‘Monólogos perversos ante el espejo’, una obra de Erika Bornay

Por César Ureña Gutiérrez.

Acaba de salir a las librerías el último libro de Erika Bornay. La reconocida profesora y estudiosa de arte lleva varios años publicando obras de carácter literario, hasta ahora un libro de cuentos y tres novelas. En esta ocasión —y a través de su habitual editorial Sd·edicions— ha escrito un segundo libro de relatos, hermosamente editado, bajo el título de «Monólogos perversos ante el espejo». Se trata de textos muy breves, en ocasiones podría hablarse de microrrelatos, inspirados cada uno en un cuadro con la temática común de la mujer frente al espejo, y aunque el motivo pictórico sólo supone un arranque para el desarrollo narrativo, la imbricación entre ambos es evidente. Consta de un Prólogo y catorce narraciones, de los cuales la última sirve al mismo tiempo de Epílogo. No es una organización en absoluto baladí ya que de este modo, con una precisión deliberada, el texto —al margen de la independencia que cada relato pueda tener con relación a los demás— puede ser considerado como una obra unitaria dentro de su diversidad. Erika Bornay añade también una semblanza de los artistas y un breve comentario sobre el cuadro elegido. De este modo, el libro cumple una doble función: por una parte es una obra de ficción, sí; pero por otra también aporta un interesante análisis sobre los pintores seleccionados. Las notas de Bornay son siempre esclarecedoras y concisas, con esa precisión y exactitud sólo propias de un exhaustivo y profundo conocimiento. Me parece que precisamente una de las cualidades de su escritura se cimienta en su disposición analítica, su sutileza psicológica y su destreza para dotar a un contenido íntimo y casual de un significado universal que, al ser asumido e interiorizado por cada lector, es capaz de trascenderse.

La relación entre pintura y literatura no se manifiesta sólo en la simple elección de una serie de cuadros que sirven como fuente de inspiración literaria sino —y sobre todo— en la propia escritura, una escritura que aquí podemos calificar como «pictórica», realizada a base de «pinceladas», en ocasiones enérgicas y expresivas, en ocasiones delicadas, de planos lisos y esmerilados; detallistas y minuciosas unas veces, imprecisas y difusas otras. A través de esta variada «paleta semántica», la autora nos ofrece una serie de impresiones que giran siempre —como es habitual en su obra— en torno a la mujer y su mundo, esta vez en su más recóndita intimidad. Pues qué mayor intimidad que la observada en la reflexión solitaria y silenciosa de una mujer ante el espejo. En algún sentido, en esta mirada desposeída de los prejuicios y atributos impuestos por una sociedad machista, surge, límpida y sincera, una imagen propia y desvelada de la mujer y, con ella —y a través de esta reflexión—, también su voz y su palabra. Erika Bornay alude a su misma intimidad por medio de esta escritura que puede interpretarse como declaración, como trasunto de la imagen duplicada en el elocuente espejo que estas historias reflejan e investida de una pertinaz ironía. Ironía que subyace en la mayor parte de los textos y que se exterioriza como expresión de la hegemonía intelectual —y sensorial— de la mujer frente al papel dominante, pero insuficiente, del hombre; un hombre que, en ocasiones, se muestra prisionero de su indolencia y de su «activa» pasividad. Puede leerse en el Prólogo: «Estas pequeñas historias que acompañan a las imágenes tratan de estos secretos, algunos inquietantes, otros perversos». Bien calibrada está esta dualidad que oscila entre la inquietud y la perversión, ya que buena parte de los cuentos destilan un notable grado de perversión y otros rezuman una

perspicaz inquietud. En mi opinión, perversión e ironía son dos de los grandes andamiajes que conforman el bastidor de este lienzo literario.

En unas ocasiones encontramos algún eco de la nouvelle vague francesa —en especial del cineasta Claude Chabrol—, como en la narración que abre el grupo, «La femme au miroir», inspirado en el cuadro de Paul Delvaux del mismo título, por su refinada síntesis de suspense, perversión e ironía. En otras se puede percibir el peso de la culpa, la soledad, el paso del tiempo y el peso de los recuerdos, la vejez, el amor o la muerte. Pero además, Erika Bornay, con inusitada frescura y sentido del humor, también reflexiona sobre el propio arte, sobre la soltería y el matrimonio, sobre los celos, sobre la venganza… En «La reproducción prohibida», sobre el cuadro homónimo de René Magritte (1937), cuestiona —sin abandonar nunca la ironía ni un cierto cinismo— la identidad sexual. El que lleva por título «Chica ante el espejo. Resignación», inspirado en el lienzo de Norman Rockwell (1954), bucea en la adolescencia, los sueños y la iniciación a la vida adulta. Especialmente luminoso, divertido y desbordante de sarcasmo hacia el sexo masculino es el titulado «Coquetería», inspirado en el espléndido cuadro del pintor belga Félix Vallotton (1911) —pintor muy apreciado por la autora—. En «Pompa y vanidad», sobre un lienzo de John Collier de 1917, nos conmueve el contenido y cálido aliento con el que describe el paso del tiempo y evoca los recuerdos. Aunque el texto más conmovedor —al menos para quien escribe estas notas— es, sin duda, «La coiffure», sobre el cuadro de Henri Matisse. En sólo dos páginas, Erika Bornay construye una pequeña obra maestra cargada de simbología e impregnada de un denso aroma, que nos habla —con una voz firme aunque herida— del amor y de la pérdida. Resulta inolvidable la imagen de ese perfume enfrascado, prisionero, reminiscencia de un tiempo vencido y convertido en auténtica reliquia, en fragancia como metáfora de la preservación de aquello que ya se ha truncado en imposible. La interioridad y el contenido alegórico de la escritura alcanzan aquí cotas muy altas y de gran belleza, de tal manera que, cuando el cuento finaliza, perdura aún un sobrecogedor estremecimiento.

«Siempre he creído que los espejos tienen un misterio que es ininteligible para los humanos», señala la autora. El último es un relato «ciego», sin cuadro, sin imagen alguna. A modo de Epílogo, «El espejo cubierto» —una suerte de espejo negro— es una narración terrible que, también desde la mordacidad, nos habla del doble, la envidia, los celos y la usurpación de la identidad. Magnífico colofón que contiene no pocos destellos lumínicos de esa «España negra» de Regoyos, de Lorca o de Buñuel. De ahí el fundido en negro de la imagen que —con una fuerte carga metafórica— cede ahora el lugar pleno sólo a la palabra.

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