John Adams, Quijote americano

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Por Mercedes Gutiérrez

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La familia Adams me persigue, en especial Su Rotundidad, El Duque de Braintree. Y no me refiero a la terrorífica familia de los años sesenta, que por cierto se escribe con dos des, Addams, sino a la estirpe de presidentes que dio en asentarse en la región conocida como South Shore, al sur de Massachusetts.

La persecución comenzó en el 2008, cuando mi esposo y yo por motivos laborales acabábamos de mudarnos a una insignificante mancha rural al oeste de Pensilvania. Recuerdo que, en la única tienda donde se podía alquilar videos antes de que los Amazon y los Netflix acogotaran el mercado, Family Video, así se llama, he comprobado que aún existe, mi esposo, no cabe duda de que la culpa siempre es del cónyuge, dio con la carátula de un por entonces poco conocido Paul Giamatti, metido en el personaje de John Adams. Siete episodios de unos cincuenta minutos cada uno, absorbentes, en los que se nos narraba la vida de este Padre Fundador.

Nueve años más y retorno a Massachusetts. Aquí comencé mi andadura americana antes de que el milenio pasado se desintegrara: 1999. Por motivos económicos, Boston no alcanza, en el 2017 nos instalamos en un apartamento en la ciudad de Quincy.

De lunes a viernes, después de la jornada laboral en otra ciudad, en mi caso en la de Braintree, la misma en la que naciera el presidente, mi esposo y yo no perdonamos el paseo que nos lleva hasta su granja: una equilibrada combinación entre naturaleza e historia capaz de saciar los sentidos más exigentes. A paso ligero, sobre todo cuando las temperaturas frías se agarran a la piel, en unos veinte minutos habremos cubierto la distancia que nos separa de la Vieja Casona (Old House) también conocida como Peacefield, (El Campo de la Paz), en el 135 de la calle, que, como era de esperar, da en llamarse Adams. Es la casa de un granjero patriota. Con estas palabras se definía el que fuera el segundo presidente del país, John Adams.

La casona que la familia comprara en 1787 tiene unos jardines bien cuidados, que, hasta finales de octubre, todavía visten flores. Enseguida, los vientos y los fríos de noviembre las queman. La mano sabedora del jardinero, para evitar que la escarcha y la nieve destruya los setos, les ha cubierto las cabezas con pequeños listones de madera. El árbol que una vez, allá por 1788 plantara Abigail Adams, una rosa alba semiplena que la primera dama trajera de Inglaterra, la flor de la casa de York, una de las más nobles y vetustas del país, todavía resiste, trepadora sobre un armazón de madera. Por semillas tiene unos botones rojos, algunos están negros, que al mirarlos, uno duda mucho que alguna vez vayan a florecer.

Se estrecha el cerco. El sábado, 8 de septiembre de 2018, en el 243 aniversario de la Independencia de los Estados Unidos, tuve la suerte de asistir, en Quincy, faltaba más, a la inauguración de dos estatuas de cuerpo completo. Para más detalles puede visitarse mi blog. Una era la de John Hancock, otro hijo de Quincy y también Padre Fundador. La otra era la de John Adams, que, aunque parezca mentira, no contaba con ninguna de cuerpo entero. Sergey Eylanbekov es el artista de las dos obras. David McCullough, premio Pulitzer y autor de la biografía sobre John Adams que se usó para la miniserie televisiva que cayó en mis manos, asistió como invitado para homenajear a estos grandes. No sé si fue por el frío o por la voz y la figura imponentes de Sir David McCullough, que por un instante pensé en los trabajos que Adams tuvo que padecer para lograr sus objetivos, y que si, con sus varias escapadas a Europa, alguna vez tuvo que hacer parada y fonda en España.

Reconozco que, en otoño, la persecución aflojó un poco, pero hace unas semanas que se ha reavivado, cuando mi esposo me lo ha vuelto a traer. Y como suele pasar con estas cosas. Por casualidad. No es que lo estuviera buscando, sino que, rastreando información de distinta naturaleza, Adams le saltó de la pantalla. Y como no podía ser menos, desde España. Y no precisamente con amor. Sin lugar a dudas la peor experiencia que nunca le aconteciera en la carretera, y eso que se había pasado más de veinte años en el camino. Así se despacha John Adams en su Autobiografía, Parte tercera, y que lleva por título, Peace (Paz), nombre que, curiosamente, luego impondría a su granja. Peacefield recibió este nombre por el sentimiento de paz que le proporcionaba la casa y también en conmemoración a la paz que, gracias a su activa participación, logró para su país en 1783.

Aunque sus andanzas comiencen en Finisterre, Adams ya traía algo español en las alforjas, cedido a través de sus nupcias con Abigail Smith Adams. Y es que uno de sus antepasados, el coronel Josiah Quincy I, en 1748 apresó el Jesús María y José con su barco el Bethel, haciéndose con un botín de unos 300000 dólares de la época. En la dote de Abigail iban unos cuantos de esos dólares.  

Pero volvamos a Galicia. Tras pasarse dos días con sus noches achicando agua de la fragata francesa La Sensible que lo llevaría hasta la corte francesa, un 7 de diciembre de 1779 dan con el cabo salvador que tocarán al día siguiente. A Adams le acompañan John Quincy Adams, que, a la sazón, tenía doce años. El que después se convirtiera en el sexto presidente, ya había estado con su padre en un viaje previo. Charles, el hijo menor, de nueve, que, lo que son las cosas, terminaría siendo víctima del alcohol años más tarde también iba en la expedición. Papá Adams tuvo que mandarlo ocho meses después de su desembarco en España de vuelta a Braintree. Con ellos iban Jeremiah Allen, un comerciante de Massachusetts que quería establecer negocios en España y en Francia. El señor John Thaxter, primo y tutor del joven Johnny, el señor Francis Dana, un abogado que en una ocasión fuera delegado del Congreso Continental y luego ministro en Rusia, y unos cuantos sirvientes. Thaxter también hacía las veces de secretario del por entonces ministro Adams, mientras que Dana era el secretario de la Comisión de Paz.

El 8 de diciembre la fragata que saliera de Boston desembocó en el magnífico puerto de El Ferrol. John Adams no tiene queja ni del trato ni de la atención ofrecida, en especial agradece la asistencia del teniente general de la Marina Don José San Vicente. En cuanto Adams recupera el resuello y se sacude el susto, los ojos se le agrandan. Un paseo por la ciudad el día doce le confirman que no hay nada que merezca la pena en la ciudad, exceptuando dos iglesias, los arsenales, los varaderos, fortificaciones y buques de guerra. El 14 tiene tiempo para anotar el alojamiento. Calle de La Madalena, junto coca, en casa de Pepala Botoneca. Y varias observaciones sobre el funcionamiento de las instituciones en el Reino de Galicia. El Corregidor, anota, es el dador soberano de la Corte de Justicia y tiene potestad en lo civil y lo penal. La horca es el castigo capital. A veces llevan a la hoguera pero solo si el ajusticiado ya está muerto.

El mismo día apunta que el pan, las coliflores, las coles, manzanas, peras, carne vacuna, cerdos y pollos eran de buena calidad. El pescado también era bueno. Las anguilas y las sardinas excelentes, aunque las ostras solo eran pasables. En cuanto a la tecnología vial, nos dice que no ha visto una cuádriga, carruaje, faetón, calesa o sulqui desde que llegara. Muy pocos caballos y los que hay diminutos y terriblemente desnutridos. No hay heno en la zona. Los caballos y mulas comen paja.

John Adams continúa con sus impresiones, esta vez les toca a sus gentes. Los hombres, las mujeres y los niños estaban en las calles, piernas y pies desnudos, sobre las frías piedras, en el barro, todos juntos. Tienen pelo negro y son de piel morena, con bonitos ojos negros. Los hombres y las mujeres tienen el pelo largo y les llega hasta la cintura y a veces hasta las rodillas.    

Adams intenta sacarle partido a su tiempo en España y se hace con una gramática de español. En una librería adquiere la gramática de Francisco Sobrino publicada en 1698 y que califica de excelente. El 15, la partida, a lomos de mulas. Adams decide deshacer el Camino de Santiago en lugar de quedarse a esperar a que llegue el próximo barco. Trece mulas, dos muleros, uno de ellos haciendo de guía. Las carreteras eran penosas y las montaǹas muy altas, desde donde se veía una zona muy extensa. En dos horas llegan a La Coruña. El 16 visita la Torre de Hércules. En el diario anota datos históricos. Le llama la atención que el Faro pueda ser obra de los fenicios. También incluye un comentario sobre una obra arquitectónica de factura romana que, según él, se remonta a la época de César Augusto. Tanto en el trayecto de ida como en el de vuelta un par de molinos en ruinas le despiertan la curiosidad. Adams pregunta que a qué se debía su ruinoso estado de conservación, y la persona interrogada, que algo debía saber del asunto, le confiesa que es causa de una demanda que llevaba abierta más de cuarenta años. Ninguna de las dos partes involucradas quiso arreglar los molinos hasta que el tribunal emitiera su fallo, de ahí su penosa condición.  

De los placeres de la mesa, parece que John Adams no tiene queja. Del vino dice: Muy bueno y muy saludable ya que era excelente diurético. El 19 parece que el pillín del ministro también cata el jamón serrano. Y no lo desaprueba. De hecho le parece excelente y delicioso lo que le sorprendió mucho ya que el cerdo francés no le hacía ni fú ni fá. El secreto está en las castañas y, en algunas zonas, en las bellotas, le revelan. El joven John Quincy Adams, ese mismo día, también anota en el diario que papá Adams le había forzado a iniciar, que en El Ferrol fueron al teatro y que en la cena más de cincuenta platos se sirvieron, así como veinte variedades distintas de vino. Don Pedro Martín Cermeño y Paredes, capitán general de Galicia, presidía la mesa.

El miércoles 22, le toca al chocolate a la manera española. La cata no le quita las ganas de incluir un fulminante análisis. Objetivo Iglesia.

Las órdenes de La Coruña son tres, dominicos, franciscanos y agustinos, su número tan abundante, que son una carga para la riqueza, la industria y la población de la ciudad. Son unos zánganos capaces de devorar toda la miel del panal. Hay que añadir dos conventos de monjas y los capuchinos. Una comunidad numerosa en una sociedad de consumidores que no produce nada. Eso sí. Se afanan en sus oraciones y devociones que es repetir el Padre Nuestro, pasar las cuentas de su rosario, besar los crucifijos y quitarse el tallo piloso para flagelarse y lacerarse por cada uno de sus pecados, para disciplinarse y conseguir así una mayor espiritualidad en la vida cristiana. Incomprensible que ninguna de las criaturas dotadas de razón, cualquier ser pensante, se atreva a creer que, haciéndose la vida un infierno en la Tierra, vaya a ganarse el Cielo. Y a continuación pregunta que deja caer sobre La Inquisición.

El 24 Adams lo confiesa. Del trato que las autoridades francesas y las españolas le estaban dispensando no tenía queja. Se desvivían por ofrecerle lo mejor de lo mejor. Sin embargo, le faltaba una necesidad de primer orden. España le quitaba el sueño. No podía dormir y la falta de descanso le estaba minando.

Las ocho primeras noches no dormí nada y las ocho restantes muy poco. La pereza universal y la vaguería de los habitantes no solo se reflejaba en la calidad de sus camas. También sus habitaciones las sufrían, infestadas de innumerables plagas enemigas del reposo. Y el tormento no acabó en La Coruña sino que me siguió por todo el Reino de España. Hubo veces que incluso llegué a pensar que nunca viviría para ver Francia.   

El 26, con los ojos borrosos y la cabeza turbia, salen para Betanzos. Les acompaña el señor Ramón San, propietario de las sillas de postas, carrozas o calesas o cualquier otro nombre que se usase para llamarlas a estas y a los caballos y mulas que tiraban de ellas… El señor Eusebio Seberino, el postillón que dirigía mi carroza o mejor dicho que llevaba a los caballos.

El señor José Díaz, el postillón que llevaba al señor Dana y al señor Thaxter. Diego Antonio era el postillón encargado del señor Allen y del señor Samuel Cooper Johonnot (nieto del reverendo Cooper, íntimo amigo de Franklin). Había que añadir dos hombres de a pie, Juan Blanco y Bernardo Bria. Sus tres sirvientes a lomos de mula. Sus dos hijos con él, en una calesa que le recordara a las que se usaran en Boston cien años atrás.  

El 28 de diciembre, martes, van de La Castellana en La Coruña a Baamonde. Caminos inhóspitos y hospedajes pobres y sucios. La tierra le parece

fértil, la mitad está sin cultivar. La gente en andrajos y sucia. Como era costumbre nada en las casas. Tan solo fango, humo, hollín, pulgas y piojos. No veo nada más que signos de pobreza y miseria. Nada ostentoso, a excepción de las iglesias, nadie orondo, exceptuando a los clérigos. Y las carreteras, las peores que he visto en mi vida… No hay síntomas de comercio exterior ni interno. No parece que haya manufactura ni industria.  

El 3 de enero en Rabanal del Camino y el 4 en Astorga. Su alegría no tiene límites. Por fin da con sábanas limpias y sin pulgas. Recobrado el sueño y mejorado el humor, recorre el mercado donde alaba el tamaño y la frescura de las verduras. Además, ese día también le llega un ejemplar de la Gazeta de Madrid publicado el 24 de diciembre, en el que se recoge su presencia en España:

Correo al 15 de diciembre:

Hoy mismo ban llegado a esta Plaza el Cabellero Juan Adams Miembro del Congreso Americano, y su Ministro Plenipotentiario, la Corte de Paris, y Mr. Deane [i.e. Dana] Secretario de Embaxada quienes salieron de Boston el 15 de Noviembre Ultimo bordo de la Fregata Francesa de Guerra la Sensible que entro en el Ferrol el dia 8 del corriente. Trahe la Noticia de que habiendo los Ingleses evacuado a Rhode Island y retirado todas sus Tropes a Nueva York. Los Americanos tomaron Possession de todos los Puestos evacuados.

Ya en 1780, el 5 de enero, de camino a León se cruzan con numerosas cabezas de ganado vacuno y enormes rebaños de ovejas. Adams, que como mencionamos también tenía mucho de agricultor y jardinero y bastante menos de ganadero (en Peacefield tuvo vacas y pollos, sembraba manzanas, cebada y probablemente también marihuana de la que se sacaba la tela para las ropas) se quedó impresionado con la calidad de su lana: era abundante y gruesa, larga y maravillosamente espléndida.

El día de Reyes de 1780 llegan a León. En la catedral asisten a una misa. El señor obispo la oficiaba. Y he aquí duelo de titanes porque el señor obispo esperaba que todos los presentes se hincaran de hinojos y el protestante del señor Adams, como que no. El obispo le echó el ojo de inmediato, pero parece que la reverencia de medio cuerpo que le hizo el futuro presidente lo contentó. Pasan Mansilla de las Mulas, y el 8 de enero de 1780, quizás avivado por la cercanía de Francia y de mejor espíritu por la noche de sueño en Astorga deja escrito: Salimos de Sahagún a Paredes de Nava… Parece que los pueblos se vayan a desmoronar y a convertirse en polvo. ¿Puede ser este el antiguo Reino de León? No obstante, todos y cada uno de los pueblos tienen iglesias y conventos suficientes como para arruinarlos a ellos y a los limítrofes… Pero los tres juntos, la Iglesia, el Estado y la Nobleza agotan el trabajo y el espíritu de las gentes de tal modo, que no se me ocurre una desgracia peor. La ignorancia, más que la maldad, es causa de esta lamentable situación.

El 11 de enero, estornudando y tosiendo, habiendo atravesado nieblas, lluvias y nieves, muchos fríos y severidades dan en Burgos. Dejemos que Adams se desfogue: en los más de veinte años que llevaba en la carretera, había tenido que pasar grandes calamidades: frío, lluvia, nieve, calor, cansancio, falta de descanso, comida que no era comida, querer dormir y no poder, etc., etc., etc., pero ninguna de ellas comparable a las que me acontecieran en este viaje… Nunca estuvo tan al borde de perder la paciencia. Eso sí, visitó la catedral. La más grande que había visto en su vida. El joven John Quincy Adams parece que, estos inconvenientes, se los toma con mejor humor, y deja escrito en su diario días antes, que la comisión se parecía a muchos Don Quijotes y Sanchos Panzas, sentimiento que el señor Thaxter ya compartiera al comienzo de su periplo por tierras de España.

John Adams, al igual que Jefferson, tenía una fijación con el Quijote. De hecho, en sus viajes siempre le acompañaba una copia en las alforjas. En 1772, cuando naciera Thomas Boylston, el hijo más joven de los Adams y que, como su hermano Charles, también falleciera por adicción al alcohol, disposición genética que les venía de la familia de Abigail, el ministro anotó: otra vez a la vida errante. Poco se imaginaba que casi fuera a convertirse en un personaje de su respetada obra.

De Burgos salen con vida en dirección a la Bahía de Vizcaya. En Bilbao parece que tiene más tiempo, quizás la alegría de estar cerca de Francia le exalta el ánimo, y el 16 de enero se anima a dejar una página con magníficas observaciones sobre lo que ha visto en España apuntaladas de recomendaciones mercantiles. América debería establecer un comercio con España. Estados Unidos proporcionaría arroz, brea, harina, mástiles o tabaco, por citar unos cuantos artículos, y a cambio España ofrecería vino, aceite, frutas, algunas sedas, tal vez algunos linos, oro y plata y toda la cantidad de lana que quisiera enviar. Un 20 de enero la partida llega a San Juan de Luz, pueblo salvador. Nunca fuera cautivo que escapara de prisión más dichoso que yo.

Y en Bayona tres días después. Allí se despiden de los porteadores y de las mulas salvadoras de las que Adams siente desprenderse. Adams es cierto que no le teme a Francia, lugar que ya conocía de previas expediciones. Quizás la pobreza de España, aunque amigable, reconoce, también lo echara para atrás. La irregularidad del terreno, las dificultades inesperadas de los caminos (no podían recorrer más de ocho leguas al día) y la lucha contra los elementos es obvio que también le pusieron de mal humor.

No todo fue un horror en el periplo del futuro señor presidente. Aunque Adams lamentó el no haberse quedado en España y esperar a que llegara el barco siguiente, parece que también echó de menos un par de cosas: visitar la catedral de Santiago. Y su mula, de la que tuvo que desprenderse en Bayona y que tan bien le había servido. Sin duda, una fascinante mezcla de Sancho Panza y Don Quijote americano, nuestro querido presidente.

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