Admirables Mónica López y Pablo Derqui en una fría versión de “Calígula”

Por Horacio Otheguy Riveira

París, 1945, liberada de la ocupación alemana contra la que Albert Camus luchó en la Resistencia desde 1942. Ya en el 44 circulan con éxito su novela El extranjero y su ensayo El mito de Sísifo. Gran amistad con el ya reconocido internacionalmente Jean Paul Sartre como uno de los intelectuales más valiosos de Europa, también novelista y dramaturgo. Acabarán rompiendo relaciones de todo tipo: adversarios para siempre. En su enfrentamiento al nazismo Camus busca un juego dialéctico que lo enfrenta a los revolucionarios. Siempre atendiendo una voluntad a menudo contraria a los conflictos profundos de la sociedad, negador de la lucha de clases. Un caso curioso de solitario nihilismo que quiere ser humanista, al margen de las ideologías imperantes.

Debutó como autor teatral en 1944 con El malentendido, una pieza de intriga psicológica lindante con el terror, sin duda su mejor pieza, y luego, ya terminada la guerra, le sigue una obra saturada de palabras no siempre bien conjugadas: Calígula, una metáfora en tiempos de férrea censura a través de un emperador que vivió entre el 12 y el 41 d.C., y gobernó durante cuatro años con éxitos que en su obra no se mencionan, pues solo transita la fase final de trastorno agudo de personalidad (hoy se cree que padecía una enfermedad cerebral) en que asume el poder absoluto de un tirano al que los senadores derriban tardíamente, asesinándolo mucho después de soportar ejecuciones ridículas y humillaciones constantes. No lo hicieron antes porque no les convenía, “pues aún el pueblo le ama”.

Camus articula unos dramas convencionales en los que indeterminados vaivenes psicosociales se enfrentan a la vida cotidiana, y llama Ciclo del absurdo a comportamientos que señalan el fin de las ideologías, considerando del mismo modo los enfrentamientos políticos, la lucha de clases y las guerras. Incapaz de aceptar las corrientes ideológicas promovidas por el marxismo como respuesta al fascismo, considerará inútil la lucha de Argelia por independizarse de Francia, y la muerte por accidente automovilístico con sólo 46 años le sorprende ávido de nuevas aventuras intelectuales, siempre empecinado en ser un creador para muchos “admirable conjunción de una persona y una obra” (frase de Sartre), pero que en Calígula se expresa con incontenible verborrea sin norte, aunque de los grandes escritores de su época es el más valorado por una tendencia generalizada de arrimar ascuas a una ideología propia de burguesía culta que deplora las tensiones promovidas por la izquierda, ignorando los perennes males de un sistema cristiano neoconservador que arrolla cualquier tentativa de cambio. El Teatro Absurdo de Camus, muy pronto deviene en un ingenioso ensayo teatralizado con altibajos. Pero ganó el Nobel de 1957, tres años antes de morir, lo que le ha dado una sobrevaloración que llega hasta hoy.

La elección de Mario Gas

Calígula como personaje teatral es una figura muy contradictoria, la mayor parte del tiempo prevalece un tipo repelente, con quien resulta imposible empatizar, y sin embargo cuando lo logra resulta lo más interesante de una obra estructuralmente muy defectuosa, con mucho discurso y pocas situaciones dramáticas atractivas y mayoría de personajes planos, estereotipados. Pero ya depende de cada puesta en escena, de la mirada del director que destaque o no sus tonalidades. En este caso, Mario Gas opta por una exhibición que se sostiene con dificultad en un espacio escénico sin apenas objetos, excesivamente desolado. Y en el texto que él manipula como dramaturgo, elimina escenas y modifica diálogos al servicio de una concepción escénica excesivamente discursiva y unipersonal.

Lo “excesivo” se produce por la desnudez del escenario y la pulcritud absoluta en que discurre un gobierno atemporal, nada que ver con el Imperio Romano original. Esta falta de contexto histórico (podría ser cualquier otro, pero preciso, palpable) hace que las palabras agobien y no conduzcan a otra parte que a demostrar que el emperador Cayo César Calígula enloquece tras la muerte de su hermana con quien mantenía una apasionada relación incestuosa y se lía entre abominables actos y reflexiones poéticas, a veces lúcidas. Una locura verborreica con ataque de histeria surrealista.

Lo peor del texto es que no hay personajes sólidos, solo arquetipos que discuten/padecen a un hombre que se enseñorea con el sadismo, alternando con un alto grado de poético enlace con la existencia en torno a la infelicidad de los seres humanos. De hecho, lo mejor de la obra es también lo mejor de esta puesta en escena que, a medida que se desarrolla, parece entusiasmarse con su frialdad, con su absoluta distancia carente de toda emoción, excepto en los platos fuertes: las escenas que comparte con su veterana amante, Cesonia, y el momento sublime en que Calígula relata el encuentro con la Luna que tanto anhela poseer, la noche en que la hermosa “criatura” entró en su lecho, se abrió camino entre las sábanas y le amó como nadie nunca. Poco después conversa con Quereas, el hombre que lidera su caída, y allí encontramos a un emperador transformado en un hombre que se asombra y pregunta, que quiere saber más de sí mismo y de la razón por la que debe morir en manos de los conspiradores.

El emperador (Pablo Derqui) con sus dos incondicionales: su amante Cesonia (Mónica López) y  de pie, el esclavo que libertó y puso a su servicio (Xavier Ripoll).

Casi un niño derrotado en brazos de la mujer que le ama. Feliz unión de dos intérpretes magníficos.

Material muy interesante siempre con Albert Camus, entre discusiones abiertas por su confusa ideología, bandeada en un afán hoy muy aplaudido por neoliberales, aunque él pujaba por permanecer al margen, ni con unos ni con otros, en ninguna parte, una intención que en esta versión tiene mucho de soporífero, con batiburrillo de frases hechas y monótonas sentencias. Pero al frente hay un estupendo elenco que ha de luchar con la falta de intensidad general (aunque, paradójicamente, es el dibujo de un corazón lo que se ha puesto en el cartel).

Mónica y Pablo, dos gladiadores triunfantes

Mónica López aborda varios registros con rigor y dulce emotividad, bien ayudada por el vestuario de Antonio Belart, oscilando entre la natural sensualidad de su bella figura y lo sombrío de la misma en su proximidad a la muerte, enamorada en plenitud de un hombre al que conoce y admira en todos sus desvaríos y delicadezas. Cada aparición exhibe una vitalidad que se agradece, con especial relieve en la escena en que coquetea con los caprichos de “su” emperador, secundando de algún modo su brutalidad, y en otros momentos su belleza alcanza grandeza allí donde se expresa la profunda atracción de un ser humano incapaz de rabiar o temer, dichosa en el amor incondicional. Habitual en espectáculos de Mario Gas, tales como la inolvidable versión de Las criadas, junto a Emma Suárez y Maru Valdivieso, o musicales como Golfus de Roma y A little night music.

Pablo Derqui, el desesperado hijo de Willy Loman en Muerte de un viajante (también dirigida por Mario Gas) y el electrizante asesino en serie de Roberto Zucco —versión de Julio Manrique— se brinda aquí en un gran esfuerzo, especialmente meritorio porque le han puesto en medio de un caudal abrumador de palabras que en casi dos horas sólo cuenta con unos pocos minutos de auténtico personaje, más allá de los permanentes monólogos. En todo caso, Derqui obtiene lo que ha buscado en intensas horas de trabajo ante el estreno en el gran Teatro Romano de Mérida en 2017: que se le siga y ovacione, más allá del descontento ante un espectáculo con una escenografía que congela toda posibilidad de acercamiento, y una banda sonora que desvaría como el protagonista, alternando arbitrariamente estilos para acompañar el gran final: ¡Todavía no estoy muerto! con una incongruente balada en inglés por dulce voz femenina.

Tras el baño, Calígula se enfrenta a Quereas (Borja Espinosa) su principal conspirador. Conversación de buena factura literaria y notable tensión.

El emperador se burla de sus acólitos que le temen y se dejan avasallar… hasta un límite. (Pep Molina, Ricardo Moya, Bernat Quintana)

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Otras puestas en escena de Mario Gas comentadas en CULTURAMAS:

El veneno del teatro

Incendios

La Strada

Invernadero

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CALÍGULA

Autor Mario Camus (Argelia, 1913-Francia, 1960)

Traducción Borja Sitjà

Dramaturgia y dirección Mario Gas

Ayudante de dirección Montse Tixé

Reparto (por orden alfabético): Pablo Derqui, Borja Espinosa, Pep Ferrer, Mónica López, Pep Molina, Anabel Moreno, Ricardo Moya, Bernat Quintana, Xavier Ripoll

Escenografía Paco Azorín

Iluminación Quico Gutiérrez

Vestuario Antonio Belart

Música original y espacio sonoro Orestes Gas

Caracterización Toni Santos

Fotos David Ruano

Diseño cartel Javier Jaén

Producción: Teatre Romea; Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida; Grec 2017 Festival de Barcelona

TEATRO MARÍA GUERRERO. DEL 4 AL 30 DE DICIEMBRE 2018

 

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