se habían editado David Golder y El baile– hasta el descubrimiento de Suite Francesa, lo que la convirtió en la única ganadora fallecida del Premio Renaudot en 2004. La presa es una puerta perfecta para introducirse en el universo de filigrana que supone la obra de Irène Némirovsky.

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Una respuesta a “La presa”, de Irène Némirovsky

  1. Fantástica…querida Irene. El mundo perdió un valor sublime gracias a éso que llaman nacionalismos radicales que acotan cualquier forma expansiva de creatividad del ser humano.

    Fátima
    2 febrero 2018 at 2:07 am

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