El Humanismo: vía de escape, evolución e idiosis

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Por Tamara Iglesias
El sfumato de Leonardo Da Vinci, la monumentalidad de Miguel Ángel, el colorido de Rafael… a menudo cuando pensamos en el periodo conocido como Renacimiento lo hacemos desde unos preceptos estéticos y artísticos que (aunque fascinantes) no incluyen el grosso del movimiento ideológico y humanista surgido en Italia a finales del siglo XV y expandido por Europa a lo largo del siglo XVI.
Pero antes de empezar con la transmutación del molde colectivo, establezcamos las premisas de esta ave Fénix que consiguió resurgir de sus cenizas: estamos en el siglo XIV y las diversas crisis demográficas y pecuniarias (sobrevenidas particularmente a causa de la peste negra, la hambruna y la transición al sistema capitalista) han mitigado el fausto de la precedente Alta Edad Media hasta deformar las dulces evocaciones del pasado en una carrera desesperada por la supervivencia; los salarios inician su caída hacia la miseria, las necesidades mercantilistas provocan la declaración de genuinas cruzadas comerciales entre gremios (destacando el de pañeros de Flandes contra Francia), y las inesperadas y apremiantes tensiones se ciernen entre países aledaños que abandonan el respeto por las viejas alianzas y armisticios. Ante la situación desesperada sólo existen dos opciones: aceptar el inicio de una era que precipitaba a Europa hacia su abatimiento, o agudizar el ingenio para solventar el caos que se cernía sobre sus cabezas; por suerte para nuestra civilización occidental (y por desgracia para otros continentes que se vieron apresados en el fárrago de nuestra ambición) la decantación hacia la segunda alternativa fue general, dando lugar al movimiento humanista.

Imagen de manuscrito del siglo XV que representa el principio antropocentrista

La burocratización de las administraciones gracias a la implementación de Universidades en las que se formaba correctamente a los funcionarios, el crecimiento mercantilista a manos del nuevo estrato social conocido como burguesía, y la recuperación de los preceptos culturales grecorromanos (basados en su mayoría en los descubrimientos realizados en Italia a raíz de las excavaciones en ruinas arquitectónicas, que proveyeron al país de una gran cantidad de pinturas, esculturas, monedas y reliquias varias) fueron los primeros pasos de una vorágine cinética a la que se añadirían el descubrimiento de un nuevo continente (América en 1492), los avances científicos y de navegación (como el astrolabio), el análisis medicinal (copiosamente enfocado en el aprovechamiento de los recursos naturales como plantas y raíces para el tratamiento facultativo) y un marcado antropocentrismo que desbancaría por completo al teocentrismo pretérito.

El hombre era el nuevo centro del universo, había suplantado a Dios de su trono hegemónico sin emplear el prestigio económico o el poder terrenal; a través de sus acciones virtuosas y su aprendizaje se había ganado una neonata preponderancia ahora que la cultura se había metamorfoseado en un bien imprescindible para formar parte de ese elitista grupo de pensadores, artistas y científicos que (en su mayoría) caían en la falacia de conformar la nueva jet set gracias a la solvencia patrimonial que les permitía costearse la instrucción académica; la pecunia seguía facilitando las cosas, no hay duda. Pero no erremos al creer que el humanismo y el interés por el conocimiento plagaron de humildad e integridad a sus partidarios pues, aunque el linaje había quedado relegado a un segundo plano, la necesidad de mantener el estatus de superioridad frente a sus semejantes (el querido supra del que ya hablamos en otras ocasiones) llevó a los humanistas a la promoción de un nuevo tipo de arte (plástico y literario) conducido a la exaltación de su magnificencia. Pictóricamente, el culto a la personalidad de ese hombre que había despertado de la tiranía escolástica para trabajar sus dotes intelectuales se saldó con la plasmación de retratos no divinizados, en los que la singularidad remarcaba la ansiada idiosis (ese otro concepto también acuñado por mi persona del que ya os he hablado en otras ocasiones); el hombre ya no quería ser equiparado con un héroe o un dios, no quería imitar sus hazañas, si no alcanzar sus propias metas y encumbramiento personal por medio de las facultades que la educación le había brindado.

Ilustración de finales del siglo XV en la que se muestra el trabajo de una imprenta florenciana

En el campo literario no debemos eludir el avance que supuso el ingenioso invento de la imprenta (1456), un artilugio que permitió la multiplicación editorial con mayor agilidad que la que era posible en los scriptorium de los monasterios y que permitió una inimaginable difusión de la materia didáctica; gracias a esta dilatación de ejemplares, diversos textos europeos como “El cortesano” de Baltasar Castiglione o “Los diálogos de amor” de León Hebreo disfrutaron de un éxito rotundo en el continente, llegando incluso a resultar el personaje principal de Castiglione un arquetipo del perfecto noble que debía mantener una vida en equilibrio entre las armas y las letras (es decir, entre lo físico y lo intelectual). Precisamente esta mentalidad abierta a aconsejar y criticar los advenimientos políticos y sociales desde una postura de marcado descuello conducirá a Maquiavelo a la publicación de su tesis (“El príncipe”) versada en favor de los dirigentes políticos que renunciaban a sus valores morales y religiosos por la defensa del estado, una opinión que contrastará con las de Tomás Moro en “Utopía”, quien proponía la creación de una nueva sociedad justa y franca para todos.
En el caso de países como España la principal acogida de este moderno sistema de copia resultó esencialmente devocional aunque con un carácter marcadamente abierto; entre 1514 y 1517, por ejemplo, el cardenal Cisneros imprimió la “Biblia políglota complutense” a fin de facilitar su adquisición e interpretación a cualquier devoto que quisiera ampliar su conocimiento sobre las sagradas escrituras. Esta notable autonomía individual en la interpretación de la Biblia (muy debida al influjo de Martín Lutero) granjeó un efecto de enardecimiento entre los lectores acaudalados, que podían dispensar de horas suficientes en cada jornada como para debatir sobre pasajes, cultos y milagros con obispos y altos cargos eclesiásticos (lo que de nuevo nutría su trinchera de superioridad, de supra, frente a los demás personajes opulentos de la sociedad renacentista).
La caída de estas pretensiones comenzará curiosamente con el anteriormente citado Lutero, portavoz de la renovación eclesiástica que tras formular sus insólitas variaciones de la fe cristiana en 1517 promovió la división de la Iglesia con la Reforma protestante; la censura al elevado nivel de vida de los oficiales religiosos y al poder papal, así como la negativa a la estratificación y limitación constante de la cultura como nueva fórmula de riqueza (o de idiosis, según quiera mirarse) conformarán tres de los pilares de este movimiento que encontrará en los países católicos su antítesis (la Contrarreforma). Pero esa, querido lector, ya es otra historia para otro artículo.

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