Lemonade (2018), de Ioana Uricaru – Crítica

 

Por Jaime Fa de Lucas.

En la primera secuencia de Lemonade la protagonista, una enfermera rumana que intenta conseguir la green card para poder quedarse en Estados Unidos, se desnuda ante el espectador. Ioana Uricaru introduce así a su protagonista, en toda su vulnerabilidad e inocencia, cualidades que definen su carácter hasta que una serie de acontecimientos turbios modifican su conducta.

La protagonista se acaba de casar con un hombre estadounidense y está en pleno proceso burocrático para obtener la green card. Lo que no espera es que el encargado de aceptar su petición quiera algo de ella –spoiler–, esto es, sexo. Y aquí la película inevitablemente se tambalea, pues Uricaru cae en la simpleza –cien veces vista– de reducir a un personaje masculino a sus impulsos sexuales, un personaje que además ejerce un abuso de poder para obtener una gratificación sexual –algo cien veces visto–; un personaje que podría satisfacer sus necesidades por otros caminos pero que decide, incomprensiblemente, aprovecharse de una inmigrante cuyo futuro depende de él, algo que podría poner en peligro su carrera.

Todo esto tendría sentido si hubiera un trasfondo psicológico relevante, pero aquí se ignora, pues lo que importa es esa dinámica de “mujer indefensa buena vs hombre poderoso malo” que quiere ser al mismo tiempo un retrato de la inmigración en Estados Unidos y una crítica feminista, pero que no acaba de ser convincente al 100% en ninguna dirección. El retrato de la inmigración se limita a mostrar ciertas dificultades y frases simplistas tipo “no es justo beneficiarse de todas las ventajas que ofrece este país sin haber contribuido”; la crítica feminista es ridícula de base, ya que apenas permite zonas grises: los personajes masculinos son malos y los femeninos buenos.

Sí que es cierto que el final de Lemonade, con el cambio de actitud de la protagonista, amplía la escala de grises dando ciertas connotaciones negativas al personaje femenino y generando algo de incertidumbre respecto a sus sentimientos hacia el marido –consiguiendo que uno se pregunte por qué no quiso “pasar por el aro” con el funcionario, pero sí con el marido, ya que acaba traicionándole para poder quedarse en el país–. El problema es que esto se queda corto y no es suficiente para compensar la aglomeración previa de lugares comunes y estereotipos.

Quizá lo más ingenioso de Lemonade sea la agridulzura que la define –y la relación que establece Uricaru con el título–. La trayectoria de la protagonista es agria, así como lo que tiene que hacer para conseguir la green card, pero la resolución final es dulce. A su vez, el país ni es algo tan bueno como la protagonista creía, ni algo tan malo, además de que la limonada se puede asociar fácilmente con éste. No obstante, sí que hay algo totalmente satisfactorio para las papilas gustativas: la actuación de Malina Manovici, que es capaz de transmitir la vulnerabilidad exacta que exige el papel, evitando todo tipo de agriedades.

 

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