Mirar a los extraños

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Por Fernando Travesí.

De las más de 4.500 cartas que se conservan de la correspondencia que mantuvo Chéjov un gran número de ellas se centran en la creación literaria y en reflexiones sobre el teatro y las técnicas de la actuación. Abundan los consejos prácticos para ayudar a escritores y actores en sus procesos creativos y entre ellos, subraya su interés por fomentar entre sus discípulos y colegas la observación extremadamente atenta de la realidad.

Quizá fue él quien inventó ese placer universal de sentarse a observar cómo pasa la vida y su gente. O el deporte mundial (cada vez menos practicado desde la irrupción masiva de los teléfonos móviles) de observar detenidamente a los demás en cualquier transporte público y construir con la imaginación el inmenso pedazo de sus vidas que no conocemos. Con la forma y color que nos sugiera ese breve encuentro. Ese corto espacio de tiempo en el que vamos frente a un desconocido y solo podemos ver la punta de su iceberg.

A mi lado, una pareja joven va viajando en su complicidad, empujándose el uno al otro con suavidad, gastándose bromas cariñosas, contándose secretos, hablándose al oído entre risas y susurros. Como si cada palabra dicha, en realidad, no fuera más que una excusa para rozar con los labios la oreja del otro. Buscando cualquier manera de mantener el contacto físico que, sin duda, ha durado toda la noche y solo ha interrumpido el despertador. Les bastaría abrazarse, cogerse de la mano o hacerse un nudo con las piernas… pero no es esa una edad para reclinar la cabeza sobre el hombro del otro y quedarse pensativo. Es más bien una época de juegos traviesos, de piques afectuosos, de picardías y cosquillas. De todos esos gestos y acciones con los que disfrazamos la pasión cuando el entorno no nos permite ser más explícitos.

Al llegar a la estación, llega también la pereza de la despedida. Es tanta que ella tiene que empujarle sin ganas y con risas para que él se anime a salir del vagón rumbo a sus obligaciones que, cualquier que sean, le exigen ir con traje y corbata, ni tan sofisticado para que sea el de un alto ejecutivo ni tan mal cortado como para ser el de un descuidado oficinista. El tren cierra sus puertas y está a punto de volver a arrancar. Ella, una mirada final por la ventanilla. Él, una discreta pero dramática despedida desde el andén del metro que evoca con guasa la de un tren de largo recorrido en el que alguien se marchara habiendo olvidado comprar el billete de ida y vuelta. Simulando el desgarro de la separación, llevándose una mano al corazón. El humor y las bromas son otro disfraz que le ponemos a las cosas que pensamos para poder expresarlas con más libertad.

El metro no ha llegado aún a ser engullido por el túnel y ella ya tiene su teléfono en la mano. En la pantalla, una foto de los dos por supuesto abrazados. Muy pegados el uno contra el otro para darse calor en algún lugar acantilado un día de invierno. Envueltos en niebla, risas, llovizna y frío. Al fondo, el precipicio y un mar gris y crispado.

Los ojos se me pierden en su pantalla. Como ocurre siempre ya, cuando no es con nuestro propio teléfono nos suele hipnotizar la pantalla de alguien más. Abre su whatsapp, elige el primer contacto de su lista cuya foto coincide con quien la abraza en la pantalla principal, con quien la despedía desde el andén y con quien hasta hace un momento ocupaba el asiento que ahora ocupo yo, y comienza a mandarle mensajes. No hay señal de internet pero no importa. Solo escribirle es tenerle más cerca. Sirve para seguir juntos en la distancia. Que no se vaya del todo. Que ya vuelva. Que llegue la noche cuánto antes y, como cada día, volvamos a juntarnos para cenar.

Ahora es su turno. Levante la vista. Elija a cualquiera. Déjese llevar.

Fernando Travesí

 

Fotos: Erika Morillo – NYC

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