Erika Martínez arrasa con las fronteras del yo en ‘Chocar con algo’

Por Ángela S. Aragón. @angelasaragon

Estoy convencido de que siempre se escribe desde algún lugar. Este es el primer verso de uno de los poemarios más sobresalientes del 2017: Chocar con algo. Erika Martínez comienza a partir de este momento una búsqueda hacia dentro y hacia afuera, para dar con las fronteras de ese lugar desde el que escribe, para diferenciarse de él.

La poeta se, nos, disecciona. Deja su, nuestro, cuerpo abierto sobre el papel, a la interperie. Con el verso y la prosa como escalpelo se pregunta cuánto de sí misma tendría que perder para dejar de ser ella. Cuánto cuerpo necesito para ser yo y no otra, se pregunta, no sin miedo, porque escribir da tanto miedo como hundir el tenedor en algo que te sostiene la mirada.

Pero para Erika este es solo una frontera más, así que empuja el tenedor con fuerza y continúa la sangría. La autopsia de un cuerpo vivo hecho de historia y de historias silenciadas. La del abuelo disuelta en cenizas en un pantano, la de la abuela sorda, cuyo tímpano, confiesa, toma prestado para ponerse a escribir.

Erika es, somos, producto de la historia y de lo que falta en la memoria. Es, somos, el resultado de lo que las ciudades esconden bajo las nuevas capas de asfalto, las aceras y el agua gentrificadas, la escoba del barrendero.

Erika se proyecta, nos proyecta, como hijos-hijas seminales. Separados al nacer, hombres o mujeres, arrastrados a la performance de ser ella o ser él. Cortarte las uñas te modifica existencialmente y te coloca  arriba o debajo de un techo que se romperá con rabia o no se romperá.

Hasta que eso no suceda, hasta que el techo siga ahí, sobre nuestras cabezas, estamos abocados a dicha interpretación, donde lo femenino es el letargo, la obediencia, el cuidado, el amor. Y el yo es el resto, los renglones torcidos. La lectura, la literatura, los poemas, lo que sobrevive en el desierto. Erika, yo.

Yo, nosotros, con la soga al pie, atados a un mundo tan extraño que hasta el amor es violento. Tanto que la maternidad, la posibilidad de traer una persona al mundo puede convertirse en otro acto de violencia hacia el resto, o  una traición hacia propio cuerpo, ¿es de verdad la sangre que se niega a concebir? Si soy nulípara, la vida que retengo no destruye la vida ¿sí? ¿no? ¿correcto?

La autopsia a carne viva continúa y vuelve a chocar con algo: la cultura, lo que define al género humano, es el miedo de nuestra especie. Débiles, vulnerables, sin garras ni colmillos, ¿nos hemos alejado de la naturaleza para dejar de ser la presa perfecta? ¿Creamos, destruimos, olvidamos para permanecer? ¿Para quedarnos?

Así, cada vez que Erika Martínez aumenta la tensión del tenedor para buscarse y encontrarse, se topa con algo que le impide seguir su recorrido. Sin embargo, es el propio acto de escribir lo que va descubriéndolo todo. Nos muestra un paisaje ajado, bestial por querer de dejar ser bestia, coagulado en categorías, silogismos, secciones, direcciones, clases, monedas… Y en las paredes cuajadas de nudos, allí está ella, mirando, buscando lo que falta, a sabiendas de que, detrás hay un hombre que barre.

Con un libro como este, resulta incómodo recurrir al tópico de la consolidación de autores. Aplicar un lugar común a algo excepcional resulta un tanto indigno por parte de quien escribe. En este sentido, lo mejor es dejaros a vosotros, los lectores, esa valoración. Para hacerlo, solo tenéis que revisar sus anteriores obras: Color carne y Falso techo, ambas, como esta, publicadas en Pre-Textos.

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