‘La vida breve de Katherine Mansfield’, de Pietro Citati

ÁLVARO GUILLÉN.

En La vida breve de Katherine Mansfield (Gatopardo), publicada originalmente en 1980, Pietro Citati se apartó, según se informa en la solapa, de la biografía novelada en boga por aquel entonces, que estaba ya «prácticamente agotada». El resultado fue un libro híbrido en el cual los límites entre la ficción y la realidad están menos difusos que en una novela, aunque sin renunciar por ello a las posibilidades expresivas de un enfoque menos académico. Así, el autor nos acompaña a través de un recorrido cronológico por la vida de la autora neozelandesa utilizando un estilo decididamente literario —volcado aquí al castellano por Mónica Monteys—, y alejándose de la asepsia que se suele asociar al género biográfico: Citati se entrega a menudo a elaboradas descripciones e interpretaciones en las que mezcla sus palabras con las de la propia Mansfield, parafraseadas o citadas literalmente; sus descripciones y sus interpretaciones de la psicología de la escritora son agudas, aunque caen a menudo en el cliché y la afectación, de manera que a sus descripciones de Katherine Mansfield a menudo las caracteriza un sentimentalismo exagerado: “hija del dolor”, “criatura marcada” o “cerámica de oriente” son algunos de los términos en los que se refiere a la escritora, y abundan los pasajes en los que la profundización psicológica queda aplastada bajo el peso del estilo. Por ejemplo, la relación que Mansfield mantuvo con el escritor Francis Carco se describe así:

Este amor tan desesperado, tan tormentoso a la manera de las hermanas Brontë, no había nacido en los abismos del corazón. Había nacido en otros abismos —no menos profundos y terroríficos— que se abren en el mundo de la fantasía. (…) Toda la fantástica creación amorosa era un pretexto para que ella pudiese libar la miel del sufrimiento.

Otro ejemplo lo encontramos en la narración del proceso creativo de uno de sus relatos más famosos, «Preludio»:

La persona que vivió los treinta y cuatro años de su existencia llevó a cabo en el escenario de la vida una dramática interpretación, envuelta en las preciosas y punzantes flores extraídas de su corazón teatral.

O cuando una prima acude a cuidarla en Menton:

La vieja prima protegía, asistía y mimaba a aquella flor-mariposa de Nueva Zelanda que había venido de tan lejos a batir sus alas enfermas.

Más allá de los excesos del estilo, el verdadero punto débil de esta biografía reside en un problema fundamental con los materiales en los que se apoya: aunque el autor no ofrece indicación alguna al respecto, se puede inferir que se basó en las ediciones de los diarios y las cartas de Mansfield que John Middleton Murray, su marido, editó tras su muerte. Se trata de documentos expurgados, «desbrozados» con el objetivo de transmitir una imagen más amable de la escritora y del propio Murray, para lo cual suavizó las aristas del carácter de su esposa y corrigió o directamente suprimió numerosos pasajes que consideró que podían resultar desagradables y dañar su imagen. Este ejercicio de censura contribuyó a que, en las décadas siguientes, se consolidase una imagen distorsionada, esterilizada y sentimental de la neozelandesa; en palabras de Antony Alpers, uno de sus biógrafos, Murray «la selló en porcelana».

Las limitaciones derivadas del uso de estas fuentes son obvias: por un lado las ediciones de Murray solo comprenden los años entre 1913 y 1922, lo cual significa que Citati, basándose en estas, no ofrece en ningún momento explicación alguna sobre la infancia o la adolescencia de Mansfield; la biografía, cercenada, se centra exclusivamente en su vida adulta, en su constante y precario deambular por Europa, en el progreso de su enfermedad y en sus aspiraciones y frustraciones literarias; se deja en el tintero, sin embargo, otros episodios relevantes, como por ejemplo la estancia de Mansfield en Alemania durante su juventud, donde se quedó embarazada y donde sufrió un aborto. Muchos otros aspectos de su vida se sugieren solo de forma vaga o no son mencionados siquiera, y para rellenar algunos de los huecos que diarios y cartas no llenan, Citati recurre a interpretaciones psicoanalíticas de los cuentos de Mansfield, que introduce en su relato para ahondar en la psicología de la autora.

Por otro lado, la imagen sesgada de las fuentes se filtra al ensayo, que termina por confundirse con una hagiografía. La función de la biografía, experimental o no, es siempre revelar al individuo y disipar prejuicios o malinterpretaciones, y en este sentido el libro de Citati no aporta nada. Podría argumentarse que se trata de un texto que ofrece una visión personal y que no aspira al rigor académico, sino que pretende ser un ejercicio literario; y, sin embargo, no encontramos aquí nada que una lectura de los diarios y las cartas editados por Murray no nos aporte. Como ejercicio literario es algo insulso, y el estilo lo lastra en lugar de elevarlo: la adjetivación, el abuso de la metáfora y algunas expresiones chirriantes impiden que aspectos positivos, como por ejemplo la obvia sensibilidad de Citati a la hora de explorar la psicología de la biografiada, brillen como deberían; y lo mismo le sucede a algunos análisis de la obra de Mansfield, que a pesar de ser inteligentes y de resultar interesantes quedan deslucidos por el conjunto. Tras la lectura resulta inevitable pensar que la materia prima para una buena novela estaba ahí, al alcance de la mano, y que seguramente hubiese funcionado mejor como tal.

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