“Los cuerpos perdidos”: investigación teatral en torno al feminicidio de Ciudad Juárez

Por Horacio Otheguy Riveira

Una investigación teatral con texto de José Manuel Mora y puesta en escena de Carlota Ferrer, pareja artística que ha dado buenas muestras de un teatro muy personal, de búsquedas y encuentros con muy interesantes resultados, generando desconcierto, perplejidad y admiración por partes iguales (por ejemplo, Esta no es la casa de Bernarda Alba).

Los cuerpos perdidos, que acaba de estrenarse en el Teatro Español de Madrid, gira sobre el feminicidio de Ciudad Juárez, un tema de extraordinaria complejidad sobre el que se han escrito varios libros y se han hecho algunas películas, y en ningún caso se ha logrado comprender del todo el fenómeno de una violencia concentrada en esta ciudad mexicana de más de un millón de habitantes que, en los años 90 contabilizó 400 niñas y mujeres muertas, tras ser violadas, y más de mil desaparecidas. Un horror que sólo ha cesado en breves lapsos de tiempo, con una continuidad alarmante. En 2017 se denunciaron nuevas víctimas mortales y desapariciones.

En la amplia documentación existente queda reflejada la participación de gente del narcotráfico, pero también de las instituciones policiales y políticas. Una barbarie que, sin embargo, sólo destaca por su concentración geográfica, ya que la explotación sexual de menores y jóvenes tras desapariciones parciales o absolutas es un fenómeno internacional año a año en auge, con numerosos casos en países del primer y del tercer mundo, léase Francia, Estados Unidos, Honduras, Argentina… Es verdad que en el caso mexicano aparentemente no hay explotación sino puro secuestro para diversión sexual que acaba en muerte. Pero no es menos cierto que muchos otros casos se sitúan en similar contexto, como por ejemplo, Las Niñas de Alcasser, en España, o el caso de Italia, que tiene una de las tasas más altas de Europa de feminicidios y destaca notablemente por su desprotección a las víctimas de maltrato.

El espectáculo de dos horas titulado Los cuerpos perdidos toma algunos datos veraces y reconstruye otros combinando estilos escénicos: momentos y personajes costumbristas, situaciones dramáticas de teatro psicológico, melodrama elemental con jóvenes ingenuas entrando en la boca del lobo, abundante simbología que incluye travestismo y coreografías de teatro de variedades, así como elementos del teatro surrealista… Este panorama mechado de música variopinta (solos de batería, baladas en inglés, rancheras, canciones populares y coro de raro clasicismo) surge de una propuesta autoral que oscila entre las buenas intenciones y una manera muy confusa de expresar su preocupación ante tan enfermiza violencia bañada de un patológico placer sobre cuerpos indefensos. Tortura y gozo, calenturas masculinas (aquí con su dosis de parodia en un par de genitales como muñecos colgantes) y un vaivén de imágenes de muy irregular interés.

La función se torna emocionante en el tramo final, cuando una joven arrastra a un hombre agarrado a su tobillo mientras canta: “Te odio tanto que yo mismo me espanto”… También toma vuelo en el breve monólogo de un personaje de ficción inspirado en el periodista mexicano que más investigó y aportó sobre el tema (Sergio González Rodríguez, autor del libro Huesos en el desierto, Editorial Anagrama, 2002), y en el hermoso coro de toda la compañía, réquiem gracias al cual la dispersión de intenciones se concentra en un profundo lamento.

Pero para llegar a estos puntos cruciales hay que recorrer una hora cuarenta y cinco minutos en que la representación da la sensación de ser un pensamiento en voz alta y lo que se piensa es difuso, contradictorio, pendiente de sucesión de escenas inconexas, auténtico batido de intenciones morales con otras políticas con su inefable toque de humor negro, y entre medias un muy discutible planteamiento erótico-maldito, como si esta fálica barbarie tuviera que ver “con calentarse tanto que no se puede parar”… a lo que se suma una relación homosexual de un padre de familia, con una sobrecarga de simbolismo que se me escapa en un contexto de violencia donde no parece cuadrar ningún tipo de búsqueda de placer entre seres con mínimos criterios éticos.

La producción está muy cuidada. Con una ambientación escenográfica estupenda de Mónica Boromello, todos los integrantes del reparto, comandados por la experiencia y el talento de Cristóbal Suárez, y con una breve colaboración especial, muy acertada, de Verónica Forqué, atienden con rigurosa disciplina una experimentación audiovisual que desaprovecha un material de la realidad actual terrorífico en sí mismo, y por los innumerables casos en menor escala que constantemente se producen en el mundo. Exceso de ideas plásticas que dejan una penosa imagen de frivolidad, en absoluto buscada por creadores tan serios como José Manuel Mora y Carlota Ferrer.

LOS CUERPOS PERDIDOS

REPARTO (Por orden alfabético) Conchi Albiñana, Carlos Beluga, Julia de Castro, Verónica Forqué, David Picazo, Paula Ruiz, Cristóbal Suárez, Jorge Suquet, José Luis Torrijo, Guillermo Weickert

EQUIPO ARTÍSTICO
Dramaturgia José Manuel Mora

Dirección y coreografía Carlota Ferrer

Diseño de escenografía Mónica Boromello
Diseño de iluminación David Picazo
Diseño de vestuario Leandro Cano
Diseño sonoro Sandra Vicente
Asesoría de danza Ana Erdozain
Fotografía Sergio Parra
Ayte. de dirección Enrique Sastre
Ayte. de escenografía Miguel Delgado
Ayte. de vestuario Carol Gamarra

Una producción de Teatro Español en colaboración con el Teatro Calderón de Valladolid.
XVIII Premio SGAE de Teatro 2009- Mejor texto teatral.

Teatro Español. Del 1 al 25 de noviembre 2018

 

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2 respuestas a “Los cuerpos perdidos”: investigación teatral en torno al feminicidio de Ciudad Juárez

  1. Me ha parecido una joya! Artistas redondos, compketos, llenos y llanos. Soy mexicana, me averguenzo de horrores que suceden en mi país. La obra no me parece frivola en absoluto, eso si, no es fácil, es dura y profunda… MUY DURA peri muy recomendable, solo que tendré que ser selectiva a la hora de recomendarla, no es para cualquiera.

    Leticia Muñoz Ascencio
    4 noviembre 2018 at 14:30 pm

  2. Acabo de salir de la sala, 45 minutos fueron suficientes para preguntarme si no había nada más qué hacer en Madrid.
    Texto sin coherencia, mezcla total ! Ni realismo ni simbolismo, ni teatro ni comedia ni musical; puro eclectisismo.. tal vez después de dos horas se llega a entender de qué tipo de interpretación teatral se trata. Ahora entiendo porque la sala estaba medio vacía.

    Clara
    16 noviembre 2018 at 20:23 pm

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