La mujer singular y la ciudad

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La mujer singular y la ciudad

Vivian Gornick

Traducción de Raquel Vicedo.

Sexto Piso.

Madrid, 2018.

148 páginas.

BEGOÑA MÉNDEZ | 11/05/2018 / EL CULTURAL

En Apegos ferocesVivian Gornick (Nueva York, 1935) explicaba que su padre murió cuando ella tenía trece años. La madre, atravesada por una pena arrolladora y primitiva, impuso en el hogar un luto opresor. Por primera vez de forma consciente, la joven Vivian se sintió sola y exiliada del mundo. Entonces, volvió su rostro hacia la calle. Un gesto mínimo que inauguraba una concepción de ciudad como promesa de futuro y como paliativo contra el aislamiento interior. La mujer singular y la ciudad está escrita desde esa mirada amorosa que anhela pisar las calles y viajar en metro para cambiar de barrio: del Bronx a Manhattan, Vivian Gornick transita la ciudad y la memoria, para (re)conocerse y (re)conquistarse; de las fantasías a los conflictos, asume que el “yo” es una ilusión caleidoscópica en un esfuerzo constante por seguir siendo un ser humano. Gornick ha hecho (hace) de su relación con Nueva York un acontecimiento fundamental para comprender su experiencia íntima.

La mujer singular se atrinchera en la soledad de las multitudes urbanas y en los vínculos con otras singularidades. Para la neoyorquina, deambular por la ciudad significa el encuentro ético y civilizado con los otros: destellos de vida urgente; reconocimientos y confidencias en la cola del supermercado; cuerpos, voces y palabras que se ahondan en la piel de la escritora. Nueva York es un retablo vivo de ancianos flacos y dignos, de nonagenarias trotskistas, de gente amable que da las gracias; un tumulto de pordioseros deslenguados y verduras en la calle, de parques, conciertos y grandes almacenes; un revuelo de lenguajes y particularidades configurando una cambiante y perpetua multitud.

Gornick vagabundea por las calles de Nueva York, pero también por los vericuetos de sus emociones y en ese pasear doble se gesta La mujer singular y la ciudad: unas memorias fragmentadas y torrenciales, atravesadas por el amor y las amistades, por los amantes y las heridas de la infancia; la historia parcial de una mujer contra la herencia materna del Amor Ideal (así, en mayúsculas) porque descubre que nunca el amor cambia nada a nadie. Gornick es la Odd Woman: la feminista radical y libertaria que grita en público “¡a la mierda los hijos!” y “¡a la mierda el matrimonio!”. Es la rara, la divorciada, la soltera que decide habitar la inestabilidad porque no quiere renunciar a su dolor primordial ni a curarse las heridas; ella es la solitaria y la escurridiza, la amante imperfecta y provisional que desea de los hombres sus gestos amorosos: la intimidad de las caricias y de las palabras al servicio del placer de la carne y del lenguaje, reversos necesarios el uno del otro.

Porque la escritora no comprende el sexo sin la amistad, o mejor: lo concibe vacío y fútil. Frente al deseo solo que nos convierte en mera carne vulnerable, defiende la palabra compartida como una de las herramientas más poderosas de vínculo con los otros. Conversar es, tal vez, agujerear ese velo invisible que como un muro macizo se interpone y separa a Vivian Gornick de los hombres. En todo caso, nadie termina de ser del todo bueno para ella y esa obsesión neurótica, aunque no le guste, es herencia de la madre.

Con Leonard, sin embargo, desaparece la manía por la imperfección de los otros. Amigos íntimos desde hace más de veinte años, son hijos de la cultura terapéutica y se sienten unidos por la necesidad de verbalizar y de analizar su malestar. Se desnudan con las palabras para reconocerse en la fragilidad esencial, mientras pasean y envejecen, cada vez más solos, más nostálgicos y melancólicos. No hay aquí afectos feroces ni escritura despiadada, sino la memoria elegantísima de una señora muy sabia que ama Nueva York y que ha aprendido a vivir en el apego desinteresado y en la compasión de sí y de los otros.

Continuación natural de Apegos feroces, en La mujer singular y la ciudad Vivian Gornick sigue mostrándose como una mujer lúcida, sensible e insobornable que, siendo la realidad como es, no acepta su lugar en el mundo.

La mujer singular y la ciudad es un mapa fascinante y emotivo de los ritmos, los encuentros fortuitos y las amistades siempre cambiantes que conforman la vida en la ciudad, en este caso Nueva York –una ciudad, nos dice Gornick, que hace soportable su soledad–. Mientras pasea por las calles de Manhattan, de nuevo en compañía de su madre o sola, Gornick observa lo que ocurre a su alrededor, interactúa con extraños, busca su propio reflejo en los ojos de un desco­nocido. Y se reconoce en su amistad de más de veinte años con Leonard –un hombre que vive su propia infelicidad con sofisticación y que la ha ayudado «a comprender la misteriosa naturaleza de las relaciones humanas más que ninguna otra relación íntima que haya tenido»–, pues ambos comparten la necesidad de encontrar un agravio que combatir. 

Vigoroso collage que intercala anécdotas personales, viñetas narrativas y piezas reflexivas sobre la amistad, sobre la a menudo irreprimible atracción por la soledad y sobre qué significa ser una feminista moderna –una «mujer singular»–, estas memorias son el autorretrato de una mujer que defiende con ferocidad su independencia y que ha decidido vivir hasta el final sus conflictos en lugar de sus fantasías.

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